< February 15, 2015 >

Comentario del San Marcos 9:2-9

 

Un Arcoíris de Posibilidades

Los símbolos nos ayudan a expresar lo que no podemos decir o explicar con palabras. Son instrumentos que a través de la historia humana nos remiten a espacios que van más allá de la razón. Las pinturas rupestres, por ejemplo, se han transformado en el símbolo de lo que el ser humano en algún momento quiso representar y comunicar, y sobre todo, de lo que fueron, de lo que vieron y de lo que sintieron esos seres humanos, quizás antepasados nuestros, cuando estaban inmersos en ese mundo tan desconocido para nosotros y nosotras.

Los símbolos son importantes porque con ellos nos comunicamos; decimos lo que no podemos expresar sólo con las palabras que son incapaces de abarcar toda la inmensa gama de la vida, de sus misterios y de sus complejidades. El propio lenguaje está hecho de símbolos y nuestra vida está pigmentada de ellos.

El evangelio para el Domingo de la Transfiguración es una narración de símbolos. Encontramos en él la “subida” a un “monte alto,” la transformación o la “transfiguración” de Jesús, el color “blanco,” a “Elías y Moisés,” la “nube,” la “sombra,” el “descenso.”

Lo asombroso de los símbolos es que dicen mucho, pero no se puede abarcar la totalidad de su significado. Por esta razón, vamos a tratar de comprender algunos de estos símbolos sabiendo que la interpretación no termina en lo que aquí podamos expresar.

“Subir al monte” es y será una experiencia que supone esfuerzo y requiere mucha voluntad, cuidado y tiempo. Más aún si el monte al que se sube es alto. Los cambios de temperatura, de vegetación y de paisaje son algunas de las características del ascenso. Subir no es una tarea fácil, no es una caminata de todos los días. Esta experiencia sólo se realiza en momentos especiales. Jesús vivió la experiencia junto a tres de sus amigos, con los que estaba compartiendo su vida y sus sueños.

El cansancio en todo el cuerpo y la llegada a la cima, cuando los sonidos propios de la altura se mezclan con la respiración agitada, son experiencias gratificantes. Jesús subió con tres de sus discípulos a un monte alto, alejado del bullicio de las poblaciones por donde solían andar. Para todas las religiones, los montes altos son lugares donde se pueden dar encuentros con lo trascendente. Jesús, un hombre religioso, lo sabía, y por eso se dirigió a la altura. Jesús y sus discípulos subieron a un monte alto y esperaron.

Sucedió entonces la transfiguración caracterizada por la transformación de los vestidos de Jesús. El texto indica que se volvieron tan blancos como ningún lavador en la tierra los podría haber dejado. La pregunta es: ¿Qué significa todo esto? La palabra griega del original que se traduce como “se transfiguró” es metemorphothe, de la que se deriva la palabra en español “metamorfosis,” o sea, lo que sucedió es que Jesús cambió de forma. Y su transformación se quedó en la retina y en la memoria de los tres hombres que lo estaban acompañando.

La narración nos quiere mostrar este momento especial, en un lugar especial, con símbolos especiales. El color “blanco” está ligado a lo divino, a la verdad y a la luminosidad. Precisamente el color blanco produce estas sensaciones porque engloba a todos los colores del arcoíris. Todo está allí. Por eso el símbolo de la transfiguración es tan sugerente. Jesús, al cambiar de forma, se transforma en el todo que engloba la vida; en él están reflejados el mundo y todo lo que el mundo contiene. Podemos comprender que sus células son todos los seres vivos que lo rodean; su sangre son los ríos que van y vienen; sus pulmones son los árboles, las plantas, las flores, los alimentos; sus músculos son todos los humanos y sus voluntades; etc. Esta es la “re-significación” que queremos darle al cambio de forma y color de los vestidos de Jesús, la de que pone de manifiesto toda la policromía de la vida de Jesús, el Hijo del Hombre.

Con su transfiguración, Jesús no sólo quiere mostrarnos su contacto con Dios y con quienes representan la Ley y los profetas (Moisés y Elías). La nube que les hace sombra y la voz que sale de la nube diciendo: “este es mi Hijo amado; a él oíd,” nos dan una pauta del porqué de este suceso. Sólo se llega a Dios cuando lo reconocemos en lo concreto de la vida, cuando “logramos escuchar” a Dios incluso en los sonidos casi imperceptibles del llanto silenciado, o de la sonrisa iluminada.

Cuando se nos invita a escuchar e oír al hijo amado, se nos está invitando a escuchar la historia, escuchar las experiencias, escuchar a toda la creación, escuchar las voces sin fin que se dan cotidianamente y que nos permiten hallar a Dios.

Escuchar con atención es la primera acción para iniciar un diálogo, y el diálogo es el mejor pretexto para empezar a conocer. La invitación que hace Dios no es fácil, porque escuchar supone ceder el tiempo a los otros, dejar las acciones y detenerse. Es el espacio para empezar a comprender al otro, a la otra. Lamentablemente, nuestros espacios contemporáneos no están hechos para escuchar, porque se nos ha robado el silencio; todo tiene movimiento, sonido, ruido, dispersión. Y cuando por alguna casualidad encontramos el silencio, ya no sabemos qué hacer con él y nos “aterramos,” tal como les pasó a Pedro, Santiago (o Jacobo) y Juan en la quietud de aquel monte.

La invitación está hecha. Recobremos nuestros espacios privilegiados. Llevemos a las personas que amamos a esos lugares. Démonos el tiempo de escuchar sus historias, sus anécdotas, sus vidas. Recobremos el derecho a compartir. Experimentemos que la vida va más allá de un sillón, de un televisor, de un trabajo, de un supermercado, de la tecnología y de todo aquello que nos ha vuelto individualistas, seres incapaces de escuchar y de acercarnos fraternalmente a otras personas.

Que el Domingo de la Transfiguración de Jesús sea un día en que reconstruyamos los lazos que nos conectan con la vida, con esa vida con rostros concretos. También nosotros y nosotras podremos verla transfigurada. En esa vida también nosotros y nosotras podremos encontrarnos con lo divino.

Si logramos aceptar la invitación y ponerla en práctica, estaremos listos para el “descenso” y para continuar la caminata de la vida.