< May 24, 2015 >

Comentario del San Juan 15:26-27, 16:4b-15

 

En la noche en que Jesús va a ser entregado se reúne con sus discípulos para la cena de despedida y, como es típico del evangelio joánico, Jesús elabora un discurso en el que presenta de nuevo a sus discípulos las dificultades a las que se van a enfrentar.

Bien conocido es que Juan presenta un Jesús en el centro de una serie de antítesis: luz/tinieblas (1:4-9; 3:19-21; 8:12; 9:45; 11:9-10; 12:35-36.46), arriba/abajo (3:3.7.31; 8:23) cielo/tierra (3:12.31), carne/espíritu (1:12-13; 3:6; 6:63), verdad/falsedad (1:17; 8:44; 14:6; 15:26-27; 16:8-11), fe/incredulidad (1:11; 6:30; 7:5; 12:37-41; 14:17; 20:3-31), vida y muerte (1:4-5; 10:10; 11:25-26; 14:6; 20:3). El ministerio y la persona de Jesús representan, obviamente, el polo positivo en estas antítesis. Al mismo tiempo, una de las funciones retóricas de este recurso literario es invitar a los discípulos y las discípulas—y a los lectores y las lectoras—a dejar atrás las dimensiones negativas de este mundo y entrar a formar parte activa del Espíritu. Es decir, las dicotomías ponen al discípulo/lector en guardia para que tome partido por el mensaje del evangelio y discierna de qué forma puede construir su identidad cristiana en tanto que colabora con el Espíritu a la hora de dar testimonio (15:27).

En este pasaje el conflicto se presenta desde el principio (15:25) y Jesús promete el envío del Espíritu como una ayuda en el proceso continuo de convertirse en discípulo o discípula y dar testimonio (15:27). La presentación del drama se ahonda en el versículo 16:4b donde Jesús anticipa que va a revelar nueva información que antes no era necesaria porque él estaba con los discípulos. En el versículo 16:12 Jesús explicita que el proceso de revelación de la verdad ha de ser gradual: solo se puede revelar aquello para lo que uno está preparado. Ahora bien, los discípulos no se quedan solos; Jesús les promete el Espíritu ante los momentos de persecución que se avecinan (15:18-16:3). Jesús aparece verdaderamente aquí como un maestro en el sentido más pedagógico del término: solo se revela aquello que el discípulo está preparado para asumir.

El envío del Espíritu tiene, como cabe esperar, una función misional. El Espíritu se envía para crear un mundo más justo (16:8). El lenguaje en 16:8-11 es notablemente ambiguo y los intérpretes encuentran dificultades para explicar la tríada pecado, justicia y juicio. En términos generales se puede entender del siguiente modo: pecado como rechazo a la persona de Jesús y los valores que representa; justicia como la acción que el Padre hace por Jesús restableciéndolo como el Hijo, y juicio como lo que Jesús lleva a cabo a través de su muerte. Es importante recalcar que el objeto del juicio en Juan no es tanto Jesús (como ocurre en el resto de los evangelios) como el mundo en sí. En Juan “el mundo” representa el polo negativo de las antítesis anteriormente mencionadas. El mundo tiene el sentido de toda aquella realidad que permanece ajena al evangelio y, más especialmente, hace referencia a todo aquel que no acepta sino rechaza el mensaje de Jesús (15:21).

Más adelante (16:12-16) Jesús ahonda en la función del Espíritu cuando él ya no se encuentre entre los discípulos. La sabiduría del evangelio en este sentido es contextual: ser discípulo o discípula de Jesús supone un proceso continuo de escucha activa del Espíritu y, lo que quizás sea más importante, el evangelio muestra hasta qué punto la comunidad primitiva reflexionaba sobre aquello que el Jesús de la historia, es decir el Jesús del siglo I, no comunicó. Dicho de otro modo, la comunidad cristiana cuenta con la ayuda del Espíritu para actualizar el evangelio en diferentes contextos.

Así, desde un punto de vista teológico, la afirmación de que el Espíritu “os guiara a toda la verdad, porque no hablará por su propia cuenta” (16:13) no solo abre la puerta a que el mensaje de Jesús se renueve a través del Espíritu incluso cuando Jesús no esté, sino que sitúa la salvación en el curso de la historia. Esto es especialmente importante para los creyentes y las creyentes que tienen que hacer frente a nuevos problemas éticos. Por un lado, la comunidad creyente ha de leer los signos de los tiempos a la luz del Espíritu, pero al mismo tiempo el Espíritu solo puede ser descifrado cuando la comunidad se halle inmersa en los signos de los tiempos. A saber, sólo una comunidad profundamente inmersa en los problemas éticos, políticos, económicos y sociales que la rodean puede generar las preguntas adecuadas que el Espíritu ayudará a responder.

Consideraciones contextuales desde una perspectiva queer

Las dicotomías que presenta el evangelio de Juan tienden a producir en la comunidad cristiana una fuerte identificación con los valores positivos del evangelio. Al mismo tiempo se identifica todo aquello que está fuera de la comunidad cristiana con el polo negativo de los dualismos mencionados (tinieblas, incredulidad, falsedad, etc…). En otras ocasiones, las palabras de Jesús acerca del odio de este mundo pueden generar en la comunidad cristiana un sentimiento de persecución que en las sociedades democráticas del siglo XXI no está justificado.

La experiencia de persecución sufrida por muchas minorías sexuales (gays, lesbianas, transexuales, transgénero, bisexuales…) y todavía hoy muy presente en muchas comunidades cristianas es un antídoto contra este tipo de lectura dualista del evangelio. Por un lado, las personas queer experimentan persecución, negación y marginación dentro de las filas de sus propias comunidades; por otro lado, “el mundo,” entendido como la realidad que está fuera de la comunidad cristiana, ha avanzado hasta tal punto que ha comenzado a celebrar las experiencia de amor que la comunidad queer representa. En definitiva, los cristianos y las cristianas que se identifican como queer complican algunos de los dualismos que las comunidades cristianas contemporáneas interpretan de una forma exclusivista.

Desde esta perspectiva, la promesa de Jesús de que “aún tengo muchas cosas que deciros” (16:12) se presenta como un criterio para incorporar dentro de nuestras comunidades las voces que han sido tradicionalmente marginadas. O dicho de otro modo, la promesa de revelación histórica continua que Jesús promete evita que se puedan llevar a cabo identificaciones simplistas entre discipulado y verdad, dejando la puerta abierta a “nuevas verdades.”