< October 11, 2015 >

Comentario del San Marcos 10:17-31

 

Jesús tiene un encuentro con una persona que apresuradamente viene ante su presencia, reconociendo que el “Maestro” puede aclarar sus preguntas sobre la vida eterna.

¿Quién es esta persona? Lucas 18:18 menciona que era una autoridad religiosa, un “dignatario” traduce la versión Reina Valera 1995, quizá un miembro del concilio o de una familia influyente. Mateo 19:20 señala que era un hombre joven. En cuanto se presenta frente a Jesús, este hombre se arrodilla y se dirige a él diciendo: “Maestro bueno.” Jesús le revela que está hablando con Dios mismo y que sólo Dios es bueno y es la fuente de vida eterna. En este encuentro, Jesús revela que él es Dios y que es el camino a la salvación.

El hombre pregunta: “¿qué haré para heredar la vida eterna?” (v. 17). La pregunta indica que esta persona piensa que la vida eterna se puede ganar por medio de obras o méritos. Dicha manera de pensar con respecto a la salvación o la vida eterna era común/normal en aquel tiempo y lo es también en la actualidad. Hay personas que creen que por medio de obras pueden comprar o ganar la salvación. Ninguna obra o mérito puede compararse con el precio que costó nuestra salvación, que es la preciosa sangre de Jesús.

Esta persona se acerca a Jesús con una necesidad espiritual muy grande que únicamente Jesús puede suplir. Era un hombre rico, religioso (apegado a la ley), con poder, con alto estatus religioso y social. Tenía recursos y virtudes, pues le señala a Jesús que seguía al pie de la letra un comportamiento justo cumpliendo los mandamientos, pero espiritualmente se sentía insatisfecho e incompleto. Esta es la razón por la que busca a Jesús con tal determinación.

Jesús lo mira y escudriña su corazón. El sentimiento que despierta este hombre en Jesús es de amor. Dios nos ama y nos acepta tal como somos, con nuestros problemas, dudas, errores, temores e incertidumbres. Al escudriñar el corazón de este hombre, Jesús sabe que lo que le hace falta es amar a Dios por sobre todas las cosas. En el gran mandamiento, Jesús nos recuerda el lugar tan relevante que Dios debe tener en la vida de sus hijos e hijas: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas” (Mc 12:30). La riqueza, el estatus y la autoridad de aquel hombre eran su prioridad, y reemplazaban al amor pleno y total a Dios.

El hombre, al escuchar que para heredar la vida eterna tenía que rendirse totalmente a Jesús, dejar su riqueza y estatus y seguir a Cristo amándolo con todo su corazón, su alma, su mente y sus fuerzas, toma la decisión de quedarse en su condición actual y rechaza la salvación. Prefiere tener/hacer tesoros en la tierra. Se retira triste y afligido. Su corazón y su espíritu saben lo que está rechazando por quedarse con todas sus posesiones y poner su confianza en su riqueza.

Humanamente es imposible alcanzar la salvación por medio de obras o méritos. La vida eterna se obtiene cuando rendimos nuestro corazón y nuestra vida a Jesús y lo seguimos por amor. Quienes forman parte del reino de Dios son aquellas personas que aman a Dios por sobre todas las cosas. Dios hizo posible que alcanzáramos la salvación por medio de Jesucristo, “porque todas las cosas son posibles para Dios” (v. 27).

Los siervos y las siervas de Dios dejan muchas cosas y a personas importantes por seguir a Cristo y hacer su voluntad. El ministerio implica sacrificios e inclusive persecución. Dios se da cuenta de los sacrificios que sus hijos y sus hijas hacen por amar a Dios por sobre todas las cosas y servir a Dios de todo corazón. La recompensa para los siervos y las siervas de Dios es una realidad tanto aquí en la tierra como en el cielo, en la vida terrenal y en la vida eterna.

En el mundo, aquellos que tienen riqueza, poder y estatus, tienen privilegios y son puestos en primer lugar. En el reino de Dios, las personas que han sido rechazadas, marginadas, oprimidas o minimizadas, al aceptar y rendir su vida a Cristo, son llamadas hijas e hijos de Dios y tienen un valor muy especial. El amor y la justicia de Dios hacen que los últimos sean los primeros (v. 31).