< April 01, 2018 >

Comentario del San Marcos 16:1-8

 

Este es el segundo año en que los/as participantes de la Iniciativa de Predicación Hispano-Latina contribuyen con comentarios para este sitio, pero esta vez nuestra situación es muy diferente. 

Hace unos meses, uno de nuestros miembros llamado Samuel entró en santuario en una iglesia metodista porque lo iban a deportar. Este hermano ya tiene veinte años en los Estados Unidos (sin haber cometido ningún crimen), tiene una esposa muy enferma, y tiene un hijo que es ciudadano norteamericano, pero nada de esto convenció a la corte para que lo dejaran quedarse. Entonces, Samuel ahora está viviendo en el sótano de una iglesia. Para continuar incluyéndolo en la iniciativa, hemos tenido nuestras reuniones más recientes en esa misma iglesia—en ese lugar de santuario. Todos nuestros comentarios este año han sido desarrollados desde ese lugar de santuario.

La historia de la resurrección es la base fundamental de nuestra fe—es el acontecimiento central que marca la pauta para un nuevo comienzo. Y esta historia tan importante también tiene una pregunta central. En el v. 3, vemos que las tres mujeres que iban a ungir a Jesús decían entre sí:

“¿Quién nos removerá la piedra de la entrada del sepulcro?”

Era una pregunta práctica para ellas—¿cómo podían ungir a Jesús con esa piedra tan pesada bloqueando su camino? Pero es una pregunta que también nosotros/as podemos hacer acerca de varias situaciones en las que nos encontramos. ¿Quién nos removerá los obstáculos de la vida, incluyendo aquellos que nos impiden alcanzar a Cristo por fe? ¿Quién puede mover la roca de la mortalidad que algún día nos separará de los vivos? ¿Quién nos removerá las piedras del malentendido, del ostracismo y del racismo que resultan tan pesadas para tanta gente hispana en este país?

Muchas veces nos enfocamos en cómo vamos a mover estas piedras. ¿Cuál es la piedra no has podido mover de tu vida? ¿Por qué sigues insistiendo en moverla tú mismo? Las mujeres sabían que necesitaban ayuda. No preguntaron cómo, sino quién. Cuando las mujeres llegaron, se encontraron con la sorpresa de que la piedra ya no estaba allí. Esto nos demuestra que no debemos preocuparnos tanto por piedras sobre las que Dios ya tiene el control de antemano.

De cierta manera, Dios usa o pone a los mensajeros (ángeles) en tu vida cotidiana para darte las buenas nuevas que no te imaginas de dónde o cómo vienen. Cuando esto sucedió con las tres mujeres en la tumba, el evento marcó un inicio extremadamente poderoso por varias razones. En primer lugar, Jesús cumplió su promesa de levantarse de entre los muertos. En la Biblia hay más de mil promesas para los hijos y las hijas de Dios, y la resurrección nos da la certeza de que Dios cumple todas y cada una de sus promesas. Sabemos que Dios no nos desamparará ni nos dejará, ni siquiera frente a la persecución y la deportación, porque Dios cumple sus promesas.

Al entrar las mujeres en el sepulcro y hablar con el mensajero, se dieron cuenta de que Jesús había comenzado a vivir una nueva vida. Desde ese momento, los/as cristianos/as empezaron a testificar y creer en un salvador viviente. 1 Corintios 15:14 dice que “si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación y vana es también vuestra fe.” Pero nuestra fe y nuestra predicación no son vanas. Proclamamos nuestra fe con la seguridad de que Cristo venció a la muerte y nos está ofreciendo su nueva vida también a nosotros/as. 

Esto quiere decir además que debemos dejar la vida mundana para renacer a una vida nueva, transformados/as en cuerpo y alma. ¿Qué es transformarse en cuerpo y alma? Es dar el primer paso de fe de aceptar a Jesús como tu señor y el salvador de tu vida. Pero también es adoptar una nueva visión de cómo vivir el día a día sin preocuparte tanto por las piedras que obstaculizan tu vida. Una nueva vida con Cristo nos enfoca hacia la meta que es llegar al Padre y poder disfrutar la vida eterna que Dios nos brinda porque esta vida solo es el preámbulo de las cosas nuevas y buenas que Dios tiene para sus hijos/as.

La nueva vida que empezamos a vivir aquí en este mundo se extiende a la eternidad por medio de la resurrección. Romanos 6:5 dice: “Porque si fuimos plantados juntamente con él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resurrección.” Jesús fue delante de nosotros/as a la muerte. Fue delante de nosotros/as a la resurrección. Y en el v. 7 de nuestro texto, el joven con la apariencia de un ángel dice que Jesús iría delante de ellos/as a Galilea y que las mujeres lo verían allá.

Jesús siempre va delante de nosotros/as. Si estamos enfermos/as o solos/as, Jesús va delante. Si perdemos el trabajo o nuestra casa, él va delante. Si nos separan de nuestras familias, él va delante. Si nos deportan, él va delante. Y mantenemos la confianza de que no importa lo que pasemos o lo que se nos haga, veremos a Jesús que nos ha precedido.

Estas son buenas noticias para todos y todas en cualquier momento de la vida, pero son noticias especialmente importantes para la comunidad hispana en los Estados Unidos hoy. No obstante, hay algo raro aquí al final de este pasaje. Las mujeres, después de recibir las mejores noticias posibles, “salieron huyendo del sepulcro, porque les había entrado temblor y espanto; y no dijeron nada a nadie porque tenían miedo” (v. 8). Las mujeres son los personajes más valiosos de las historias de la resurrección. No podemos decir que sus acciones fueron un ejemplo de cobardía. ¿Por qué experimentaron tanto temblor y espanto?  Lo más probable es que fue porque la situación era simplemente tan abrumadora. No sabían qué decir y no pensaron que alguien les creería.

Pero al final se decidieron a hablar. Fue por el testimonio de estas mujeres que sabemos todo lo que sabemos de la resurrección. Fue por su testimonio que nosotros/as también proclamamos las posibilidades de la nueva vida. Fue por su testimonio que podemos enfrentar las rocas sin miedo. Y algún día, será por nuestro testimonio que otras personas también podrán enfrentar las rocas sin miedo.