< April 15, 2018 >

Comentario del San Lucas 24:36-48

 

Esta es la segunda vez que los/as participantes de la Iniciativa de Predicación Hispano-Latina contribuyen con comentarios para este sitio, pero en esta ocasión nuestra situación es muy diferente.

Hace unos meses, uno de nuestros miembros llamado Samuel entró en santuario en una iglesia metodista porque lo iban a deportar. Este hermano tiene veinte años ya en los Estados Unidos (sin haber cometido ningún crimen), tiene una esposa muy enferma, y tiene un hijo que es ciudadano norteamericano, pero nada de esto convenció a la corte para dejarlo quedarse.  Entonces, Samuel ahora está viviendo en el sótano de una iglesia.  Para continuar incluyéndolo en la iniciativa, hemos tenido nuestras reuniones más recientes en esa misma iglesia—en ese lugar de santuario. Todos nuestros comentarios este año han sido desarrollados desde ese lugar de santuario.

Esta es la tercera aparición de Jesús resucitado registrada en el evangelio de Lucas. Este acontecimiento tuvo lugar en Jerusalén, donde los dos hombres que habían caminado y hablado con Jesús mientras se dirigían a Emaús, encontraron a los once, y a quienes estaban con ellos, reunidos en un lugar de refugio para ellos, un “santuario” (Lc 24:33). Después de la muerte de Jesús, su amado maestro y líder espiritual, los discípulos de Jesús se encontraban sin esperanza y atemorizados. Su frustración e impotencia crecía aún más debido a la presión que experimentaban por parte de la sociedad; temían a los romanos y a los líderes judíos que los estaban persiguiendo. Debido a la persecución que experimentaban, el gozo, paz y esperanza que habían tenido cuando estaban en la presencia de Jesús, se había transformado en incertidumbre, temor y negatividad debido a la muerte de Jesús. En medio de esta circunstancia, Jesús se presentó ante sus discípulos con pruebas irrefutables.

Mientras los dos discípulos hablaban sobre su experiencia con Jesús camino a Emaús, Jesús se puso en medio de ellos, y les dijo: “¡Paz a vosotros!” (v. 36). Entonces ellos, espantados y asombrados, pensaron que estaban viendo un espíritu o un fantasma (v. 37), pero Jesús les aclara que no era un espíritu, que él mismo en carne y hueso estaba con ellos. Como prueba de ello, Jesús no solamente les mostró las heridas de sus manos y pies, sino que también comió con ellos, llenándolos de su amor y gracia una vez más. Jesús se presentó en carne y hueso porque era importante que los discípulos entendieran que había cumplido con su promesa, y que las enseñanzas que había compartido con ellos durante su ministerio de tres años eran verdaderas. Presentarse ante ellos en carne y hueso era una prueba que los discípulos no podían dudar, y que sin duda alguna les devolvería su gozo, fe y esperanza.

Nos podemos imaginar a los discípulos atónitos, viendo a Jesús y escuchándolo mientras les recordaba lo que les había dicho antes, y les ayudaba a comprender las escrituras que hablan del Mesías que sufre y resucita al tercer día. Jesús no solamente se aparece a sus discípulos como prueba de que en verdad había resucitado de entre los muertos, sino también para guiarlos en el ministerio que les había encomendado. En Lc 24:49, Jesús les dice: “Ciertamente, yo enviaré la promesa de mi Padre sobre vosotros; pero quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén hasta que seáis investidos de poder desde lo alto.” Los discípulos debían quedarse en Jerusalén hasta que recibieran el Espíritu Santo. Con esto Jesús les dice que no deben de proceder por su cuenta, pues para ser fieles testigos de Jesús necesitan la guía y el poder del Espíritu Santo.

Muchas veces, más de las que podemos contar, nos encontramos en situaciones inexplicables, y en estas situaciones es fácil olvidarnos de las promesas de Jesús y de que Jesús siempre cumple lo que promete. Por ejemplo, como inmigrantes, llegamos a este país donde aprendemos una nueva forma de vivir, donde tenemos que lidiar con un nuevo idioma, tenemos que aprender nuevos oficios y tenemos que crear nuevos planes y metas. Esto conlleva mucho trabajo y esfuerzo de nuestra parte, pero tenemos la esperanza de que podremos salir adelante y proveer a nuestras familias lo necesario para vivir. Sin embargo, cuando nos enfrentamos a un proceso de deportación, como le está pasando a nuestro hermano Samuel, nos encontramos en una de estas situaciones inexplicables, donde todo es incierto y donde es fácil perder la esperanza y la fe. Nos sentimos como dice Pablo en 2 Corintios 7:5, “...ningún reposo tuvo nuestro cuerpo, sino que en todo fuimos atribulados: de fuera, conflictos, y de dentro, temores.” En estos momentos, la presencia del cuerpo de Cristo nos hace recobrar la fe y la esperanza. Así como la aparición de Jesús a los discípulos fue una confirmación de que Jesús había resucitado de entre los muertos, el trabajo incansable de los miembros del cuerpo de Cristo que apoyan y abogan por las personas inmigrantes como nosotros/as, nos recuerda que Cristo está vivo y que sigue obrando en nuestras vidas.