< November 05, 2017 >

Comentario del San Mateo 5:1-12

 

Vengan, siéntense aquí, conmigo, quienes están cansados y cansadas,” es la imagen pastoral que provoca este pasaje de Mateo enfocado principalmente en los discípulos que salen con Jesús a atender las multitudes por toda Galilea.

Al mirar este pasaje a la luz de los otros evangelios (Lucas 6:20-26), vemos que Mateo no busca ni puede asegurar a los discípulos una vida mejor en el presente (a diferencia de Marcos 10:30), pero sí puede fortalecerlos con las promesas de bendición que llegarán para ellos de parte de Dios en un tiempo escatológico.

Mateo ubica las bienaventuranzas en el momento en que Jesús está comenzando su ministerio. Hasta ahora ha escogido cuatro discípulos (4:18-22), pero rápidamente se escucha el ruido de las multitudes sedientas que le siguen mientras recorre Galilea, enseña en las sinagogas, libera a los endemoniados, cura a la gente de sus enfermedades y restaura a las personas en sus comunidades. “La mies es mucha, pero los obreros pocos” (9:37).

Las palabras de Jesús ante un mundo tan necesitado tienen el aroma de una confesión de fe. Todo lo que Jesús enseñaba era primero una realidad para él y así es como también las bienaventuranzas nacieron de Jesús mismo, de su vida y de su fe. Eran palabras que le servían de apoyo a Jesús en el momento en que las pronunciaba y que, en el futuro, les servirían a sus discípulos y discípulas y fortalecerían al propio Jesús en las dificultades de su ministerio.

A diferencia de Lucas, donde Jesús habla desde un llano luego de bajar del cerro (Lc 6:17), Mateo ubica a Jesús, luego de ver las multitudes, subiendo a un cerro para enseñar a sus discípulos. Allí se sienta, cual maestro y profeta, a compartir las buenas nuevas con sus discípulos. Al igual que Moisés, Jesús comparte su enseñanza desde un monte (Mt 15:29, 17:1, 24:3, 28:16), lugar de revelación divina, y lo hace no solo como un profeta, sino como Hijo de Dios viviente.

“¡Bienaventurados!”  Bendecidos son… bendecidas son... La bienaventuranza es así una realidad teológica que comienza como iniciativa de Dios, se manifiesta en la vida de Cristo y en la vida de los/as discípulos/as cuando actúan, sienten y piensan como Jesús, y tendrá su consumación última y perfecta en el Reino de Dios.

Desde esta promesa escatológica, escuchamos a Jesús, sentado en el monte, diciéndoles a sus discípulos, luego de ver las multitudes que esperan (parafraseando):

Benditas las personas pobres de espíritu porque reconocen su necesidad de Dios. Mucha es la mies, pero pocos son los obreros.

Benditas las personas que lloran al sentir el dolor del mundo. Lo que hoy vemos por el mundo no debería suceder en una tierra bendecida.

Benditas las personas humildes que buscan su riqueza en las cosas del cielo y encuentran allí su paz, en lugar de pasar el tiempo buscando las riquezas de este mundo y olvidándose de su prójimo.

Benditas las personas que tienen hambre y sed de justicia, porque la realidad de hoy es insostenible y el mundo necesita conocer el Reino de Dios.

Benditas las personas misericordiosas, porque así como hoy actúan con misericordia, aun en medio del sufrimiento, Dios lo hará igual con cada una de ellas.

Benditas las personas limpias de corazón, porque su corazón siente y late con el mismo ritmo que el corazón de Dios y su presencia es sanidad para toda la tierra.

Benditas las personas que buscan la paz, porque sus acciones llevan al mundo hacia la reconciliación de unos con otros, y del mundo con Dios.

Mateo añade una última bienaventuranza (v. 10), nacida de la experiencia de persecución sufrida por Jesús como niño (véase 2:13), y que ahora volvería a ser parte de su vida y de la de quienes buscan justicia en un mundo corrompido.

Para Nuestro Tiempo:

Al sentarnos con Jesús en el monte sagrado, y ser testigos de las necesidades de un mundo oprimido por el pecado y la maldad, comprendemos las bienaventuranzas como buena nueva para quien sufre al ser víctima o testigo de esta realidad.

En las últimas semanas hemos sido conmovidos con el sufrimiento y la destrucción de vidas en la masacre en Las Vegas, los terremotos en México, los huracanes que azotaron a Texas, Florida, Puerto Rico, Cuba y las demás islas del Caribe. La mayoría de nosotros y nosotras  conoce a alguna persona que ha sido directamente afectada por alguno de estos sucesos.

Pastoralmente hablando, mientras el dolor está a flor de piel, no podemos esperar que nadie se sienta bienaventurado. Sin embargo, podemos reconocer la bienaventuranza, la bendición de Dios haciéndose presente en aquellas personas que salen a dar una mano, un consuelo, una ayuda, agua, comida; y también en aquellas personas que buscan maneras de evitar que estas cosas vuelvan a suceder.  

Vengan, siéntense aquí, conmigo, quienes están cansados y cansadas.”

Jesús sabe de injusticias y del sufrimiento por el pecado y el dolor de los demás. Jesús conoce lo que es poner tu vida en riesgo por ayudar al prójimo. Desde su propia historia, llama “bienaventurados” a quienes hoy pasan por lo mismo.

Bienaventuradas las personas pobres de espíritu, porque saben que no es mucho lo que pueden lograr solas. Es tiempo de organizarse como comunidad.

Bienaventuradas las personas que lloran indignadas cuando son testigos de cómo la falta de recursos obliga a tantas otras a vivir en un lugar que no puede protegerlas cuando el suelo se mueve o los vientos soplan demasiado fuerte.

Bienaventuradas las personas humildes, porque conocen el impacto que tiene en sus vidas el medio ambiente, y por esto aceptan vivir de una manera que asegure la vida de las próximas generaciones.

Las bienaventuranzas no nos alejan de los problemas, ni nos prometen prosperidad en el presente, ni nos liberan del dolor. Nos llaman a abrir los ojos desde el monte, a ver las multitudes y a sentir con ellas.

Las bienaventuranzas enfocan nuestros ojos en la realidad del Reino, que aunque futuro, se hace presente cuando aceptamos la invitación de Jesús de vivir transformados/as desde ahora.

Así las bienaventuranzas se convierten no solo en una confesión de fe, sino en un llamado a una esperanza que no se queda quieta, sino que busca hacer la voluntad última y perfecta de Dios. Ese camino nos llevará a la tierra prometida. Aunque la sabiduría del cielo sea locura para el mundo, para las personas bienaventuradas son fortaleza en medio de la crisis. Con ellas podemos bajar del monte y seguir adelante con Jesús.