< August 02, 2015 >

Comentario del San Juan 6:24-35

 

Pan de vida versus pan de muerte

El tema de la comida/bebida aparece frecuentemente en el evangelio de Juan (al igual que en el de Lucas). Juan nos informa de seis comidas, incluyendo la del epílogo de su evangelio: Jn 2:1-11; 4:4-42; 6:1-14; 12:1-8; 13:1-14; y 21:1-14. Además, el evangelista compara y presenta a Jesús con metáforas referidas a comida/bebida. Jesús es: “el pan de vida” (Jn 6:35, 48), la fuente de “agua viva” (Jn 4:10), y el “Cordero de Dios” (Jn 1:29, 36). En todos los textos donde aparece el tema de la comida/bebida, la comunidad o los interlocutores de Jesús tienen dificultades para entender el verdadero significado y el compromiso de justicia y solidaridad que las comidas “escandalosas” de Jesús demandan.

Nuestro evangelio de esta semana narra el reencuentro de la gente con Jesús en Capernaúm y un escandaloso diálogo sobre el pan, que culmina con la reunión de la gente en torno de Jesús y la proclamación epifánica de Jesús como “pan de vida” (v. 35). En la primera parte del evangelio, la gente le pregunta a Jesús: “Rabí, ¿cuándo llegaste acá?” (v. 25). Aunque la gente aún no es discípula de Jesús—no se han embarcado con Jesús—al parecer están en disposición de recorrer el camino discipular. En respuesta a la pregunta de esta genta anónima, Jesús les descubre el verdadero motivo de su infructuosa búsqueda: haberse hartado de pan perecedero. Esta gente hace una “teología del ombligo;” solo les interesa su estómago, y poder saciarse del “pan de muerte,” de “la comida que perece” (v. 27). Este tipo de comunidad es incapaz de asumir la propuesta liberadora (“pan de vida”) que Jesús ofrece. Esta “teología del ombligo” no es suficiente. Es necesario descubrir y descifrar las señales que Jesús va manifestando y dejando en la vida precaria de las personas que no tienen nada, especialmente en aquellas que siempre viven “en la otra orilla,” “al otro lado del mar” (v. 25). Jesús, como buen rabino, suscita en la gente el deseo ansioso del “pan perdurable” que él ofrece, pero para que el milagro del pan de la vida suceda, se tienen que hacer “las obras de Dios” (vv. 28-29). “Poner en práctica las obras de Dios” consiste en adherirse solidariamente a la acción liberadora de Dios, reconociendo las “obras de Dios en la creación” y saliendo, como en el Éxodo, de situaciones deshumanizantes. Por lo tanto, el pan de vida que ofrece Jesús no sucede por arte de magia ni por caprichos humanos; requiere de fe y adhesión total a la propuesta de Jesús. Lamentablemente, la gente, al parecer, no está dispuesta ni preparada para recibir y creer en Jesús, “el Enviado de Dios” (v. 29). La gente se coloca, en vez, en la línea mosaica, de aquella comunidad del desierto, en la que “Dios mismo les dio de comer” (Ex 16:4, 15, 35 y Sal 78:24). Para Jesús, comer ese tipo de maná/pan en el desierto no es garantía de discipulado. Es necesario ir a él y creer en él como auténtico “pan de vida.”

En un mundo precario y necesitado de pan y de posibilidades de vida plena para el campesinado empobrecido por la colonización romana, la provocativa y revolucionaria propuesta de Jesús de presentarse como “el pan de vida” puede entenderse como una condena de la idolatría a la que empujaba el imperio de la muerte. Sabemos que en el siglo primero la divinización del emperador y “la elección divina” de los romanos para ser “los amos y señores del mundo entero… y establecer un reino sin fin”1 estaba acompañada por la idea de que el emperador como verdadero Pater Patriae (Padre de la Patria) debía proveer de pan a sus fieles súbditos. En su obra Res Gestae, el emperador Augusto hace alarde de la generosidad con que a sus súbditos les ha dado trigo y todo lo que necesitan para vivir bien.2 Como siempre sucede, el pan de unos cuantos—o la vida vivible y superflua de los ricos y conquistadores—contrasta tremendamente con las carencias de los pueblos colonizados que se debaten entre la vida y la muerte. Sobre las paupérrimas condiciones de vida de muchas personas en la antigüedad, nos informa el médico Galeno: “Las carestías, que han afligido durante varios años a muchos pueblos sometidos a los romanos, han demostrado con claridad a todo el que no haya perdido por completo la luz de la razón el gran papel que desempeña en la aparición de las enfermedades el uso de alimentos insanos.”3

En este contexto, Jesús, al manifestarse con su “Yo soy el pan de vida,” está desenmascarando la deshumanización y explotación que sufren los pobres a causa de la colonización romana y de la ingesta de “alimentos insanos.” Al contrario de esto, el pan que Jesús ofrece es símbolo de vida, de alegría, de paz, de armonía, de bienestar, y sobre todo de la presencia solidaria de Dios en medio de una comunidad hambrienta. Jesús como “pan de vida” desenmascara la ideología del imperio y sus liturgias de muerte. Y Jesús no solo está denunciando el falso culto al emperador y su idolatría que esclaviza y condena al campesinado a las sombras de muerte, sino que su crítica incluye a las personas que están ancladas en tradiciones religiosas anquilosadas y leyes de muerte incapaces de dar pan/vida.

Jesús hecho pan, perecible, precario y vulnerable, entra en solidaridad con un mundo hambriento, carente de posibilidades de tener vida, aquí y ahora. Jesús, al igual que su Padre, no es un Dios que habita en “el mítico cielo” o que se queda extraviado en desiertos de muerte. Jesús tampoco es un Dios de misterios indescifrables o de normas litúrgicas desconectadas de la comunidad. Al contrario, Jesús se vuelve pan, alimento, comida para todas las personas que lo busquen. Jesús como liturgia de vida desenmascara y denuncia las liturgias del nuevo imperio/emperador, que siguen privando a las personas que hacen “parir la tierra” del pan/alimento que sus propias manos encallecidas han sembrado y que su propio sudor ha regado. Jesús, como verdadero pan de vida, llama a las personas creyentes a realizar “las obras de Dios:” dar vida a la mujer que se siente indigna por ser madre soltera y haber sido excluida de la comunión, abrazar con amor al hermano gay que no es bienvenido en nuestra celebración, caminar con el migrante cuyo trabajo hace posible nuestra vida, y cuidar del niño o niña que es maltratado. Solo si abrazamos al que es “diferente,” al que sufre, al que tiene hambre y a la persona que lucha por la justicia, seremos como Jesús: pan, bendecido, tomado, partido, y repartido, capaz de dar vida.


Notas:

1. Virgilio Aeneid 1.278-79

2. Res Gest. Divi Aug 5.2; 15.1-3; 18.1

3. Galeno, Sobre las propiedades sanas e insanas de los alimentos 7, 749ss. Citado en Ekkehard W. y Wolfgang Stegemann, Historia Social del Cristianismo Primitivo: Los Inicios en el Judaísmo y las Comunidades Cristianas en el Mundo Mediterráneo (Estella, Navarra: Verbo Divino, 2001).