Todos los Santos

Debemos tener en cuenta que este Domingo de Todos los Santos las bienaventuranzas serán escuchadas y recibidas de una manera diferente.

Matthew 5:4

Comentario del San Mateo 5:1-12

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Debemos tener en cuenta que este Domingo de Todos los Santos las bienaventuranzas serán escuchadas y recibidas de una manera diferente.

Hay belleza y consuelo en la naturaleza repetitiva del texto:

“Bienaventurados los pobres en espíritu…”

“Bienaventurados los que lloran…”

“Bienaventurados los mansos…”

“Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia…”

Este ritmo reconforta y tranquiliza, pero cuando somos los pobres en espíritu porque hemos perdido nuestros empleos y medios de vida con motivo de una pandemia que afecta al mundo entero, cuando somos quienes lloramos porque un ser querido o más de uno ya no están presentes en nuestra mesa, cuando somos los mansos porque tenemos miedo de hablar y de salir de nuestras casas por causa de nuestro estatus inmigratorio, o cuando somos quienes tenemos hambre y sed de justicia porque vemos que nuestro país se inclina hacia el poder y no hacia la justicia, no nos sentimos precisamente bienaventurados/as. Mucho menos nos sentimos “felices,” que es otra traducción de “bienaventurados.” Por el contrario, es más probable que sintamos temor, incertidumbre, confusión, desorientación y desaliento.

También puede ser descorazonador escuchar que las bienaventuranzas son una promesa para el futuro: “… porque de ellos es el reino de los cielos;” “… porque recibirán consolación;” “… porque recibirán la tierra por heredad;” “… porque serán saciados.” Quizás muchas personas que nos escuchan estén cansadas de que se les diga que las cosas se pondrán mejores, en el futuro. Especialmente cuando necesitan ayuda, rescate, alimentos y sanación ahora, en este mismo momento, cuando han sido separadas de sus familiares ahora, cuando están sufriendo la pérdida de seres queridos, recursos, derechos y libertades ahora. Es apropiado que nombremos y lamentemos esta realidad en el momento de predicar.

Tú conoces a tu comunidad y las circunstancias por las que está atravesando en este momento. Las personas que te han sido encomendadas y las que se sumen en línea necesitan escuchar que les conoces, necesitan escuchar que tú las ves y que en definitiva las ve Dios.

Debemos notar que un regalo para quienes escuchamos el sermón del monte es que Jesús lo pronuncia después de asegurarse de que las personas en la multitud fueran vistas. Jesús había curado a los enfermos, se había ocupado de las necesidades de los pobres, había desafiado las injusticias en su contexto y había consolado a quienes habían sufrido pérdidas (Mateo 4:23-24). El sermón del monte es pronunciado después de que la multitud experimenta al Dios encarnado con y por ellos, “estos más pequeños.” La multitud sigue a Jesús hasta la cima del monte porque lo habían experimentado como la encarnación de su salvación. Tengámoslo presente al leer que después de sentarse, “se le acercaron sus discípulos, y él, abriendo su boca, les enseñaba diciendo…” Jesús comenzó a hablarles a sus discípulos y les enseñó cómo ser discípulos, cómo ser sus seguidores. Les enseñó cómo suscitar bondad, misericordia y vida en oposición a la cultura prevalente y de manera fiel a su llamado. Les enseñó a vivir y a ser líderes. Les enseñó a ser sus socios en la búsqueda de la justicia y copartícipes del reino de los cielos por el bien el prójimo y del mundo, en el ahora y aquí.

Esta letanía de bienaventuranzas en favor de las personas marginadas, oprimidas, las que están de duelo, las que son cautivas de la injusticia sistémica, las que tienen hambre y sed de justicia… constituyó un llamado a los discípulos para activar su capacidad de actuar y seguir el ejemplo de Jesús, movilizándose por la causa de la sanación, liberación y transformación de los/as más vulnerables. Esta letanía de bienaventuranzas también fue un recordatorio para quienes estaban en la multitud. Ellos/as debían saber que así como habían sido vistos/as y habían experimentado a Jesús como la encarnación de su salvación, también podían confiar y creer que no serían abandonados/as ni olvidados/as.

En este Domingo de Todos los Santos, sería apropiado recordarles a los hijos e hijas amados/as de Dios que todas aquellas personas que murieron este año por causa de la pandemia global, del racismo sistémico o de los desastres climáticos no serán olvidadas ni por nosotros/as ni por Dios, porque de ellas es el reino de los cielos. Los hijos e hijas amados/as de Dios también deben saber que ellos/as tampoco son olvidados/as en este momento y en este tiempo de profunda aflicción e incertidumbre. Deben saber que todos/as están siendo vistos/as por Dios y son destinatarios/as de las bienaventuranzas que los/as hacen hijos e hijas de Dios que pueden gozarse y alegrarse, hijos e hijas de Dios que no han sido abandonados/as ni librados/as a su propia suerte, hijos e hijas de Dios llamados/as a ser socios/as y copartícipes del reino de Dios, en el ahora y aquí.

En este Domingo de Todos los Santos, querido/a predicador/a, siéntete empoderado/a por el Espíritu Santo para nombrar los problemas que afectan a nuestro mundo en nuestros contextos y en nuestros cuerpos. Di la verdad acerca de lo que sentimos, de cómo escuchamos la palabra de Dios y cómo llega a nuestros corazones en este tiempo. Sé auténtico/a y genuino/a. Sé honesto/a acerca de la gravedad de este momento de la historia y atrévete a creer en las palabras de Jesús para ti y para tu amada comunidad: “Bienventurado/a. Eres. Tú.”

Que todos/as tengamos a la palabra de Dios muy cerca y querida, especialmente cuando sentimos temor, incertidumbre, confusión, desorientación y desaliento.

Aprendamos de Jesús a ser sus discípulos/as en el reino de los cielos, en el ahora y aquí.

Escuchemos la palabra de Jesús y creamos que… somos en verdad bienaventurados/as.

Con la ayuda de Dios y en el nombre de Jesús. Amén.