< February 21, 2016 >

Comentario del San Lucas 13:31-35

 

Dentro de la estructura del evangelio de Lucas, este relato se encuentra en la sección denominada “camino a Jerusalén” (9:51-19:28), en la que Jesús está precisamente en camino.

Este trayecto es largo en Lucas; es como un hilo conductor del evangelio. En este texto Jesús quiere remarcar “su camino” frente a otros caminos que pudieran presentarse como posibles: riquezas, honor, familia, poder…

El plan de Herodes y el plan de Dios

Resulta irónico que sean unos fariseos quienes se acercan a Jesús para aconsejarle que salve su vida de la muerte con que lo amenazaba Herodes. Jesús estaba yendo de Galilea camino a Jerusalén y probablemente estaba muy cerca de Perea, la región gobernada por Herodes Antipas. Quizás estos fariseos eran enviados de Herodes para advertir a Jesús que no continuara el camino por su territorio porque era una amenaza pública. Una posibilidad es, pues, que estos fariseos sólo fueran mensajeros de Herodes.

También es posible que su interés sea por iniciativa propia ante lo anunciado por Jesús en la perícopa anterior (Lc 13:27): “Os digo que no sé de dónde sois; apartaos de mí todos vosotros, hacedores de maldad." Quienes podían gozar de la salvación no eran quienes así lo creían (fariseos, saduceos y escribas), sino quienes estaban dispuestos a transitar por la “puerta angosta.”

No obstante, creo que el hecho de que el texto mencione a “unos fariseos” refleja más el contexto histórico del evangelista (años 80 a 85 d.C.) que el de Jesús (año 27 aproximadamente). Como contemporáneos de Jesús, los fariseos eran un grupo judío que simpatizaba con el movimiento de Jesús y que tenía puntos en común con él (la resurrección y el mesianismo, por ejemplo). Ellos casi no participaban de la élite religiosa judía y del Sanedrín. En cambio los ancianos, los escribas y los saduceos sí eran opositores acérrimos de Jesús y su grupo y buscaban acabar con Jesús. Sin embargo, los fariseos son el único grupo religioso que sobrevive a la destrucción del templo de Jerusalén en el año 70 d.C. y que logra reorganizarse para defender el judaísmo posterior; los otros grupos desaparecen con la destrucción del templo. Por eso los fariseos son más visibles en los evangelios escritos, y como luchaban por una sola identidad judía, es lógico que se enfrenten con los evangelistas y el cristianismo naciente. Así es como el contexto histórico de los años 80 a 85 d.C. permea en los evangelios, poniendo generalmente a los fariseos en posiciones opuestas a las de Jesús, aunque no haya sido del mismo modo cuando los fariseos eran contemporáneos de Jesús.

Cualquiera sea la hipótesis que asumamos sobre la participación de los fariseos en la transmisión a Jesús del mensaje de que Herodes lo quiere matar, es creíble que Herodes planeara asesinar a Jesús. Y esto obviamente se oponía a los planes de Jesús de continuar su misión hasta consumarla, según el v. 32b. Jesús sabía que el mensaje que estaba recibiendo venía de un mandatario astuto que abusaba de su poder (“aquella zorra”).

Tengo que continuar mi viaje, mi destino: ¡Jerusalén!

Jerusalén, la ciudad santa se había convertido en sanguinaria para los profetas cuando debía ser una ciudad de acogida (como una gallina que junta a sus polluelos debajo de sus alas) y de salvación. Jesús es consciente de que está camino a una ciudad peligrosa, donde los poderes imperan para mantener el statu quo que él había combatido.

Esta Jerusalén contrasta con la Nueva Jerusalén del Apocalipsis de Juan. Es interesante el imaginario de los primeros cristianos que sueñan con una Jerusalén distinta. Porque la Nueva Jerusalén es una ¡ciudad sin templo!: “En ella no vi templo” (Ap 21:22). No se necesita un lugar específico donde habite Dios, ya que la ciudad toda está llena de Dios.

Los fariseos continuarán siendo los antagonistas de las enseñanzas de Jesús en el capítulo siguiente de Lucas. Están constantemente buscando la manera de desacreditarlo. Nuestro relato está enmarcado por dos curaciones realizadas en sábado (Lc 13:10-17 y Lc 14:1-6) y eso definitivamente los incomoda. A pesar de todo, Jesús debe continuar su misión, camino a Jerusalén.

Una hermenéutica urbana de liberación

Las ciudades de hoy, ¿son espacios propicios para vivir la fraternidad y la solidaridad? ¿O siguen siendo como la Jerusalén que mata a sus profetas (v. 34)? Cualquiera que conozca los grandes centros urbanos que tenemos hoy, sabe del caos que implica vivir y convivir en las urbes: ciudades que han venido creciendo improvisadas y sin planificación, barrios periféricos sin acceso a servicios básicos, carencias de centros educativos y de salud, etc. Pero por sobre todo son espacios donde las buenas relaciones son imposibles: vecinos que no se conocen ni se saludan, el ruido incesante, la violencia de las calles, la apatía, la mendicidad, la competitividad por espacios laborales y de hábitat, en fin, un toju waboju (Gn 1:2), expresión hebrea que se puede traducir como ¡desorden total, caos!

Más es necesario repensar nuestras ciudades como lugares para la salvación y la buena convivencia en las que el Espíritu revolotee anunciando la vida de Dios, en medio de las ciudades de muerte y violencia. Jesús no huye de Jerusalén; la enfrenta y va camino hacia ella, seguro de que su misión también incluye estos espacios de perdición y violencia, que con posteridad se transformarán en espacios de salvación universal.

Que este Dios amoroso de la vida nos dé la fuerza necesaria para actuar en todos los espacios construyendo puentes de diálogo y encuentro con el prójimo.

Nosotros y nosotras también debemos encaminarnos hacia nuestra misión ahí donde habitamos, las ciudades. Ahí es donde debemos trabajar para hacer posible los planes de Dios frente a quienes planifican la muerte y la destrucción de los profetas y las profetisas, porque sus voces y resistencias incomodan y son inconvenientes cuando dominan los sistemas de muerte que tan fácilmente se instalan en nuestras urbes.

Uno de esos sistemas es de orden económico, el capital es el “becerro de oro” de hoy. El sistema capitalista y salvaje organiza quiénes están dentro y quienes están fuera de él. Los y las que estamos adentro somos quienes dinamizamos la economía a través del “yo consumo, luego existo” (antes era “yo pienso, luego existo”), mientras que quienes no cuentan con los recursos necesarios para consumir ¡no existen para el sistema! En las ciudades esta realidad es cotidiana y por lo tanto exige una respuesta cristiana.

Ahí está nuestra misión cristiana de promover y anunciar el “¡Bendito el que viene en nombre del Señor!” (v. 35), porque nos trae la salvación y nosotros y nosotras debemos promover esa venida salvadora, también a nuestras ciudades y urbes que necesitan tanto ver esta utopía, ¡una ciudad habitada por Dios!

Debemos seguir adelante con nuestra misión salvadora, “hoy y mañana y pasado mañana” (vv. 32-33), y hago mías las palabras que el texto le hace decir a Jesús dos veces justamente para remarcar la importancia de la misión en todo tiempo y con el mismo espíritu de Jesús.