< June 17, 2012 >

Comentario del San Marcos 4:26-34

 

La lectura nos presenta dos parábolas construidas en torno a imágenes de la naturaleza: la semilla que crece por sí sola y el grano de mostaza.

Ambas aparecen en la sección del evangelio dedicada al ministerio de Jesús en Galilea, haciéndose eco de un contexto agrario. Aunque sus temáticas sean un tanto diferentes, tienen en común la referencia al Reino como algo pequeño, escondido, a veces insignificante, pero que crece por el misterioso poder de un Dios cuyo dominio se manifiesta trastocando el tejido ordinario de la vida. El Reino no se construye ni madura por las acciones humanas, sino que es la obra incondicional de Dios que hace brotar algo nuevo desde lo aparentemente banal.

La primera parábola sobre la semilla es exclusiva del evangelio de Marcos. Es narrada siguiendo cuatro pasos: la acción del sembrador, la semilla que germina y crece, la tierra que da fruto por sí misma, y finalmente la re-aparición del sembrador para la siega. Si bien la parábola describe una multiplicidad de acciones--sembrador que siembra, grano que crece, tierra que hace brotar, cosecha--la estructura en sí misma indica que el Reino no depende de la acción de nadie ni nada en particular, sino que en su conjunto es la obra misteriosa y sorprendente de Dios. La acción (humana) de sembrar y segar es solo posible merced al misterio de la vida, que hace lo suyo sin el entendimiento o la intervención directa humana. Cabe preguntarse si el tema central de la parábola no se pierde en la actualidad, considerando que no somos campesinos galileos del primer siglo. Nuestra cultura científica ha desentrañado lo que antes era misterioso: los secretos de cómo una semilla puede germinar, crecer y dar abundante fruto se pueden explicar sin apelar al manto del misterio. Pero aun con nuestros conocimientos actuales sobre biología, genética, agronomía y ciclos meteorológicos--lo que lleva a un control mayor de los ciclos de crecimiento de plantas y granos--nuestra actividad humana depende de un misterio mayor que nos sobrepasa, pues de él somos partícipes: la gratuidad de la vida. En todo caso, frente a la parábola, es necesario una cierta "ingenuidad," pues ella habla en la medida en que nos dejamos cautivar por el proceso que relata: al igual que una semilla que crece en la tierra, dando espigas con muchos granos, de la misma manera el Reino de Dios da sus frutos sin que podamos controlar directamente su dinámica.

La segunda parábola sobre el grano de mostaza aparece también en los evangelios de Mateo y Lucas, lo que indica la popularidad de la misma en la iglesia primitiva. La parábola presenta un tono irónico, pues obviamente se contrapone a otras metáforas bíblicas que empleaban el símbolo del árbol majestuoso como sinónimo de poder y grandeza (cfr. la imagen de la majestuosidad del cedro del Líbano, símbolo imperial en Ez 17:23, o del árbol escatológico en Dn 4:12).1 El pequeño grano de mostaza, sumado a la imagen de un ordinario arbusto, representa una parodia que invierte un símbolo de poder y grandeza (cedros, árboles gigantes, etc.), desatando la risa en los oyentes. La hilaridad se produce al contrastar dos imágenes (uno supuesto, el otro enunciado), donde la misma figura (una especie vegetal) cumple con una cierta expectativa escatológica (árbol que da cobijo) al mismo tiempo que la socava (un arbusto ordinario, invasivo). De esta forma un arbusto común, una planta de jardín, da una nueva configuración a las expectativas sobre el Reino: sus humildes comienzos (grano de mostaza) y su despatarrado crecimiento socavan expectativas muy humanas y mundanas de grandeza y relevancia. Más aún, el arbusto parece invadir al resto de las hortalizas del jardín, alterando un "orden" establecido (la de las plantas y sus frutos en un cuidado jardín) con un nuevo orden (dar cobijo a multiplicidad de aves, tiernos pajarillos y obtusos pajarracos, donde algunos anidarán mientras que otros seguirán su vuelo). A pesar de sus humildes inicios y de su para nada espectacular desarrollo, el arbusto representa un nuevo orden, el dominio de Dios. 

Sugerencias para la predicación
Sabemos que una buena parábola se mide por su capacidad de crear un cierto efecto en los oyentes: atención, sorpresa, risas, reflexión. Una buena parábola no se mide por la enseñanza de una teoría, o la ilustración de una doctrina. Más bien busca simbolizar cómo una realidad misteriosa, transcendente e inalcanzable se manifiesta de una manera sorprendente en medio de las más ordinarias de las situaciones. Después de escuchar una buena parábola, nuestra vida adquiere un nuevo cariz. Ya no podemos mirar lo ordinario con los mismos ojos; lo ordinario puede ser el cobijo de lo más extraordinario. En suma, una buena parábola no es tirar del hilo de un barrilete en el intento de arrimar algo lejano; tampoco es un puente que nos permite cruzar hacia otra orilla. Una buena parábola revela lo impensable haciendo uso de lo pensable.

Ahora bien, las parábolas de Jesús se refieren al aspecto central de su proclamación: el Reino de Dios. En efecto, nuestras parábolas nos indican que el Reino escapa de ser un objeto que pueda ser analizado y comprendido, como si fuera una cosa a nuestra disposición. Las parábolas de Jesús nos indican que el Reino es un evento del cual se nos invita a participar en forma plena y sin miramientos. Al decir que es evento nos referimos a que el Reino es algo que nos sucede; Dios hilvana su dominio dando vuelta nuestro orden simbólico. No hay Reino sin Dios, sin gracia, pero tampoco hay Reino sin nuestra participación, sin nuestra sorpresa y respuesta. Participar de este tipo de Reino desafía las construcciones que por defecto hacemos de la realidad.

Mas el Reino se manifiesta de una manera especial. En primer lugar, sus comienzos podrán ser humildes, casi imperceptibles, pero no obstante crece y se manifiesta como un dominio donde en principio se acoge a todos y a todas, gratuitamente. El Reino es generoso. En segundo lugar, el Reino podrá aparecer muchas veces como algo "ordinario," o incluso "invasivo." Pero lo que es despreciable para los ojos del mundo es el germen de lo extraordinario para Dios. En tercer lugar el Reino aparece en forma oculta, escondida. Al igual que Dios, el Reino se oculta en el sentido de que adquiere un "ropaje" con el cual podemos vestirnos. El Reino siempre nos sorprende, nos descentra y nos vuelve a centrar. Por último, el Reino viene a nosotros no para juzgar o condenar, sino para dar vida y gozo. Nuestra respuesta gozosa es un aspecto integral del Reino de Dios.

Al predicar sobre las parábolas es conveniente no reducirlas a un tono didáctico o doctrinal, menos aún a una regla moral. Más bien se trata de aprender a traducir y aplicar el modelo de la parábola, refiriéndonos a hechos o eventos que tienen lugar en la congregación, la comunidad o el país. Las parábolas ofrecen una suerte de paradigma, a fin de que podamos "parabolizar" nuestra realidad, es decir, leer bajo la clave de la gratuidad de Dios eventos que trastocan nuestro orden simbólico, ocultos bajo el manto de nuestra cotidianeidad. Ellos traslucen las huellas y rastros del caminar salvífico de Dios entre nosotros y nosotras.
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1Ver Funk, Robert y Roy Hoover, eds., The Five Gospels: What Did Jesus Really Say? (San Francisco: HarperCollins Publishers, 1997), p. 59.