< August 31, 2014 >

Comentario del San Mateo 16:21-28

 

La “segunda tentación” de Jesús: El enemigo desea acabar con la verdad

Jesús fue puesto a prueba en muchas ocasiones. Los evangelios registran por lo menos tres momentos en los que Jesús tuvo que enfrentarse con las insinuaciones del “enemigo”.

En realidad, Jesús estuvo en la mira del diablo desde el momento mismo de su nacimiento. Por eso el evangelio según San Mateo contiene el relato de la cruel orden de matar a los niños menores de dos años, dada por Herodes cuando en su impotencia recurrió a esa medida extrema para acabar con Jesús.

Aunque no tuvo éxito en su intento de acabar con Jesús poco después de su nacimiento por intermedio de la orden de Herodes, el diablo no se resignó, sino que recurrió a otra estrategia. Si su primera intención fue la de eliminar a Jesús, ahora el diablo se ha propuesto evitar que Jesús muera en la cruz, impidiendo así el ministerio de redención. Concibe todo un plan para que el joven Jesús se someta a los “condicionamientos satánicos,” que consiste en formularle una serie de preguntas que sin duda habrán de acicatear el orgullo natural de cualquier persona a la que se le cuestionan sus convicciones más profundas: “Si eres Hijo de Dios, di…” (Mt 4:3); “Si tú eres el Cristo, sálvate…” (Lc 23:39).

En tres oportunidades Jesús se enfrenta con esta nueva estrategia del diablo. La primera ocurre antes de iniciar su ministerio, cuando es tentado por el diablo en el desierto (Mt 4:1-11). La segunda es la que se nos narra precisamente en el evangelio para este domingo. La tercera y “última tentación” tiene lugar en el Gólgota, cuando el instrumento del Diablo es Gestas, uno de los ladrones con los que Jesús es crucificado1 (Lc 23:36-39).

En los tres casos se repite el mismo esquema con tres elementos: 1) hay un agente de tentación, que es el diablo en el primer caso, Pedro en el segundo, y el ladrón Gestas en el tercero; 2) el reconocimiento de Jesús como el Cristo se hace depender de una condición; y 3) se formula una propuesta que desnaturaliza el ministerio de redención de Jesús y cuya realización es la condición que verifica o no el segundo elemento.                                                            

La verdad del misterio de redención no coincide con la gloria del mundo

Regresemos ahora a nuestro texto para este domingo: la segunda tentación. Según el orden crono-literario, no hace mucho que a Pedro le ha sido dada una revelación, una verdad/esperanza divina. Se le ha confiado que Jesús es el Mesías, “el Hijo del Dios viviente” (Mt 16:16). Paso seguido, Pedro pretende orientar a Jesús acerca de los movimientos que debe dar. Pedro ama a Jesús y responde como cualquiera de nosotros o nosotras lo haríamos si un amigo querido nos confiesa que va a morir. Diríamos algo así como: “no pienses en eso que eres joven,” o: “no pienses en cosas negativas sino en cosas positivas.” Pero la respuesta de Jesús es automática y lapidaria: “¡Quítate de delante de mí, Satanás!” (v. 23). Es posible que en virtud de su declaración anterior, tan acertada, Pedro haya pretendido asumir por cuenta propia el rol de consejero de su maestro. La actitud de Pedro parece ser un desprendimiento lógico de las palabras de ensalzamiento expresadas por Jesús cuando le dijo: “tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia” (Mt 16:18).

Estamos frente a una situación íntima, altamente emotiva. El maestro está atravesando un momento muy difícil. Está asumiendo, ahora de modo consciente, su muy cercano padecimiento que se resolverá en la muerte de cruz. ¿Qué busca Jesús al confesar a sus más cercanos lo que agita su alma? ¿Busca consuelo? ¿O busca poner sobre aviso a sus seguidores acerca del camino que conduce a la gloria?2

La tentación busca someter a Jesús a condicionamientos satánicos: “di que estas piedras se conviertan en pan” (Mt 4:3); “tírate abajo” mostrando el gran milagro de salir ileso de la caída desde el pináculo del templo (Mt 4:6); o “sálvate a ti mismo y a nosotros,” o sea, sé capaz de liberarte a ti mismo junto con los dos ladrones, en medio de todo el aparato militar represor que los está ajusticiando (Lc 23:39). Por más inocentes o buenos que estos condicionamientos parezcan, si Jesús se sometiera a ellos, se desviaría de su propósito redentor y no sería más que una persona que se limita a responder a las insinuaciones del diablo.

En la tentación de la que trata el texto para este domingo, el enemigo se oculta en la expresión de cariño y en el consuelo que trata de ofrecer Pedro,3 pero está clarísimo que a través de Pedro es el diablo mismo quien intenta persuadir a Jesús para que desista de su objetivo sacrificial. Es curioso constatar que los buenos deseos pueden coincidir con propuestas contrarias al proyecto salvífico del Señor.

La gloria de la verdad de Cristo trasciende y exige pasar por la cruz

¿Jesús busca consuelo? Seguro; es un ser humano. Pero muchas veces, no es ningún consuelo la propuesta de abandonar el camino doloroso y de muerte que puede exigir la realización humana. El consuelo de Jesús es que sus discípulos asuman un compromiso radical y consciente de los riesgos que implica la condición de discípulos.

Llegar a la gloria exige un único paso: la cruz. El reino de Dios, que se muestra como un baluarte profético que denuncia el pecado del mundo y que gobierna Jesús, no es de este mundo. Por eso el mundo mata a Jesús, creyendo que Jesús rivaliza con el mundo. La muerte de Jesús no es el fin del reino sino su inicio en la vida de sus discípulos y discípulas. Estos y estas deben asumir la verdad del reino de Dios hasta el punto de estar dispuestos a entregar sus vidas por Jesús, si es necesario.

El mundo no puede habérselas con hombres y mujeres libres de “condicionamientos del mundo.” Precisamente por eso el reino exige hombres y mujeres libres en Cristo: hombres y mujeres que crean que la esperanza de Jesucristo no se agota con procesos y proyectos históricos. El compromiso con la verdad de Jesús se inicia en la historia, pero la trasciende. Se proyecta con mayores posibilidades de comprensión más allá de la misma muerte.

 


 

1El único libro que da nombres a los dos ladrones, dentro de los apócrifos de la pasión de Jesús, es el conocido como Acta Pilati de mediados del s. II. Tradicionalmente Gestas es el ladrón malo y Dimas, el ladrón bueno. Cf. Aurelio de Santos Otero, Los evangelios apócrifos / colección de textos griegos y latinos, versión crítica, estudios introductorios y comentarios por Aurelio de Santos Otero (Madrid: B. A. C., 1991, 7ª edición).

2Cfr. la interpretación que Jesús resucitado hace de su crucifixión en Lc 24:26.

3En realidad el griego hace uso del verbo epitiman que la versión Reina Valera 1995 traduce como “reconvenir” y que sugiere una actitud imperativa hacia Jesús por parte de Pedro.