< March 27, 2016 >

Comentario del San Juan 20:1-18

 

En el evangelio según Juan, María Magdalena es la primera de los discípulos y las discípulas en encontrar a Jesús resucitado, verlo, hablar con él, tocarlo, e ir a toda prisa a compartir esta gran noticia con los otros discípulos y discípulas.

[¿Buscas un comentario sobre Lucas 24:1-12? Fíjate en el comentario para la Vigilia Pascual de Joel Morales Cruz.]

Las buenas nuevas no terminan con el fin de este capítulo en Juan. Siguen adelante en nuestras vidas y formamos parte de esta gran historia.

La cruz, la muerte y la tumba no detuvieron el amor de Dios. A través de la cruz Dios nos sorprende a todos y a todas. Al principio puede ser difícil creerlo. ¿Cómo puede transformarse en una cosa tan buena algo tan malo y negativo como la crucifixión? O personal e individualmente, ¿cómo puede Dios tomar nuestras faltas, fallas y debilidades y transformarlas y convertirlas en algo que dará gloria a Dios? Por eso dicen las Escrituras que “la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios” (1 Co 1:18). Dios promete transformación y vida nueva. Promete entrar en nuestras experiencias y en nuestra confusión y redimirnos.

El Espíritu Santo se mueve. Jesucristo mora y vive en nuestras vidas. No es solamente en las Sagradas Escrituras donde encontramos al Cristo resucitado. Nuestras vidas también son consagradas por medio de Cristo. Jesús resucitó y su poder entra en nuestras tinieblas, en nuestro dolor, en nuestras penas, en nuestro sufrimiento y en nuestros fracasos. Entra y nos transforma. El poder del Cristo resucitado está obrando en nosotros y en nosotras, en nuestras vidas, convirtiendo las tinieblas en luz y transformando nuestras tristezas en gozo. Nos está abriendo un nuevo camino y nos está ofreciendo un nuevo comenzar. Nos da la mano; pone nuestras manos en su mano. Así es nuestro Dios.

A veces es difícil creer y confiar en el poder de Dios, porque muchas veces no podemos ver el reino del cielo delante de nosotros y de nosotras. Más a menudo vemos el reino del mundo. Pero Dios nos va a dar un nuevo corazón, un corazón sensible que pueda ver sus obras, que pueda percibir su gracia dada por nosotros y por nosotras. Dios nos abre nuestros ojos para que podamos ver la manifestación de su reino en nuestras vidas. A cada persona la fe viviente le llega de una manera diferente. Dios tiene su tiempo, toma su tiempo con cada uno de nosotros y de nosotras. Cada persona es diferente. Es como María Magdalena, Simón Pedro, y el discípulo a quien amaba Jesús (Juan). Los tres fueron corriendo con urgencia a la tumba, después de que María Magdalena les dijo con mucha pena: “Se han llevado del sepulcro al Señor del sepulcro y no sabemos dónde lo han puesto” (v. 2b). Vieron que la piedra enorme que tapaba el sepulcro había sido quitada.

Juan creyó rápidamente. Él pudo ver la señal del reino de Dios en esa situación. Su fe en Cristo resucitado vino fácilmente, sin necesitar mucha evidencia. Solo miró y vio que la tumba estaba vacía y que sólo estaban allí las vendas que antes habían envuelto el cuerpo de Jesús. O sea, él entró la tumba, vio que Jesús no estaba, y creyó, por más que no había entendido todavía la Escritura que explica que era necesario que Jesús resucitara de los muertos (v. 9) Así es también para algunos de nosotros y de nosotras, ¿no? Aún no entendemos las Escrituras, pero el Espíritu Santo nos mueve a la fe. Y esa fe nos lleva a estudiar la palabra. Juan cree cuando ve la tumba vacía.

María Magdalena, por el contrario, representa otra manera en que la fe puede ser formada en nosotros y nosotras. La fe viene lentamente o más tarde, pero mejor tarde que nunca. María se quedó tan triste y destrozada cuando su Señor fue crucificado que, al ver quitada la piedra del sepulcro, no pudo sino pensar que el cuerpo de su Señor Jesús fue robado por un ladrón. Era muy difícil para ella imaginar que algo bueno podía suceder después de una tragedia tan profunda como la muerte de su Jesús. Ver la tumba vacía no le dio a ella fe. Tampoco pudo creer cuando vio a los “dos ángeles con vestiduras blancas, que estaban sentados el uno a la cabecera y el otro a los pies, donde el cuerpo de Jesús había sido puesto” (v. 12). Los ángeles hablaron con ella. Pero tampoco eso bastó para cambiar su punto de vista. Ni siquiera pudo creer cuando lo vio a Jesucristo mismo, cara a cara, vivo y resucitado, porque era para ella demasiado asombroso e increíble que Jesús pudiera resucitar después de tres días. Por eso fue que habló con Jesús pensando que era el jardinero del cementerio.

Algunos de nosotros y de nosotras somos como María Magdalena. No vemos la mano de Dios en nuestras vidas; no vemos la obra y el poder de Dios manifestándose en nuestras vidas porque estamos preocupados o distraídos, o estamos pensando demasiado en las cosas del pasado.

Sólo fue cuando por fin Jesús le habló a María Magdalena llamándola por su nombre que ella tuvo fe. “La fe es por el oír” (Ro 10:17). María escuchó su propio nombre salido de la boca de su Señor Jesús. Fue cuando la llamó por su nombre que ella creyó. “¡Raboni!,” clamó ella, y lo abrazó.

Jesús nos conoce y nos llama a cada uno de nosotros y de nosotras por nuestro nombre. Jesús es el buen pastor: “las ovejas oyen su voz; y a sus ovejas llama por nombre y las saca… y las ovejas lo siguen porque conocen su voz” (Jn 10:3-4) Como el testimonio del profeta Isaías de lo que dice el Señor: “No temas, porque yo te redimí; te puse nombre, mío eres tú” (Is 43:1). El Señor nuestro Dios nos conoce por nuestros nombres y nos ama.

María Magdalena escuchó su nombre y creó en Jesús. Y Jesús le respondió: “Ve a mis hermanos y diles” (v. 17). Entonces María Magdalena lo hizo. Ella fue la primera testigo de Cristo resucitado. Y ahora nos toca a nosotros y a nosotras. La historia de la resurrección no termina aquí en estas páginas, sino que sigue adelante en nuestras vidas. La palabra se encarna en nosotros y nosotras. Experimentaremos la resurrección. Gracias a Dios.