< September 27, 2015 >

Comentario del San Marcos 9:38-50

 

En los versículos 38 al 41, Juan habla con Jesús acerca de una persona que expulsaba demonios en su nombre.

Los discípulos, al darse cuenta de que no era uno de ellos, le habían impedido que lo hiciera. Los discípulos pensaban que únicamente ellos, que tenían la oportunidad de caminar y convivir de cerca con Jesús, tenían la autoridad de ministrar en su nombre.

Llama la atención que Juan use la frase “se lo prohibimos porque no nos seguía” (v. 38). ¿Quién tiene la autoridad de ministrar usando el nombre de Jesús? Para Juan, pareciera que únicamente aquellos que eran cercanos a Jesús tenían dicha autoridad. Pero el ministerio y las enseñanzas de Jesús impactaron y transformaron no solo la vida de los discípulos que caminaban y convivían con él. Dicho ministerio fue más allá de un pequeño círculo de personas, y una muestra de ello es que también otros, fuera de dicho pequeño círculo, estaban ministrando y liberando en el nombre de Jesús.

Jesús le responde a Juan que no debían impedir que otros hicieran milagros en su nombre. Aunque dichas personas fueran desconocidas para los discípulos, no eran desconocidas para Dios. Del mismo modo que Juan y los otros discípulos fueron llamados a llevar las buenas nuevas de salvación, a predicar y a enseñar sobre el reino de Dios, lo mismo podía hacer cualquier persona que creyera en Jesús y en el poder que tenía el nombre de Jesús para liberar, sanar, transformar y redimir vidas.

Aquellos y aquellas que hacen milagros en el nombre de Jesús son usados como instrumentos de Dios, forman parte del reino de Dios y, por lo tanto, no representan una amenaza para otros siervos y siervas de Dios. Juan creía que sólo unos pocos tenían autoridad y poder para obrar milagros, pero Jesús le aclara que Dios usa y recibe en el reino de Dios a toda persona que cree en él y que rinde su corazón y pone su vida al servicio de Dios.

Al reflexionar sobre estos versículos, viene a mi mente la tendencia a crear o a fomentar divisiones entre los miembros del pueblo de Dios que los seres humanos a veces manifestamos. Viene a mi mente la soberbia que puede llevarnos a considerar que otros hermanos y hermanas en Cristo no tienen la misma autoridad. El reino de Dios predicado por Jesús es una comunidad donde predominan la justicia, la equidad, el amor, la solidaridad, la paz, la armonía, la unidad, la compasión y la tolerancia. Juan aprende aquí de Jesús la importancia de dejar a un lado la soberbia de creerse parte de un grupo con la autoridad/exclusividad de usar y ministrar en el nombre de Jesús. Esta es una lección que también vale para hoy y que nos invita a vernos los unos a los otros como consiervos y consiervas, pues todos y todas servimos y proclamamos a un solo Cristo quien nos da autoridad, poder, fortaleza y sabiduría para llevar a cabo nuestro trabajo en la obra de Dios.

Los versículos siguientes, del 42 al 50, son una advertencia sobre las consecuencias destructivas del pecado. Jesús habla sobre la posibilidad de hacer que otra persona peque o desobedezca a Dios. El pecado tiene repercusiones sumamente negativas en nuestra propia vida y en la vida de las demás personas. El pecado tiene consecuencias que se pagan durante nuestra vida en esta tierra y en la eternidad. Provocar que otra persona desobedezca la voluntad de Dios es destructivo para todas las personas involucradas.

Jesús utiliza frases muy fuertes para referirse al pecado y a sus devastadoras consecuencias. Diferentes partes del cuerpo humano como las manos, los pies o los ojos son mencionadas para recordarnos que podemos pecar con acciones, palabras o pensamientos que atentan contra nosotros/as mismos/as o las demás personas. Y puede suceder que seamos conscientes de lo que nos hace pecar. Jesús dice que si alguno de nuestros miembros como la mano, el pie o el ojo nos hacen pecar, es mejor quitarlos. Cuando somos conscientes de lo que nos lleva a pecar es mejor remover, cortar o alejarnos de esa situación.

Jesús habla de manera directa condenando el pecado porque nos destruye, nos aleja de Dios, de nosotros/as mismos/as y de las demás personas. El pecado permite que entren en nuestro corazón angustia, resentimiento, temor, confusión e inseguridad. Esto nos lleva a vivir en un estado de oscuridad que representa la antesala del infierno donde el fuego no se apaga.

Una de las consecuencias del pecado es que provoca distanciamientos, fricciones, problemas y divisiones entre las personas. La presencia del Espíritu Santo promueve la unidad y la paz entre los hijos y las hijas de Dios. Paz, amor, tolerancia y unidad son ingredientes indispensables entre los miembros de la iglesia de Cristo.