< March 02, 2014 >

Comentario del San Mateo 17:1-9

 

Es una historia increíble, ¿no?

Tres discípulos estaban con su maestro Jesús en un monte alto, y de repente Jesús empezó a brillar. Su rostro resplandeció como el sol, sus vestidos se hicieron blancos como la luz, aparecieron profetas a cada lado de él, y se oyó una voz del cielo, la voz de su Padre que dijo: “Este es mi hijo amado”, o sea, “Este es Mi hijo, el Hijo de Dios.” Es inexplicable esta experiencia que los tres discípulos tuvieron con su Señor. Una epifanía. Una revelación.

Pedro nunca, nunca, se olvidó de lo que pasó. Cambió su vida. Fue un evento muy significativo en su vida. Es evidente porque Pedro escribió acerca de lo que sucedió en aquella montaña, y mandó lo que escribió a una congregación, a una congregación joven para que lo leyera. Encontramos el testimonio de Pedro en la segunda lectura bíblica para este domingo en 2 Pedro 1:16-21. Fue casi al final de su vida, poco antes de su muerte, que Pedro compartió nuevamente su recuerdo de ese momento, de esa epifanía, en el monte santo con Jesús, y lo hizo para dar esperanza a la congregación y para fortalecer su fe.

Tomando como base el testimonio que dio Pedro de su experiencia con Jesús en el monte santo, el predicador/la predicadora pueden dar testimonio de su propia experiencia. Se puede meditar sobre una experiencia impactante, personal o comunal, que se haya tenido, y en donde se haya sentido, visto, vivido, la poderosa presencia transformativa de Dios en la vida. Cualquier experiencia de este tipo es una epifanía, (o por lo menos una pequeña epifanía). Y se la puede compartir en un sermón para darles a los oyentes esperanza y para fortalecer su fe.

Después de compartir un breve testimonio, el predicador/la predicadora puede lanzar preguntas (hipotéticas) a los oyentes, por ejemplo: ¿Has tenido una experiencia en la que sentiste la presencia de Dios en manera especial? ¿Cuándo te sorprendió Dios con su gracia? ¿Dios te encontró en medio de tu vida y se comunicó contigo? ¿Te reveló algo? O simplemente: ¿Cuándo se despertó en ti la fe? Esos son todos momentos que se pueden designar con la palabra griega kairós, o sea, momentos decisivos, momentos de Dios, momentos de epifanía, momentos de nuestras vidas en que Dios se nos presenta de manera clara. Esos momentos son preciosos regalos de Dios.

Las epifanías que hayamos tenido, aun cuando solamente hayan sido breves “momentos” de revelación y claridad, son importantes para nuestro peregrinaje en la fe, porque también hay tiempos cuando parece que Dios no habla, cuando se siente que Dios está muy lejos, o cuando la vida es tan complicada y difícil que no sabemos cómo vamos a seguir adelante, o en qué dirección debemos ir. Cuando pasamos por esos tiempos en nuestras vidas, tiempos de sequía espiritual, en los que estamos “andando en el desierto,” es bueno recordar los momentos de epifanía que Dios nos ha dado.

La epifanía puede ser asombrosa y milagrosa, como la que vivieron Pedro, Juan y Jacobo en el monte alto con Jesús brillando y una voz que se escuchó desde el cielo. O la epifanía puede ser algo bien práctico, como la decisión de responder a un llamado a participar en la misión de Dios en tu comunidad.

Ejemplo de una Epifanía Pequeña que Sirve para Dar un Testimonio Personal

Yo tuve una epifanía que nunca olvidaré a los 14 años, cuando participaba en un campamento bíblico para jóvenes y adolescentes. Participar en un retiro o campamento es una linda experiencia que siempre ha llenado mi alma con la presencia de Dios. Pero quiero hablar de un campamento en particular en que pasamos una semana en la naturaleza, con aire limpio, con un lago bonito y azul, con un bosque muy cerquita, leyendo la Biblia, jugando mucho, haciendo dramatizaciones, cantando alabanzas alrededor de una fogata cada noche, creando nuevas amistades, nuevos amigos.

La epifanía memorable que experimenté a los 14 años en ese campamento fue durante un culto juvenil en un atardecer a la luz del fuego de la fogata, mientras se ponía el sol, con bellos colores pintados en el cielo que se reflejaban en el agua del lago. Nuestras voces cantaban alabanzas en armonía con las cuerdas de una guitarra, y todo el escenario me puso muy sensible y me abrió completamente a la presencia directa de Dios, como si no pudiera esconder nada de Dios. La adoración/culto/servicio/oración/meditación nos ayuda bajar nuestras defensas y a derribar los muros que ponemos entre nosotros y nosotras y Dios, y en el culto del que estoy hablando, me sucedió como nunca me había sucedido hasta entonces. Yo tenía un dolor y una carga pesada en mi espíritu por una situación de conflicto que estaba pasando en mi casa, y durante ese culto debajo de las estrellas y en medio de la bella naturaleza creada por Dios, se desarticularon todas mis defensas, se evaporó la ilusión de que yo tenía el control, y empecé a llorar.

Dos líderes jóvenes se acercaron y me preguntaron en voz baja: ¿Qué pasa Dana? “Es que hay un problema en mi casa,” susurré para que nadie más me oyera, “y ya no sé qué hacer. Es entre mi mamá y mi hermana. Hay mucho conflicto y me hace llorar. Nada más.” Fue lo único que dije. Y cada uno de los líderes tomó una de mis manos y formamos un pequeño círculo de tres. Ellos oraron por mí. Fue una oración simple, breve y sencilla, en cual entregamos mi problema a Dios; nada más. Pero fue un momento que impactó mi vida en gran manera. Poder poner mi problema en las manos de Dios fue para mí en esas circunstancias una revelación, una epifanía.

Tenemos que vivir nuestras vidas cotidianas con los ojos, oídos, y mentes abiertos en busca de la luz brillante de Dios, en busca de señales de su gloria y su reino. A veces la gloria de Dios se nos manifestará de una manera llamativa como les sucedió a los discípulos en el monte alto con Jesús. En aquella circunstancia, la gloria de Dios fue tan brillante y magnífica que los discípulos tuvieron que postrarse sobre sus rostros. Este el caso de los hermanos y hermanas en la fe que están convencidos de que Jesucristo mismo los visitó en un sueño. Pero la gloria de Dios también se nos puede manifestar de manera mucho más sencilla, casi escondida, como en un susurro. Es lo que sucede cuando escuchamos o leemos las palabras de Jesús “Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mateo 28:20b) y sentimos que están dirigidas en forma particular a cada uno de nosotros y nosotras, o cuando cantamos una canción de alabanza que nos gusta y nos llena a rebosar. Cualquiera sea la manera en que Dios se nos manifieste, debemos darle gracias por la oportunidad de sentir un poco de su gloria, y podemos decir, como Pedro a Jesús: “Señor, bueno es para nosotros que estemos aquí” (Mateo 17:4).

Los encuentros con Dios son para recordar. Debemos recordarlos porque son sagrados. Porque son regalos preciosos de Dios que nos resucitan, nos sacan de la sequía espiritual del desierto, nos ponen nuevamente en el camino hacia la tierra prometida, y nos hacen creaciones nuevas.