< April 17, 2016 >

Comentario del San Juan 10:22-30

 

La fiesta de la Dedicación, que se celebra en el mes de diciembre, es conocida ahora como Janucá.

Conmemora el evento en la historia en el que los judíos se levantaron contra las fuerzas de Antiojus Epifanes, el rey seléucico que había hecho ilegal la fe judía y había profanado el templo.  Dirigidos por los hermanos Macabeos en 167 AC, los judíos tomaron a Jerusalén y re-consagraron el templo en 165 AC. De acuerdo con la tradición, hasta que se produjera más, solamente quedaba aceite sagrado para un día, pero milagrosamente el aceite duró ocho días.

Este episodio llega en el medio de las siete declaraciones que empiezan con “Yo soy” en el libro de Juan:

  1. Pan
    “Yo soy el pan de vida. El que viene a mí nunca tendrá hambre” (Jn 6:35).

  2. Luz
    “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8:11).

  3. Puerta
    “Yo soy la puerta: el que por mí entre será salvo; entrará y saldrá, y hallará pastos” (Jn 10:9).

  4. Buen pastor
    “Yo soy el buen pastor; el buen pastor su vida da por las ovejas” (Jn 10:11).

  5. Resurrección y vida
    “Yo soy la resurrección y la vida” (Jn 11:25).

  6. Camino, verdad y vida
    “Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre sino por mí” (Jn 14:6)

  7. Vid
    “Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el labrador” (Jn 15:1).

En medio de estas declaraciones en las cuales establece su identidad y su significado, Jesús llega al templo a la fiesta de dedicación. No creo que esto sea accidental, sino que conecta a Jesús con un evento libertador en la historia del pueblo de Dios. Así como Juan coloca a la crucifixión en la fiesta de Pascua, en el momento en que los corderos eran sacrificados—otra fiesta que celebra la liberación de los judíos de un poder opresor, también en el contexto que nos ocupa en este momento se nos revela la persona y la misión de Jesús.

Aunque los lectores y las lectoras del evangelio sabemos quién es Jesús desde el primer capítulo (“El verbo era Dios”), los líderes judíos, representando al templo y a los colaboradores con Roma, no saben qué hacer con este joven rabí. De manera pública le demandan a Jesús que diga si era el Mesías. Demandan franqueza. En este contexto cultural, tal demanda pública servía como un desafío al honor del individuo y requería una contestación. No se puede decir con certeza si los líderes judíos sinceramente estaban interesados en saber si Jesús era el prometido de Dios. Más en línea con la manera en la cual Juan trata a estos hombres de poder y rango, se puede proponer que probablemente buscaban una admisión abierta de Jesús para poder condenarlo como blasfemo ante la ley de Moisés y como traidor o revolucionario contra el César. Durante el primer siglo hubo un gran número de revolucionarios o mesías que prometían librar al pueblo judío de Roma y todos murieron en desgracia. Para los líderes que ahora le hacían esta demanda y que se habían aprovechado del sistema imperial para acumular poder y riquezas para ellos mismos y sus familias, Jesús de Nazaret solamente era uno más entre muchos profetas populares.

En este pasaje tenemos unos de los temas de Juan, quizás desarrollado al fin del primer siglo cuando los judíos y el pueblo cristiano estaban a punto de separarse por tensiones acerca del nacionalismo, de la observancia de las costumbres judías, y del rol de Jesús entre los cristianos. Para Juan, la persona de Jesús crea un mundo dicótomo: los que creen y le pertenecen a Dios y los que quedan afuera. La persona de Jesús creó separaciones en el mundo del primer siglo. Es importante reconocer los contextos culturales e históricos en cuales los autores bíblicos escribieron. En este contexto al fin del primer siglo, era importante para la comunidad cristiana diferenciarse de sus hermanos judíos, y en el evangelio según Juan vemos un efecto de esta tensión—las opciones se reducían a solamente dos: quienes eran parte de la comunidad amada y quienes no lo eran. Aunque Juan nos introduce a esta forma de pensar, según la cual las cosas solamente pueden ser blancas o negras, no nos está haciendo necesariamente una invitación a pensar de la misma forma.

Desafortunadamente, en la historia, tal cosmovisión ha inspirado violencia y opresión contra quienes son percibidos como los de afuera: cristiano vs. judío, creyente vs. ateo, conservador vs. progresista, nosotros vs. los otros. Es una parte triste de la herencia humana que continuamente construye paredes entre pueblos tomando como base alguna percepción esencial acerca del otro—las diferencias de color, raza, religión, etc. Sin embargo, la declaración de Jesús “El Padre y yo somos uno” (v. 30) se puede ver como un antídoto a esta forma de pensar. “El Padre y yo somos uno” no es una declaración trinitaria, al menos no como la pensamos hoy en día después de las controversias y los credos del cuarto siglo. En el pensamiento bíblico, la identidad está basada en la función—en lo que se hace, mientras que por el contrario, en el pensamiento occidental, la identidad se define como la esencia—de qué se está hecho. Podemos decir que en la cosmovisión bíblica el sol es el sol porque da luz y calor. En el pensamiento griego, en cambio, el sol es el sol porque está hecho de átomos de hidrógeno que están en proceso nuclear, etc. La mente occidental nos definió a Jesús como “Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre.” Pero en el contexto judío de Jesús y Juan, la declaración de que “El padre y yo somos uno” significa que la misión, el carácter y las actividades del Padre y de Jesús están en un todo de acuerdo. Podemos ver esto en el v. 25 (“Las obras que yo hago en nombre de mi Padre, ellas dan testimonio de mí”). Esto está en consonancia también con la declaración de Juan 1:18 y con el tema del evangelio según el cual Jesús es quien revela el carácter del Padre.  Asimismo, cuando podemos percibir la mano de Dios, la gracia de Dios en el prójimo—sea creyente, musulmán, gay, fundamentalista, budista, ateo, cuando hace las obras de Dios—de amor, justicia, servicio, igualdad, también allí vemos y debemos ver a Jesús. Y en esta visión, no hay lugar para el “nosotros contra ellos” (en verdad, la tradición establecida en Marcos 9:38-41 nos demuestra que “el que no está contra nosotros, por nosotros está”). En esta fiesta de dedicación—esta fiesta de luz y liberación, podemos celebrar que Jesús, el buen pastor, nos ha librado y nos puede seguir librando de los prejuicios y los odios que nos mantienen separados los unos de los otros.