< November 24, 2013 >

Comentario del San Lucas 23:33-43

 

Este domingo marcamos el fin de una época y el comienzo de otra.

Termina la época de las parábolas sobre el reino y de los caminos del Espíritu que llevaron a Jesús por los caminos de Dios (Pentecostés), y se abre la época donde nos preparamos para recibir a Cristo en nuestras vidas (Adviento).

Los caminos del Espíritu nos llevaron a rememorar las curaciones de Jesús, a escuchar historias sobre ovejas perdidas y encontradas, a percibir que el reino se manifiesta en sucesos que parecen en principio insignificantes, a sorprendernos con que los que lloran, tienen hambre y sufren persecución sean declarados bienaventurados. En suma, hemos recorrido los caminos en los cuales Dios demuestra un trato preferencial con los humildes, los sufrientes y los marginales, y hemos accedido a una radiografía de cómo es su “reinado.” Y ahora nos disponemos a celebrar pronto la llegada del Señor en la más marginal y humilde de las condiciones. Entonces, ¿qué hace aquí este relato sobre una inscripción burlesca que declaraba a un reo como rey? Además, ¿qué tiene que ver el título de rey aplicado a un crucificado? ¿No parece totalmente fuera de lugar?

Sin embargo, la aparente desubicación de este texto sobre la crucifixión en nuestro leccionario nos ayuda a prepararnos para la época de adviento. Su efecto es justamente “desubicarnos” junto al crucificado, de tal modo que nos preguntemos, en definitiva, qué significa ser rey, qué significa tener poder, cómo llega Dios a nosotros y a nosotras. Si miramos para atrás y pensamos en el ministerio de Jesús, no puede dejar de extrañarnos la manera en que ejerció su poder. Fue un “rey” rodeado de viudas sin amparo, de enfermos y endemoniados marcados por la culpa, de pobres que se preguntan de dónde vendrá su pan diario, de ricos buscando una respuesta a sus vidas miserables, de publicanos que sólo miran al piso y piden compasión. Vemos a un Jesús que empodera a quienes no tienen ningún poder, un Jesús que se acerca a los que están “fuera de lugar.”

El relato de la crucifixión también nos presenta a un Jesús que parece estar “fuera de lugar.” En primer lugar, el pueblo contemplaba pasivo cómo echaban a suertes sus vestidos, los magistrados hacían muecas, los soldados se burlaban de él, uno de los malhechores crucificados con él ridiculiza el poder salvífico de Jesús. En segundo lugar, el cartel con la inscripción “Este es el Rey de los judíos,” ¿no parece totalmente fuera de lugar? Todos se ríen ante el espectáculo punitivo de la cruz, porque si hubiera sido cierto que Jesús era rey, no lo habrían colgado ridículamente de un palo bajo tan honrosa inscripción. Tanto las burlas de las que Jesús fue objeto como la inscripción en el cartel nos describen un escenario de algo que no huele bien, de algo que está totalmente fuera de lugar.

Pero en verdad, ¿quiénes son los que están fuera de lugar? Acá es donde el relato desaira a aquellos que se sienten demasiado seguros del lugar que ocupan –pueblo, soldados, magistrados, incluso el criminal que le echa en cara a Jesús su impotencia, porque los expone como aquellos que están totalmente fuera de lugar desde el punto de vista de Dios. La deshumanización, la burla, la desidia y el escarnio, el regodeo ante la violencia son puestos bajo la lupa de la cruz. En este sentido, se nos describe un escenario demoníaco, la actuación de los poderes que en toda sociedad se las ingenian para traer una paz ficticia dejando la perversidad y la violencia intactas.

Este es el mismo mecanismo que con poder todavía actúa en nuestras sociedades: en la sociedad del espectáculo que expone en las marquesinas las miserias de los otros, en la sociedad de consumo que nos convierte en objetos para ser deseados y consumidos por otros, en la sociedad tecnológica que nos desplaza cada vez más de toda vocación humana. Estos son los poderes que dictan los criterios de quienes están “adentro” y quienes se hallan “fuera de lugar.”

Pero el relato sobre la crucifixión nos dice que el verdadero lugar donde se revela el reinado de Dios es ahí en el lugar llamado de la Calavera, donde colgaron a Jesús entre dos criminales, y que la verdadera forma de ser rey es acompañando a los pecadores y desahuciados. Cristo nos demuestra que es rey porque estaba en el lugar en que Dios ejerce su reinado: entre aquellos y aquellas que se sienten totalmente fuera de lugar, entre aquellos y aquellas empujados y empujadas a las márgenes del mundo. Allí es donde la gracia llega y nos toca como algo totalmente inesperado, como diciendo que otro lugar es posible con Dios.

Dios se hace un lugar en la compasión, en las manos tendidas hacia los perdidos, en las muchas fosas en que caemos en los caminos de la vida. Por ello este relato nos proporciona un nexo entre las historias sobre un Jesús que “trae” a Dios a los que menos lo esperaban, y la narración de la venida del Hijo en un establo. En Cristo Jesús, Dios toma una decisión irrevocable y escandalosa: la de hacerse un lugar entre los que están fuera de lugar.