< October 13, 2019 >

Comentario del San Lucas 17:11-19

 

El Samaritano Agradecido

En este relato encontramos a Jesús en un espacio liminal, rumbo a Jerusalén, entrando a una aldea (v. 12) ubicada en la frontera social, cultural y religiosa entre Galilea y Samaria (v. 11). Es la segunda vez en el Evangelio de Lucas que Jesús interactúa con gente enferma de lepra (ver Lc 5:12-15).1 La lepra no se limitaba a la enfermedad crónica que actualmente la medicina diagnostica como lepra o enfermedad de Hansen, es decir, cuando una persona está afectada por la bacteria mycobacterium leprae, que ataca piel, ojos y extremidades, dejando lesiones cutáneas.2 La “lepra” en la época de Jesús se refería a todo tipo de afecciones visibles en la piel, difíciles de tratar, que llevaban a que las personas afectadas vivieran separadas de la sociedad mayoritaria por el temor que tenía el resto de la gente al contagio.

En Levítico 13:45-46 se instruye que el leproso debía pregonar “¡Impuro! ¡Impuro!” al acercarse a la gente que no estuviera enferma. Cuando los diez leprosos se encuentran con Jesús, mantienen la distancia física acostumbrada. En Números 5:2-3 se explica que los leprosos debían vivir “fuera del campamento” para no contaminar a los demás. En 2 Reyes 7:3 vemos que los leprosos solían formar colonias y se ubicaban cerca de la entrada a las ciudades para pedir ayuda. Así es que de lejos este grupo de leprosos le grita a Jesús: “¡Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros!” (v. 13). Jesús no pierde el tiempo. Les dice que vayan a mostrarse a los sacerdotes, siguiendo las instrucciones de la Torá para el caso de los leprosos que han sido curados. Levítico 14:1-32 explica el procedimiento: el sacerdote verifica que de hecho la piel del leproso esté sana y luego lo instruye en una serie de pasos rituales -incluyendo sacrificios específicos de acuerdo a sus recursos- que marcan su sanación. Por lo tanto, cuando Jesús les dice a los diez leprosos “Id, mostraos a los sacerdotes” (v. 14) está dando por sentado que cuando lleguen allí ya van a estar curados.

Es significativo que no es parados o detenidos que experimentan la sanación, sino andando: “mientras iban” (v. 14). El don de Dios es gratuito y la gracia manifestada por Jesús es incondicional. Sin embargo, el relato de los leprosos nos recuerda que para poder vivir esa gracia en carne propia hace falta emprender un camino. Es precisamente al comenzar a andar por el camino que Jesús nos señala que vamos descubriendo las maneras en las cuales nos sana, nos transforma y nos libera. La fe tiene que ver, pues, con el hacer, con el caminar, con un dinamismo de una vida en el movimiento del Espíritu. No significa una mera aceptación teórica de la posible existencia de Dios o de una serie de principios cristológicos, si bien nuestra mente está involucrada en el proceso. Lo que se requiere para que la fe comience a fructificar es la voluntad de emprender el camino del seguimiento, paso a paso. Y es allí mismo, en ese dinamismo del camino de Jesús, que la fe comienza a borbotear en agradecimiento y alabanza. 

Los diez leprosos echan a andar, pero tan solo uno de ellos logra salir del ensimismamiento. De hecho, solamente uno, al darse cuenta de que había sido sanado, da voces ya no solamente para pedir la sanación, sino para agradecer y glorificar a Dios. Regresa y -ahora sí- se acerca, postrándose agradecido a los pies de Jesús (vv. 15-16). Hasta siente la libertad de desobedecer lo que pareciera ser la letra de las instrucciones de Jesús, pues en vez de seguir inmediatamente hacia el templo de Jerusalén en busca del “certificado de buena salud” de los sacerdotes, retorna para expresarle su júbilo a Jesús y su agradecimiento de manera directa y personal. Recién en ese instante nos enteramos de un dato significativo: se trata de un samaritano (v. 16). Así como el “buen samaritano” de la parábola de Lucas 10:25-37 nos muestra un ejemplo de la praxis del amor, este samaritano agradecido nos muestra un ejemplo de la praxis de la fe.

El relato no solamente transcurre, entonces, en un territorio liminal geográfica y socialmente, sino que el samaritano mismo encarna la vida en un espacio religiosamente liminal entre lo judío y lo gentil. Jesús al verlo pregunta retóricamente: ¿Por qué solamente “este extranjero” (v. 18) vuelve para dar gloria a Dios? Pareciera que la persona doblemente marginalizada (por su identidad religiosa) de entre los ya marginalizados (por su enfermedad) es la única que tiene ojos tanto para reconocer cabalmente lo que ha hecho Jesús por él, como para expresarle su gratitud. El samaritano se parece a otro “extranjero” cuya historia seguramente conocerían los discípulos de Jesús: Naamán el sirio, que fue curado de la lepra por obra de Dios a través del profeta Eliseo, y también supo expresar su agradecimiento y darle gloria a Dios (2 Reyes 5:1-27). Es notable cómo la Biblia vez tras vez subraya como los “de afuera” -los vulnerables, extranjeros, pobres y enfermos- son quienes tienen ojos para ver y entender la justicia que Dios desea hacer en el mundo.

Jesús no permite que el samaritano agradecido se quede postrado en una postura de inferioridad y sometimiento, sino que le instruye que se levante y se vaya en paz: “Tu fe te ha salvado” (v. 19). El samaritano ha demostrado la pizca necesaria de fe que en el texto del domingo pasado pedían los apóstoles (Lc 17:5-6), esa fe “como un grano de mostaza” que permite que Jesús obre en él una transformación que le abre la posibilidad de una vida plena.


Notas:

1. Cf. John T. Carroll, Luke. A Commentary (Grand Rapids, MI: Westminster John Knox, 2012), 342-343.

2. Cf. https://www.webconsultas.com/categoria/salud-al-dia/lepra (Consultado: Septiembre 19, 2019).