< June 21, 2015 >

Comentario del San Marcos 4:35-41

 

En un viaje al Amazonas, estábamos regresando en una canoa hecha de un tronco por el mismo río que, aunque ahora era de aguas tranquilas, más abajo se convertía en uno de los saltos más grandes del mundo.

Veníamos de admirar la fuerza de ese salto y cómo caía, moldeando enormes piedras, creando vientos y corrientes peligrosas para quien estuviera cerca. Para un ser mortal era abrumador presenciar tanto poder y caminar al lado de esta maravilla, aun cuando uno no estuviera en ningún peligro.

Sin darnos cuenta, el cielo comenzó a nublarse y tuvimos que acortar nuestro paseo; teníamos que volver río arriba, al sitio donde estaba el campamento, antes de que nos cayera encima el aguacero. Nuestro guía, un anciano de la comunidad indígena cuidadora del salto, iba sentado en la proa, callado, concentrado, mirando hacia lo lejos, como si hubiera más de un río por donde regresar. Pero en poco tiempo nos dimos cuenta de lo que pasaba: el anciano dialogaba con las nubes, dándoles órdenes, y tal como era su intención, llovía a nuestra derecha y llovía a nuestra izquierda, pero el cielo no se abrió sobre nosotros hasta que no tuvimos a la vista el campamento. Las gotas de agua eran tan enormes, que sólo entonces entendí: si el aguacero nos hubiera agarrado al comenzar el trayecto, habría llenado rápidamente la canoa y nos hubiéramos hundido con ella.

“¿Quién es este, que aun el viento y el mar lo obedecen?” (v. 41)

Tanto los discípulos de Jesús, como mi familia y yo en ocasión de aquel viaje al Amazonas, estábamos embarcados, explorando nuevos territorios donde algunos le hablaban al viento y el viento parecía obedecer. En el caso de los discípulos, eran tierras gentiles al otro lado del mar de Galilea; tierras misteriosas, con una cultura diferente, temida y rechazada por los judíos. Aun cuando Jesús les había dado a los discípulos la autoridad para predicar y expulsar demonios (Mc 3:14-15), no estaba dentro de su idea pasar peligros o enfrentarse a sus miedos para ser testigos de un evento milagroso de una clase que hasta ese momento ellos sólo conocían por la Escritura (Ex 14:21). Vivirlo ellos mismos, ahora, les exigía entregarse completamente a Cristo, así fuera a los gritos: “¡Maestro!, ¿no tienes cuidado que perecemos?” (v. 38).

Luego de un largo día, la atención de los discípulos seguramente estaba puesta en lo que parecía ser una invitación de Jesús para aprender cosas nuevas y clarificar alguna parábola que aún no entendieran. Todo indicaba que lo harían cómodamente, en la privacidad de un bote, y que más tarde, por fin, podrían descansar. Pero Jesús los llevaba a explorar nuevos horizontes, donde era normal sentirse fuera de control.

El tema del día había sido el reino de Dios. Y en una de las parábolas Jesús ya les había advertido en contra de vivir ahogando la palabra de Dios con preocupaciones que destruyeran el milagro del reino de Dios creciendo en ellos (4:18-19).

Ahora Jesús escucha, amorosamente, el clamor de sus discípulos y en vez de dar un discurso sobre la fe, les enseña ya no con parábolas ni haciéndolos testigos de milagros en favor de otras personas. Jesús los hace conocedores del poder de Dios en él, el escogido, el Cristo que había venido a salvarlos también a ellos, con poder sobre el mar y dominio sobre los ríos, según las promesas del salmista (Sal 39:25). Ese mismo poder también lo tendrían los discípulos (11:23, 16:17-18), si dejaban a un lado la incredulidad (6:5-6) y el temor y ponían su fe en Dios (11:22), para bien de toda la creación (16:15).

Consideraciones Eco-teológicas

Por mucho tiempo, a diferencia de Jesús, nos hemos relacionado con la tierra como si fuera un ser inanimado, explotándola y controlándola para aumentar nuestras riquezas, mientras que Jesús se dirige a ella, hablándole como un ser vivo: “¡Calla, enmudece!”— y ella lo obedece. Al igual que para los discípulos, este es un territorio nuevo para muchos de nosotros y nosotras, y Jesús nos pide que sigamos caminando con él.

Aunque hoy no pongamos en duda la autoridad de Cristo sobre el mar y los ríos, sí desconfiamos de la naturaleza y su capacidad de tener una relación propia con Cristo.

En los últimos siglos, desde el comienzo del desarrollo científico e industrial, la mayoría de nosotros y nosotras hemos aprendido a ver la naturaleza como un ser involuntario que necesita ser dominado, temido y controlado. Le hemos declarado la guerra a la naturaleza, en vez de trabajar junto con ella hacia una plenitud universal.

Frente al cambio climático, la subida del nivel del mar y su amenaza a comunidades costeras, tal vez la pregunta, dejando a un lado el temor, no sea “¿Quién es este, que aun el viento y el mar lo obedecen?,” sino “¿Qué nos dicen ahora los vientos, el mar y el clamor de la tierra?”

El temor al cambio climático nos deja a muchos paralizados y deseando que Jesús diga de nuevo: “¡Calla, enmudece!”

Bien dice Larry Rasmussen, profesor emérito de Ética Social en el Union Theological Seminary:

La tercera roca desde el sol [la tierra] ya no puede asegurarnos que las temporadas para la siembra y la cosecha sigan siendo estables; que las aguas glaciales sigan alimentando a los grandes ríos; que los niveles del mar sean lo suficientemente confiables como para permitir la construcción de grandes ciudades; que la flora y la fauna tengan tiempo suficiente como para adaptarse a nuevos insectos predadores y a nuevas enfermedades, así como a sequías e inundaciones; … que habrá recursos suficientes como para que las futuras generaciones sobrevivan y prosperen en su planeta empobrecido.1

Estamos en una tierra nueva, confrontando retos que nunca tuvimos. ¿Estamos como los discípulos, preguntando a Cristo si no le importa que nos ahoguemos? ¿O estamos buscando la manera de usar nuestra autoridad moral y religiosa para encontrar salidas inmediatas y proteger a los más vulnerables?

Ante el poder de la naturaleza, el miedo hoy tampoco nos sirve. Lo que tenemos que hacer es buscar conocerla y aprender a trabajar con ella, con fe, porque sigue siendo la primera interesada en escuchar la voz de Dios y obedecerla:

¿Quién eres tú, que a Cristo reconoces y obedeces? (Mc 3:11-12) ¿Quién eres tú, que a través de una zarza ardiente entregas a Moisés el mensaje de Dios? (Ex 3:2) ¿Quién eres tú, que le salvas la vida a Balaam a través de una burra? (Nm 22:33) ¿Quién eres tú, que le curas la lepra a Naaman en las aguas del Jordán? (2 R 5:14) ¿Quién eres tú, que alimentas a Elías en el desierto? (1 Rey 17:4-6) ¿Y que confirmas la presencia de Dios en el bautismo de Jesús a través de una paloma? (Lc 3:22).

Nuestra fe en Cristo requiere una relación justa con la naturaleza y una actitud de arrepentimiento cuando nuestros miedos afectan la paz de la tierra.


Notas:

1. Larry L. Rasmussen, Earth-Honoring Faith: Religious Ethics in a New Key (New York: Oxford University Press, 2013), 5.