< April 24, 2016 >

Comentario del San Juan 13:31-35

 

Jesús está reunido con sus discípulos y el tiempo que tiene con ellos es precioso.

Jesús de Nazaret no vivió una vida larga de 70 u 80 años. Sólo vivió 33 años. Y aquí en Juan 13 estamos casi en el final de su tiempo en la tierra. Jesús está despidiéndose de sus amigos. Por eso sus palabras se vuelven aún más importantes y urgentes. Está dando instrucciones a sus seguidores y seguidoras y quiere que las entiendan y que las entendamos bien. Nos da un mensaje preciso, un resumen claro de cómo es la vida cristiana y en qué consiste.

Jesús nos da un mandamiento nuevo: “Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tenéis amor los unos por los otros” (vv. 34-35). Es un mandamiento nuevo acerca de cuál debe ser nuestra prioridad como cristianos y cristianas en esta vida preciosa, en este regalo de vida que Dios nos ha dado: Que nos amemos los unos a los otros, como Jesús nos ha amado.

¿A quién amamos? A nuestras familias, nuestras amigas, nuestros amigos, nuestra iglesia… Muchas veces este amor es factible. Pero el mandamiento que Jesús nos da va mucho más allá. Jesús dice: “que se amen… como yo los he amado.” ¿Cómo ama Jesús? Aquí en Juan 13 Jesús está hablando mientras que Judas está saliendo de la escena para traicionarlo. El amor de Jesús incluye a Judas. Jesús ama a sus enemigos tal como ama a sus amigos. Y nos dice: “ámense los unos a los otros como yo les he amado.” Es decir, ama a todos y a todas, aun a tus “enemigos.” Desde la cruz donde estuvo sangrando, Jesús oró por ellos diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23:34). Otras palabras de Jesús son: “Oísteis que fue dicho: ‘Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo.’ Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os odian y orad por los que os ultrajan y os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5:43-45). Y también: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mc 12:31). Entonces amar no es fácil, porque va más allá del amor que tienes por tu familia y por tus amigos y amigas. Jesús nos llama a amar a todos y a todas, como él nos ha amado: plenamente, abundantemente, sin límites, sin excluir siquiera a quienes tal vez nos parezca que no lo merecen; y debemos amarlos y amarlas con el amor de Dios, sin restricciones. Esto es lo que significa “gracia.” Gracia es amor dado gratuitamente.

Cuando vivíamos en Lima, mis hijos eran todavía pequeños. Un día fui con ellos a ver una obra de teatro infantil en el Centro Cultural Peruano Japonés. Fuimos porque la invitación decía: “Ingreso libre.” ¿Sin costo? Pues, ¡vamos chicos! Invité también a mis vecinos porque tenían una hijita. ¡Vamos todos! ¡Ingreso libre! Hay que ir. ¡Qué bueno! Fuimos y vimos unos títeres graciosísimos. Gratis. Y así es el amor de Dios. Es gratis. Y es contagioso. Cuando lo recibes, con amor, quieres compartirlo con otras personas también, invitando al prójimo. El amor va creciendo, se van engrandeciendo, e incluyendo a más y más personas, hasta que nadie queda excluido. El amor de Dios es dado gratuitamente. Si quieres entrar en el reino de Dios es completamente gratis. El ingreso es libre. No tienes que pagar porque Cristo ya pagó la entrada por nosotros y nosotras, para que todos y todas podamos entrar. No importa tu pasado. Bienvenidos todos y bienvenidas todas al reino de Dios. El reino de amor de Dios. No tienes que pagar porque Jesucristo ya pagó el precio de la entrada con su preciosísima sangre. Ya pagó con su vida para que tú y yo podamos entrar en el reino de la gracia de Dios.

El amor no es un sentimiento. Es mucho más que eso. Es dar tu vida para otros y otras. Es servir a otras personas. Amar es entregarte. Jesús dio este mandamiento justo cuando estaba terminando de lavarles los pies a sus discípulos. Fue un acto de servicio, de humillarse y actuar como servidor. Jesús lavó los pies de sus discípulos, incluyendo los pies de Judas. Jesús no hace acepción de personas. Su amor no excluye a nadie. El amor no es un simple sentimiento. El amor es acción. Es crear un mundo con más confianza.

Dios nos amó primero. Nos ama profundamente. Nos ama tanto. “Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Ro 5:8). Dios nos perdonó y nos libertó y sigue amándonos todos los días; y justamente por esto podemos amar al prójimo.

¿Un mandamiento nuevo? En realidad no es nuevo. ¡Es tan antiguo como Dios! Y Dios es infinito: “‘Yo soy el Alfa y la Omega, principio y fin,’ dice el Señor, el que es y que era y que ha de venir, el Todopoderoso” (Ap 1:8). No es algo nuevo. Tanto en Levítico (19:18) como en Deuteronomio (6:5) encontramos el mandamiento de amar, en el primer caso al prójimo y en el segundo al Señor nuestro Dios. El mandamiento de amar es el corazón de la Torá. El corazón de la fe hebrea. Lo que sí es nuevo es que ahora viene de la encarnación de Dios. Viene de la persona de Jesús de Nazaret, de Dios hecho carne. El mandamiento de amar sale de la boca de Jesús. Sale de la vida, muerte y resurrección de Jesús quien es “Dios con nosotros” (Emanuel) (Mt 1:23). Sabemos por el Antiguo Testamento que Dios nuestro Señor es “misericordioso y clemente, lento para la ira y grande en misericordia y verdad” (Salmo 86:15). El amor de Dios que se proclama en el Antiguo Testamento es, pues, fiel y verdadero. Pero hoy conocemos a este Dios personalmente. Lo conocemos porque nos ha mandado a su único hijo. Entramos en este amor por medio de Jesucristo. Entonces para nosotros y nosotras es un mandamiento nuevo.

En el v. 33 Jesús nos llama “hijitos.” Somos de él. Le pertenecemos. “Hijitos,” nos dice, esta es su tarea importante, este es su llamado, su misión aquí en la tierra, que en mi nombre, hagan lo siguiente: “Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tenéis amor los unos por los otros” (vv. 34-35). Así es como se va a saber que somos suyos. Esto es lo que nos va a marcar, lo que nos va a distinguir en la sociedad, lo que nos identifica. Así debe ser. Esta era la intención. Este es el plan de Dios para nuestra comunidad, para su iglesia, para su pueblo. Que el amor nos defina. Gracias a Dios que nos da esta misión. Gracias a Dios que nos ama tanto.