< May 11, 2014 >

Comentario del San Juan 10:1-10

 

Yo soy la puerta de las ovejas

La palabra “puerta” aparece cuatro veces a lo largo de los diez versículos. Por eso nos preguntamos: ¿qué nos querrá decir el escritor bíblico?

La puerta es un accesorio útil y necesario en nuestro desenvolvimiento cotidiano; lo utilizamos en nuestras casas, oficinas, transporte, etc. Sencillamente, no podemos prescindir de dicho accesorio.

Si trasladamos este accesorio y su significado al contexto del discurso de Jesús, entendemos que adquiere una importancia capital por dos sentidos. Uno tiene que ver con la seguridad, y el otro con la salvación. Dicho de otro modo, no podremos comprender el sentido de las palabras de Jesús, si no lo descubrimos a él como la puerta de las ovejas. Notemos que el asunto de la seguridad tiene que ver directamente con la metáfora del pastor y el redil; el tema de la salvación alude a la certeza de encontrar en Jesús la vía hacia la vida abundante.

a) Los ladrones no entran por la puerta (vv. 1-5)

Con un lenguaje de lo cotidiano, Jesús intenta hacer comprender a su auditorio la diferencia entre el modelo religioso de los fariseos y el suyo, que en esencia es de servicio. El de los fariseos es engañoso y no inspira confianza; de ahí la invitación de Jesús a discernir entre los ladrones que no utilizan la puerta, y la figura del pastor que conoce su rebaño.

Estoy seguro de que todos y todas, en este tiempo de “pluralismo religioso”, y en nombre de la “libertad de culto”, somos testigos/as cotidianos de la efervescencia religiosa. No hay duda de que en un mundo globalizado, también la religión es una especie de “global player” (jugador global). Aunque reconozco que el pluralismo religioso es un signo de los tiempos, me preocupa la irrupción de ofertas que bien caben dentro de la clasificación mercantilista de “evangelio de mercado.”

La pregunta de fondo es: ¿acomodamos el evangelio de salvación a nuestros gustos, o nos sujetamos a las exigencias del mismo?

Sería muy bueno imaginar al mundo mismo como el redil de Dios, y no única y exclusivamente a nuestras congregaciones “denominacionales.” Digo esto por el simple hecho de que cada día somos testigos/as en nuestras sociedades de la existencia de desconsuelo, desesperanza, dolor, sufrimiento y muerte. Y si en lugar promover un evangelio al estilo de Jesús, se aprovechan las condiciones de tragedia, primero para la masificación del evangelio, y luego para el enriquecimiento y el lucro, o el bienestar personal de unos pocos, lo que se está haciendo es “robar” el sentido liberador del evangelio como buena nueva de salvación.

Por ningún motivo el evangelio puede ser vaciado de su sentido liberador, y menos aún puede ser reducido a un mecanismo para la acumulación de fortunas. Tampoco puede ser utilizado como un instrumento para legitimar políticas gubernamentales de turno que muchas veces niegan el derecho a la vida, al pan, a la salud, y a la justicia de tantas personas en nuestras sociedades y en el mundo entero.

No hace falta tener altos conocimientos en sociología o psicología para darse cuenta de las crisis y los dramas humanos que encontramos a cada instante. Los vv. 1-5 contienen dos pautas de acción muy importantes: 1) el del servicio a partir del oficio humilde del pastor que conoce a sus ovejas, y a quien las ovejas siguen por ese mismo motivo; y 2) el de la necesidad de contar con un guía, en medio del desconcierto y de las muchas “voces extrañas.”

b) Jesús vino para que tengamos vida (vv. 6-10)

Reconociendo la conflictividad del momento, frente a un sistema religioso “cosificante” como el de los fariseos, y el dominio inmisericorde de un imperio como el romano, Jesús, en una especie de anticipo de su amor sacrificial, propone su propia vida como medio para acceder a la salvación que, dicho sea de paso, concibe como “entera libertad.” Por eso dice: “Yo soy la puerta: el que por mí entre será salvo; entrará y saldrá, y hallará pastos” (v. 9).

Pero, ¿qué significa esto?

Hoy somos testigos/as de un tiempo en el cual las personas corren desorbitadas en procura de alcanzar objetivos que muchas veces tienen que ver únicamente con el “bienestar personal”. Hoy son pocas las personas que piensan en los demás, porque pareciera que simplemente ya no es ni viable ni posible. Si tuviéramos que mencionar algunas características de las personas de nuestro tiempo, yo seleccionaría las siguientes tres: el miedo a la soledad, el conformismo, y, finalmente, el desconsuelo.

El miedo a la soledad se debe en gran parte a la revolución en las comunicaciones, que a la vez trae consigo un nuevo lenguaje “virtual.” No existen personas que no dependan de artefactos electrónicos que nos alejan del contacto real entre personas, es decir, de la convivencia humana traducida en la vida familiar, social o comunitaria. El conformismo tiene que ver con la falta de “utopías,” o de proyectos de vida alternativos. Una sociedad que puede en cierto modo suplir los “deseos” más que las “necesidades,” tiene cautivas a las personas. Por esta razón, resulta irreal y hasta contradictorio para las nuevas generaciones que hayan existido personas que en su momento lucharon por derechos civiles y humanos como Gandhi, Martin Luther King, o Nelson Mandela.

Como algo muy preocupante, debido a las depresiones, sufrimientos e injusticias, muchas personas experimentan un nivel altísimo de desconsuelo. Y no ayudan para nada las alarmantes crónicas noticiosas que publican los medios acerca de crímenes, violaciones, feminicidios, desapariciones, desastres y enfrentamientos. Dicho de otro modo, asistimos a una época de gran dolor y desconsuelo.

Lo que Jesús nos ofrece es “vida en abundancia” (v. 10), y no se consigue por medio de méritos personales, ni como resultado de negociaciones. Justamente el clima de deterioro religioso y las condiciones de anti-vida en el mundo explican la razón por la que Jesús vino para dar vida. Nosotros y nosotras somos las ovejas agobiadas y hambrientas que estamos buscando pastos, y Jesús ya nos conoce y está dispuesto a ser nuestro pastor.