< February 01, 2015 >

Comentario del San Marcos 1:21-28

 

Una Historia de Relaciones

La narración del evangelio que nos ofrece Mc 1:21-28 está llena de acciones. Jesús camina, entra a la sinagoga, enseña, responde y ordena. La gente se admira, se asombra y comenta. Un espíritu impuro grita, sacude violentamente a un hombre y sale de él.

Todo esto sucede en un poblado llamado Capernaúm, que se traduce como “aldea del consuelo.” Toda la narración nos cuenta varias historias personales que se vinculan en un ambiente específico: la sinagoga. Sí, esta narración está llena de historias enlazadas. Son historias que tejen “relaciones” cuyos hilos son los detalles que se sumergen en estas vidas.

Los dos primeros detalles los encontramos al inicio. El texto indica el día: sábado, y el lugar donde entró Jesús: la sinagoga. El pueblo judío era sumamente respetuoso de este tiempo y de este lugar, y Jesús, como judío, cumplía con las enseñanzas de su cultura y de su religión. Para este pueblo el día sábado era sagrado, como dice el libro del Éxodo: “Acuérdate del sábado para santificarlo” (Ex 20:8).

Es en este espacio sagrado donde suceden cosas importantes. La primera es que Jesús empieza a enseñar. El texto lo repite cuatro veces: en el v. 21 con el verbo edidasken (traducido como “comenzó a enseñar”), en los vv. 22 y 28 con el sustantivo didache (traducido como “doctrina”) y en el v. 22 con el participio didaskon (traducido como “enseñaba”). Nos damos cuenta de que el autor quiere llamar nuestra atención: ¿Qué es lo que enseñaba Jesús que provocaba la admiración de la gente? Por otro lado, el texto también cuenta que la gente lo compara con los escribas. ¿Qué habían olvidado en su discurso los escribas y los maestros de la ley para que la gente ya no les reconociera autoridad para enseñar?

Los judíos se reunían en la sinagoga los sábados. Hombres y mujeres del pueblo, padres y madres de familia, hijos, hijas, hermanos, vecinos, etc. Personas que cultivaban la tierra o realizaban trabajos duros. Muchas de ellas analfabetas, personas sanas y enfermas, con pocos o muchos problemas. Todas se reunían. Alguien leía el texto sagrado y luego invitaban a un varón que tuviera alguna formación para que comentara la Escritura. En esta ocasión, al parecer, le han pedido a Jesús que realice esta acción. Podemos intuir que Jesús no se limita a comentar la Escritura. Más bien se relaciona directamente con la vida de esa gente, con situaciones que pasan en el pueblo. Jesús posiblemente se pone en el lugar de ellos, de sus vivencias cotidianas, y en vez de brindar un discurso magistral, dialoga con cada una de sus historias. Esto es lo que da autoridad a cualquier persona: mostrar una preocupación sincera y respetuosa por los otros y las otras.

Parece que todo iba bien en ese sábado; sin embargo, sucede algo que rompe con esa armonía. Intervienen un hombre, un espíritu impuro y unos gritos. El espíritu que habitaba en ese hombre empieza a gritar; se dirige directamente a Jesús. Lo llama de dos formas: “Jesús nazareno” y “Santo de Dios” (v. 24). El espíritu impuro reconoce a Jesús y parece que está muy enojado porque sabe que este “Santo de Dios” puede desalojarlo. Para la religión judía era imposible que lo impuro y lo santo vivieran juntos. Todos los seres humanos sabemos que un cuerpo sano no puede convivir con la enfermedad, y todos hemos experimentado en menor o mayor grado la enfermedad.

Los gritos de este espíritu son también los del hombre, que no puede más con esa dolencia que lleva adentro. Cuando el dolor o sufrimiento es grande y nos desgarra, el grito es, muchas veces, la única forma de desahogo. Pero cuántos callamos esos dolores hasta que son insoportables. Este elemento nos hace comprender que el espíritu que a gritos le dice a Jesús: eres el “Santo de Dios”, también le está diciendo que ambos (Jesús y este espíritu) no pueden convivir en un mismo espacio. El hombre estaba bajo una posesión que lo dañaba. Por eso Jesús actúa de manera inmediata y nuevamente “con autoridad” lo reprende y le ordena: “¡Cállate y sal de él!” (v. 25).

Si nos enfocamos en el hombre que “estaba poseído,” vemos que el espíritu lo sacude violentamente antes de salir. Este hombre anónimo era un cuerpo sufriente, un cuerpo violentado. Nuestros cuerpos son capaces de experimentar esta violencia que nos sacude por dentro. Cuántos hombres no saben cómo manifestar sus dolores internos y se expresan con violencia. Porque muchas culturas imponen silencio a los varones respecto de su sensibilidad interior, de la misma forma que atribuyen exceso de sacrificio a las mujeres. Todos estos cuerpos tienen cargas interiores intolerables; entonces aparecen los gritos y la violencia que hace que las relaciones se rompan.

A nivel mundial, los porcentajes de las relaciones rotas por violencia son muy altos. Cuántas familias se rompen por violencia doméstica. Cuántos traumas se generan por acciones violentas en las sociedades; cuánta enfermedad se genera por la violencia que ejerce el ser humano en contra la creación. Estos son los espíritus impuros que habitan los cuerpos de las personas, pero también en los cuerpos sociales y culturales, y que impulsan a gritar y a ser violentos.

Jesús conoce la frágil humanidad y por eso asume el sufrimiento de este hombre y lo ayuda. No puede ser un simple observador del sufrimiento ajeno; utiliza la autoridad de su palabra para hacer que el espíritu impuro, que daña y lastima, salga del cuerpo del hombre, y así da consuelo a su vida.

Sin duda más de una vez hemos encontrado en nuestras vidas personas que tienen esta autoridad en sus palabras. Maestros o maestras que fueron capaces de sanarnos con sus palabras, y de sacar de nosotros y nosotras lo negativo, aquello que nos oprimía y nos lastimaba.

Esta es la buena noticia que Jesús anunció, enseñó y actuó todos los días de su vida. Con este pasaje, “Jesús nazareno”, el “Santo de Dios,” se da a conocer. Esto sucedió en un lugar de Galilea, en un sábado cualquiera, junto a gente común, con vidas y problemas comunes. Un tiempo que se transformó en sagrado cuando un hombre tuvo la delicadeza de acercarse a la gente y generar lazos, reconstruir y sanar relaciones e intercambiar historias. Es allí, en un pueblito llamado Capernaúm, donde un hombre concreto recibió consuelo.