< February 23, 2014 >

Comentario del San Mateo 5:38-48

 

En Mateo 5:48 Jesús dice, “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.”

En el original griego, la palabra “perfecto” es teleios, y se deriva la palabra griega telos, que significa “el fin” o “la meta.” “Perfecto” en griego significa, pues, haber llegado al completo desarrollo, a tu fin o a tu meta. Dios quiere que vivamos una vida santa, siendo perfectos, no como si nunca fuéramos a equivocarnos o a cometer un error, sino que seamos “perfectos” en el sentido de vivir a pleno nuestra identidad como hijos e hijas amados de Dios. Somos amados y bendecidos por Dios, ¿para qué? Para ser una bendición para otros y otras. Para amar a todos y a todas como Dios nos ama a nosotros y a nosotras. Así van a saber que Cristo vive. Así van a conocer la paz de Dios. Nuestra identidad viene de Dios. No viene de nosotros ni de nosotras.

Cuando tenía 20 años de edad, trabajé como voluntaria en Guatemala en un orfanato en una comunidad rural y bastante aislada en la selva. No existía una calle para llegar por tierra a la comunidad en la que estaba el orfanato. Solamente se podía acceder al lugar mediante una canoa por un río. El orfanato tenía su propia granja. Teníamos gallinas que daban sus huevos y cultivábamos verduras y unas frutas. El orfanato estaba ubicado dentro de una pequeña comunidad indígena. Su nombre y su idioma era el Kekchi. Recuerdo que una tarde vi a una familia de la comunidad Kekchi, una abuelita, una mamá y dos niños pequeños, entrar en la granja del orfanato y robar una fruta, una piña para ser más precisos. La piña era pequeña pero bien madura, amarilla, rica y lista para comer. Con su propio cuchillo en la mano, la mamá cortó la piña y se la llevó a su casita. Yo les conté lo que había pasado a mis compañeros John y Clyde, otros voluntarios del orfanato. “Oye, Clyde, John, están robando nuestras piñas. Yo lo vi.” Y Clyde, quien tenía unos 65 años, me dijo: “No las están robando. Fue a propósito que dejamos unas piñas así en la granja, lo mismo que varias verduras, para que las familias que no tienen suficientes vitaminas en su dieta, puedan recogerlas y comérselas. Es para que tengan una mejor nutrición. Esa mamá tiene un bebe chiquito. Y está amamantando…”

¡Qué generoso mi amigo Clyde! Clyde, John y algunos de los otros obreros del orfanato aumentaron mi fe en Dios por el amor que tenían por el prójimo y por su compromiso de ayudar a los necesitados. Me ayudaron a ver que Cristo vive. Fue la primera vez que fui testigo de esa costumbre de no cosechar todo en el campo, sino dejar algo para personas que tienen hambre. Clyde lo había aprendido en una misión de franciscanos en el sur de México donde había servido antes. Y esos hermanos franciscanos lo habían aprendido de la Biblia, de la ley de Jehová, que es el camino de justicia. Dice Levítico 19:9-10: “Cuando siegues la mies de tu tierra, no segarás hasta el último rincón de ella ni espigarás tu tierra segada. No rebuscarás tu viña ni recogerás el fruto caído de tu viña; para el pobre y para el extranjero lo dejarás. Yo, Jehová, vuestro Dios.” Nuestro Dios es así. Es misericordioso. Es el Dios de la vida. Se preocupa por el huérfano, la viuda, y el forastero. Nosotros y nosotras, seguidores y seguidoras de Jesucristo, estamos llamados a ser igualmente misericordiosos y misericordiosas, llamados a ser las manos y los pies de Dios en este mundo.

Yo sé que hay una variedad de relaciones humanas. Unas son amables, otras hostiles, unas simpáticas y otras dolorosas, pero no deben determinar nuestro comportamiento. Amemos a todos y a todas como Dios ama. Seguir a Cristo es amar a todos y a todas, es amar incluso a nuestros enemigos y orar por ellos.

Jesús y Gandhi y la No-Violencia

Hay un libro que se llama Gandhi y Jesús: El Poder Salvífico de la No-Violencia, de Terrance Rynne.1 El libro cuenta cómo Gandhi fue profundamente influenciado por las enseñanzas de Jesucristo. Tenía una pintura de Jesucristo en su pequeña casa. No es una exageración decir que Gandhi amaba a Jesús. Cuando Gandhi leyó por primera vez algunos de los versículos que integran el evangelio para este domingo, Mateo 5:38-41,43-45a, estas palabras de Jesús fueron directamente a su corazón: “Oísteis que fue dicho: ‘Ojo por ojo y diente por diente.’ Pero yo os digo: No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra; al que quiera ponerte a pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa; a cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, ve con él dos…. Oísteis que fue dicho: ‘Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo.’ Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os odian y orad por los que os ultrajan y os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos.”  

Este llamado de amar al enemigo es posiblemente un mensaje distintivo de la fe cristiana. Todas las grandes religiones enseñan: “Ama a tu prójimo como a ti mismo.” Pero Jesucristo ofrece al mundo un camino nuevo cuando dice: “Ama también a tus enemigos.” O sea, ama a todos. Ama como Dios ama. Y Gandhi nos mostró que este modo de vida, el de la no-violencia, funciona y es poderoso. En la historia hemos visto su poder en la India, en las Filipinas, en Sudáfrica, y también en los Estados Unidos con Martin Luther King Jr. y el movimiento de derechos civiles de los afro-americanos. La resistencia no violenta no es pasiva; no es ser víctima. Es activa, afirmativa y creativa. No busca venganza ni busca ocasionar una ofensa o daño a alguien como respuesta a otro recibido de la otra persona, sino que busca responder y reaccionar al mal con el bien. Responder a la violencia con acciones no-violentas, para sorprender al opresor, desarmarlo, vencerlo con el bien. Mostrar el opresor lo absurda que es su violencia. Que no puedes ser humillado ni humillada por su acto de abuso. Que tú eres libre y que eres un hijo o una hija amado/a de Dios.

Nuestra identidad viene de Dios. Somos sus hijos e hijas amados/as , sus hijos e hijas bendecidos/as, templos de su Espíritu Santo. Ahora es el tiempo para vivir lo que somos. Somos “santos”. La vida santa no es aislarnos ni separarnos para vivir en pureza. La vida santa es casi lo opuesto de eso. Es ser enviados al mundo. Es vivir profundamente en este mundo que Dios ama tanto. Dios nos llama a cruzar fronteras y a derrumbar los muros que nos separan. Amar al enemigo tanto como al amigo. Cuestionar nuestros prejuicios. Comprometernos a no pagar a nadie mal por mal, sino vencer con el bien el mal (Romanos 12:17.21).


 

1 Terrance J. Rynne, Gandhi and Jesus: The Saving Power of Nonviolence (Maryknoll, NY: Orbis Books, 2008), 1-228.