< March 31, 2013 >

Comentario del San Juan 20:1-18

 
Este día se rebautizó posteriormente como el Día del Señor (Ap 1:10) o en latín dominus de donde vienen nuestras palabras domingo, doña y don.

(v. 1) El primer día de la semana

Las y los primeros cristianos celebraban la Pascua de Resurrección cada semana; posteriormente se relegó a una vez al año. Si la muerte es la vuelta al polvo, la Resurrección es el regreso del polvo o la redención de la materia. Por ello la Pascua de Resurrección coincide con el inicio de la primavera. Asimismo muchas de las primeras pilas bautismales eran octagonales para recordar los siete días de la Creación y el octavo día de la re-creación.

(v. 2) La piedra del sepulcro

La roca (v. 2) es símbolo de la pesantez cósmica, de la permanencia de la materia. Parte de la afrenta social consistía en dejar insepultos los restos de los crucificados. En este caso las fieras y aves de rapiña eran las primeras en acceder al cadáver (v. 3), o la carne dada a los gusanos (caro data vermis).1 Normalmente arrojaban los sobrantes del cuerpo humano a una fosa común del Gólgota, huelga decir, considerada impura. En contadísimas ocasiones un crucificado iba a parar a una tumba. Este es el caso de Jesús; pero aún así, según Mateo 28:2 hubo un terremoto y de acuerdo con 1 Pedro 3:18-22, el Crucificado bajó a los infiernos. Esto quiere decir que el entierro de Jesús termina con la segregación de los cementerios. Él personalmente echa su suerte con esos seres vilipendiados de ayer y con los inmigrantes de hoy que en lugar del sueño americano terminan en fosas comunes.

(v. 5) “¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?

El resurrecto es un insurrecto acusado de pervertir a la nación (Lc 23:2,5). Sufrió la muerte más cruenta ordenada por el imperio, pero Dios lo reivindica: “Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra” (Mt 28:18). El reino de Dios prevaleció ante Babilonia, Asiria, Persia (Dn 2:44) y ahora frente a Roma.

La pax romana se escudó en una campaña publicitaria omnipresente mostrando su lado benevolente, a través de imágenes, monedas, monumentos, literatura, inscripciones, fiestas… Pero el Nazareno no le siguió el juego. Cuando unos mensajeros le advirtieron que Pilato mezcló sangre galilea con víctimas ofrecidas (Lc 13:1), Jesús no se amilanó. En lugar de ello practicó la desobediencia civil. De ahí que sus seguidores optaban por arreglar sus querellas entre sí y no ante la corte (1 Co 6:1-6); no se sometían a Roma (Ro 12); sabían que bajo el reinado de Nerón era mejor no picarle al avispero (Ro 13); debían ponerse “serpientes” (Mt 10:16); confesaban que Roma no era absoluta aunque tuviera poder sobre los cuerpos (Lc 12:4).

La comunidad latina pondera su dignidad precisamente en un contexto deshumanizante. Resiste, lucha, empuja el reino de Dios y su justicia. Celebra al Jesús redivivo pues, de otra manera, lo volvería a crucificar (Heb 6:6).

(v. 7) es necesario…que sea crucificado

Una lectura que no toma en cuenta el contexto histórico-político desemboca en la doctrina de la expiación: la muerte del Hijo de Dios era lo único que podía satisfacer la justicia divina por el pecado humano. Aunque dicho dogma alcanzó su máximo esplendor en el siglo XI con Anselmo de Canterbury, ya hay resabios del mismo empezando con Pablo: “Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras” (1 Co 15:3). Mateo (26:28) asimismo regresa al sistema de pureza del templo, al hablar de la sangre de Cristo derramada en la cruz como pago de los pecados de los escogidos, y todo ello con un lenguaje centrado en el sacrificio. Torciendo también el sentido original de la crucifixión del Galileo, Caifás se la lleva a su parcela del oportunismo político: “nos conviene que un hombre muera por el pueblo” (Jn 11:49-50; 18:12).  

No nos llamemos a engaño. Jesús muere en manos del tirano Pilato y de su cómplice Caifás. La cruz no representa al dios sádico ávido de sangre inocente, sino la entrega total de Jesús por los pobres. Sin proponérselo la misma la resurrección trasladó el énfasis de la predicación del Reino de Dios hacia la persona de Jesús: “el proclamador resultó proclamado,” “el iconoclasta se convirtió en ícono”. Hubo que esperar hasta que Marcos 4 resucitara a Jesús como el sembrador del Reino de Dios.2

Cargarle la tinta al Mensajero divino también dispersó nuestra atención respecto a la mitad del cielo, es decir, las mujeres.

Palabra de mujer

(vv. 9, 10, 11) “dieron nuevas de todas estas cosas…María Magdalena, Juana y María, madre de Jacobo y las demás….No las creyeron”

No era privativo de Jesús el tener discípulas; también las incluyeron los epicúreos, estoicos, cínicos, pitagóricos, terapeutas, esenios, Juan el Bautista, celotes… Sin embargo hay una diferencia sustancial: Jesús las incorpora como co-iguales. Dígalo si no el hecho de honrarlas como las primeras proclamadoras de las buenas noticias de su resurrección y del Reino de Dios. Dígalo si no el papel protagónico de mujeres como María Magdalena (v. 10), la “Apóstola de los apóstoles”, la primera cristiana, quien primero presenció y predicó la Resurrección, la primera profesora de los apóstoles, una de las primeras discípulas. En resumidas cuentas: la discípula amada.

Tengamos presente que la predicación femenina corrió el riesgo de tergiversarse. Con una mano en la cintura pudieron aplicarles el decreto imperial del siglo primero que declaraba la pena capital a las amistades del difunto cuyo cuerpo fuera robado.

Desde la boca del sepulcro hasta la boca de la comunidad de los discípulos, las mujeres predican a voz en cuello que Roma, el legalismo, el ritualismo y la hostilidad del templo-Estado no tienen la última palabra. Lo que se impone es la hospitalidad y compasión del Reino de Dios. Como seguidores de Jesús tenemos que aprender a no descalificar a las mujeres; a no considerar el episodio de la tumba vacía como una invención o cuestión de mujeres; a sacudirnos de las estructuras jerárquicas de los reinos de este mundo.



1Rubén Dri, El movimiento antiimperial de Jesús; Jesús en los conflictos de su tiempo, Buenos Aires: Biblos, 2005, 244.

2Robert T. Fortna, “The Gospel of John and the Historical Jesus” en Roy W. Hoover (ed) Profiles of Jesus, Santa Rosa, CA: Polebridge Press, 2002, 225.