Christ the King

A Jesús lo han llamado rey: Pilato al interrogarlo y la gente al entrar en Jerusalén.

Luke 23:42
"Jesus, remember me when you come into your kingdom."  Photo by Casey Horner on Unsplash; licensed under CC0.

November 24, 2019

View Bible Text

Comentario del San Lucas 23:33-43



A Jesús lo han llamado rey: Pilato al interrogarlo y la gente al entrar en Jerusalén.

La voz del cielo lo ha llamado “hijo”. Rey es un término ambivalente. Son los que mandan y los que oprimen. De ellos se espera poder. ¿Tenemos poder en este texto? ¿Un poder cierto y valedero? Es lo que aparece en el reto de la gente. Si eres rey, sálvate a ti mismo (v. 37).

A lo largo de Lucas aparece el término “hoy” (más de 11 veces) en varios textos como un término teológico. En el anuncio a los pastores. En la sinagoga de Nazaret. Cuando Jesús cura al paralítico, la gente exclama que “hoy” estaba viendo hechos especiales. Con Zaqueo, sucede dos veces: primero cuando Jesús le anuncia que quiere ir a su casa y luego cuando Zaqueo anuncia que cambiará, se convertirá. A este anuncio corresponde el “hoy” de la salvación (19:9) de un rico que puede salvarse y es respuesta al rico del capítulo 18 que no quiere dejar su mundo.

Y por fin aparece el “hoy” en la cruz. A los pastores se les había anunciado que había nacido el Mesías el Señor. Un salvador. En la cruz le piden que se salve. Es el primer desafío. En Nazaret Jesús había dicho que su misión estaba en la línea de Isaías: dar vista a los ciegos, anunciar la buena nueva a los pobres, la redención a los cautivos. Es un segundo desafío a cumplir en la cruz. Al curar al paralítico, la gente exclama que hoy se ven grandes cosas. Sería un tercer desafío.

Al ladrón se le abrieron los ojos. A uno sí; al otro no. Cada uno pudo elegir. Luz y ceguera. Y al abrirse los ojos, se le presentó el camino de su redención-liberación. La proclamación de Nazaret se va cumpliendo en este hombre.

Cuando sucedieron los milagros y el milagro del paralítico, se proclamó que “hoy” sucedían hechos grandiosos. Pero en la cruz estos hechos grandiosos se dieron acorde a la dinámica de Dios, que es hacer lo grande por medio de los pequeños. Como cuando los pastores que recibieron el mensaje del ángel. Como cuando María e Isabel cantaron en su encuentro las obras de Dios. Hay que saber escuchar ese canto en los pequeños. Dos mujeres de pueblo que alababan a Dios. Los pastores que eran figura de lo discriminado y mal visto.

¿Cómo ver al rey en la cruz? No se puede, a menos que uno convierta sus ojos para poder ver “hoy” a los crucificados como signos de la presencia de Dios. Cada comunidad deberá revisar quiénes son para ella los crucificados de este mundo. Porque allí veremos al rey. Se necesita un gesto de humildad para convertir nuestra visión y solidarizarnos con los crucificados de este mundo. Y es la raíz de nuestra esperanza. El Padre no abandonó a Jesús en la cruz.

No es un falso optimismo; estamos hablando de la cruz y de las cruces. Del dolor del mundo. Pero a diferencia de otras experiencias religiosas, nosotros/as hemos nacido de la cruz. No de la cruz de un dios que se complace en el sufrimiento y necesita que le ofrezcan dolor para calmar su ira. Es la de Dios que en su Hijo es capaz de seguir salvando “hoy.” La encarnación llega a su fin en esta cruz. La sangre de la alianza es también la sangre de los hambrientos, los marginados y los olvidados.

Con el ladrón reflexionemos entonces sobre la justicia y la conversión. Su análisis es que él se encuentra allí porque se ha buscado ese camino. Con esto no justifico la pena de muerte; esa inferencia está fuera de este texto. Es justa su situación. Justa acorde a las leyes con las que vive. ¿Y adónde halla a Dios que lo escuche? A su lado. No podemos evadirnos de la cruz y Jesús tampoco lo hizo. Permaneció; permanece para escucharnos.

Es entonces un rey crucificado que escucha. El “proyecto” de la sinagoga de Nazaret se cumple en la cruz: ha dado vista, liberará al cautivo y, siempre que se predique la palabra con la fuerza inicial, serán los pobres quienes recibirán la buena nueva, el evangelio. Ese es todo el programa del “año agradable del Señor” (4:19).

Pero se da un paso más. Jesús no solamente le promete la salvación. Cierra un ciclo que había comenzado con el pecado prototípico de Adán y Eva. No podían permanecer en la presencia de Dios; se habían preferido a ellos mismos. La respuesta de Jesús abre la puerta al anhelo secreto expresado en el paraíso perdido. “Hoy estarás conmigo en el paraíso” (v. 43). El hombre preguntó por el reino; Jesús le abre las puertas del paraíso. Lo que Dios quiso al inicio ahora se regala al que supo abrir los ojos. Jesús no se salvó como le pedían los otros bajando de la cruz, sino en comunión con sus hermanos muertos por el poder injusto, abriéndoles las puertas del paraíso.

La puerta que se nos abre en el Reino de Cristo es su carne. En su carne en el madero se nos abre el camino. En su humanidad asumida por Dios, en su divinidad encarnada, se da el paso definitivo. Otro camino será otro reino, pero no el del Crucificado que igual tiene el poder de asegurar que “hoy estarás conmigo en el paraíso.”