< November 03, 2013 >

Comentario del San Lucas 6:20-31

 

La congregación y el predicador se confrontan este domingo con el corazón del evangelio, con ese anuncio radical que desata una transformación en nuestras vidas en relación con Dios y nuestro prójimo.

Al leer y meditar sobre este texto no debe perderse de vista el tono de “sorpresa” que contiene, pues nos invita a participar del cambio de perspectiva que surge desde la paradoja de que Dios promete rescatar al que está lejos de toda esperanza. La gracia desencadena así una nueva dinámica en las relaciones entre los seres humanos, donde el amor se contrapone a la injusticia, a la brutalidad y a la inequidad.

Las bienaventuranzas abren nuestro texto y hoy en día las deberíamos traducir al español como “felicitaciones.” Curiosamente Jesús no felicita a los virtuosos, que en virtud de su estatura social y moral recibirían su premio. Por el contrario, Jesús encarna una ruptura con respecto a nuestra experiencia de la gracia, pues era (y es) costumbre utilizar la expresión “felicitaciones” con aquellos y aquellas que ya disfrutan de prosperidad, felicidad, poder, etc. Las palabras de Jesús sorprenden porque condensan el mensaje sobre la gracia de un Dios que promete alivio/ayuda/auxilio/rescate a los que viven en medio del sufrimiento/angustia/opresión. En otras palabras, son las víctimas de la explotación, los que son dejados sin comida, los que lloran en medio de su miseria, quienes son “agraciados” en el Reino. Los que están a la vera de la vida, aquellos y aquellas sin “mérito” alguno, son los capaces de entender y recibir la promesa del evangelio. 

Un segundo aspecto del pasaje son las “parodias” sobre casos puntuales, los aforismos que buscan resaltar una nueva orientación en la vida (v. 29: “Al que te hiera en una mejilla, preséntale también la otra; y al que te quite la capa, ni aun la túnica le niegues.”) Una parodia es la imitación de un caso o discurso donde se exageran ciertas dimensiones para logar un efecto cómico.1 El efecto cómico de la parodia es lo que abre un nuevo tipo de conocimiento, perspectiva u orientación para la vida. Estas parodias no deben tomarse literalmente. Primero hay que reírse: ¡imagínense una persona desnuda en la calle!, o ¡la cara que pondría una persona violenta que al descargar su furia, lejos de someter a su víctima, es desafiada con la ridiculez de su violencia! Pero esto no significa caer en la frivolización o lo trivial, pues después de la comicidad sigue la seriedad con la cual el evangelio desnuda situaciones de injusticia.

Siendo que los mandatos son extremos, inclusive ridículos y deshumanizantes si se los toma literalmente, su intención es revelar la verdad que surge cuando cambiamos de perspectiva frente a los impulsos naturales o sociales. Claro que podemos entregar nuestras ropas, o dejar que nos sigan golpeando. Pero esto no es el cometido de las palabras de Jesús (como si estuviese aprobando el desamparo de la desnudez o la violencia). A diferencia de una hipérbole que siempre refiere a una cosa imposible (un camello no puede pasar por el ojo de una aguja, obvio), las parodias refieren a situaciones o escenarios que podrían darse en la vida (dar la otra mejilla, entregar la ropa), pero no son dichas de una manera prescriptiva sino que apuntan a actos simbólicos que desvisten las dinámicas del poder. En efecto, los ejemplos dados por Jesús refieren a prácticas comunes en su tiempo que tenían como trasfondo una situación de inequidad social: siempre era el “superior” (el amo frente al esclavo, el marido frente a su esposa, el padre frente a los niños) quien tenía el derecho a humillar y disciplinar al “inferior,” de la misma manera que entregar un manto o saco era una práctica por la cual una persona endeudada entregaba al acreedor su prenda como señal o garantía de su estado. Por ello presentar la otra mejilla implicaba un acto de desafío que dejaba al desnudo la brutalidad de la inequidad, como lo era también despojarse de toda la ropa, significando así la deshumanización creada por el endeudamiento. Por ello estos ejemplos, lejos de defender prácticas de violencia, sirven para revelar la raíz del problema, que es la inequidad. Despiertan en el oyente un cambio de lugar al entender que el mensaje del Reino nos empodera para cuestionar la injusticia sin caer en los mecanismos que crean injusticia (violencia, despojo). En suma, son ilustraciones de comportamientos que socavan la intención del acto original. ¿Qué actos socavarían hoy las estructuras que crean dominantes y dominados? ¿Cómo desafiamos las dinámicas de inequidad generadas por un poder mal utilizado y contrario al dominio de Dios? Podemos pensar en los actos “desopilantes” de mujeres europeas que se desnudan en público en protesta contra la opresión machista, o de aquellos que en Argentina se encadenaban a las puertas de los bancos para resaltar así el poder esclavizante del capital financiero. 

Así pasamos al núcleo temático de nuestra perícopa, amar a los enemigos (v.27). Aquí nos encontramos ante una radicalización del mensaje del amor ya presente en el Antiguo Testamento, que altera nuestra concepción de quiénes deben ser incluidos en las dinámicas subversivas del amor. Los enemigos son aquellos que tienen el poder de hacernos daño, de perseguirnos, de discriminarnos. Pero si el enemigo continúa siendo enemigo, nunca se aborda el problema de fondo: la injusticia que crea en las sociedades humanas la distinción entre amigos y enemigos en primer lugar. En los evangelios el amor no es un tema sentimental, sino que son conductas que alteran los patrones vigentes. La razón para amar a los enemigos no es la promesa de una recompensa, o la muestra de una nueva virtud, sino la encarnación o personalización del amor con el cual Dios ama a todas las criaturas. Amar a los enemigos implica así la búsqueda de un nuevo tipo de relación donde no haya más dominantes y dominados, y donde el dominio de Dios sea una bendición para todos y todas.     

 



1 Robert Funk, Honest to Jesus: Jesus for a New Millenium (San Francisco: HarperSanFrancisco, 1996), pp. 154s.