< October 30, 2011 >

Comentario del San Juan 8:31-36

 

Hay por lo menos dos clases de libertad.

La primera clase es la libertad de no estar atado a nada ni a nadie, la de no permitir que nada te estorbe en lo que quieres hacer. Es la libertad que reclaman los chicos no bien llegan a la edad en que creen que pueden hacer todo solos. Había una vez un niño que se despertó llorando de un sueño en el que vio que estaba solo en el mundo y que podía hacer lo que quisiera. Experimentó en el sueño el estadio más cercano a la libertad absoluta que pueda ser alcanzado, pero dejó de resultarle divertido cuando se dio cuenta que la libertad absoluta también era la soledad absoluta.

Esta libertad sólo puede existir en la imaginación. Incluso si creemos que no estamos atados a ninguna otra persona y que podemos hacer lo que nos de la gana, no obstante estaremos atados a nuestra gana, deseo y gusto. Martín Lutero es contundente en La voluntad determinada (Tomo IV de las Obras de Martín Lutero de Publicaciones El Escudo, Buenos Aires, 1976), cuando dice que la voluntad humana puede compararse con una bestia de carga: "si se sienta encima Dios, quiere lo que Dios quiere y va en la dirección que Dios le indica"; en cambio "si se sienta encima Satanás, quiere lo que Satanás quiere y va en la dirección que Satanás le indica" (página 87). Ni  Dios ni Satanás permiten que haya en nosotros un mero y puro querer.

La otra libertad es la que nace del amor. De la atadura a otra persona por amor. Junto a la persona amada tenemos un ámbito en el que podemos sentirnos seguros, en el que podemos estar junto a otra persona sin fingir lo que no somos, donde podemos atrevernos a ser el débil sin tener que defendernos, donde tenemos un interlocutor leal y un confidente con quien podemos probarnos a nosotros mismos y examinar nuestros puntos de vista sin temor a que el otro se burle o te ataque por la espalda o se aproveche de tu vulnerabilidad. Esta libertad no nos permite hacer lo que se nos plazca, sino que nos hace ser lo que estamos llamados a ser: aquello en lo que puede convertirnos la persona amada con su amor. Por lo tanto, cuanto más atados estemos a otra persona por amor, tanto más libres seremos.

La libertad cristiana
Jesús nos habla hoy de la libertad que nace del amor de Dios. De la libertad que no podemos concedernos a nosotros mismos. De la libertad a la que no tenemos derecho pero que Dios nos regala por amor.

Cuando Jesús dice: "si ustedes se mantienen fieles a mi palabra, serán de veras mis discípulos; conocerán la verdad y la verdad los hará libres", la verdad a la que se refiere es el amor de Dios que él mismo encarnó. "Yo soy la verdad" (Juan 14:6), dijo Jesús. Jesús encarna el amor que lo sufre todo, lo cree todo, lo espera todo y lo soporta todo (1 Corintios 13:7), y no cesa de galantearnos y de esforzarse en captar nuestro amor. 

El amor de Jesús nos ata y al mismo tiempo nos hace libres. Son paradójicas pero ciertas las dos frases con que Martín Lutero trata de explicar en qué consiste la libertad que Cristo adquirió para los cristianos y de la cual nos ha hecho donación (en el ensayo "La Libertad Cristiana" incluido en  el Tomo I de las Obras de Martín Lutero de Publicaciones El Escudo, Buenos Aires, 1967): "El cristiano es libre señor de todas las cosas y no está sujeto a nadie. El cristiano es servidor de todas las cosas y está supeditado a todos" (página 150). No se las puede considerar por separado sin traicionar el sentido de la libertad cristiana. Algunos afirman que el cristiano efectivamente es el señor libre de todo, pero se olvidan de que a la vez es el servidor de todos; otros afirman que el cristiano debe ser servidor de todos, pero se olvidan de que este servicio es libre. El resultado en dos casos es el mismo: la esclavitud, los primeros a sus propios impulsos y los segundos a una nueva ley.

En el mundo occidental predomina la idea de que la libertad consiste en que cada uno tiene derecho de hacer lo que se le plazca dentro de los límites de la ley, y por eso la libertad cae en descrédito entre quienes critican que se utilice la libertad para entregarse a la droga, el ensordecimiento rockero, la banalización sexual. Una cosa es el permiso, la licencia irrefrenada, para hacer lo que queramos dentro de la ley, y otra cosa es la libertad que nos da el evangelio, que está acompañada por un llamado a servir a los demás. La libertad de quien no piensa que cualquier cosa da lo mismo y quiere hacer uso de su ámbito de autonomía y de decisión propia para obtener el pleno desarrollo de sus dones y para elegir y seguir el camino del bien, necesita del acicate y el incentivo que solamente puede proveer el amor de Jesús.

Propuesta para el sermón
Yo desarrollaría la idea de que si ya tenemos el amor de otra persona, necesitamos también la libertad que da el amor paciente de Dios para hacer todo lo necesario para cuidar y fortalecer esa relación. Y si no tenemos la libertad que da el amor de otra persona porque no llegó aún a nuestras vidas o porque la muerte nos separó de la persona amada o por cualquier otra razón, entonces necesitamos la libertad que da el amor paciente de Dios para no resignarnos a la soledad y para atrevernos a atarnos y comprometernos en una estrecha relación con otras personas que nos están esperando para hacernos brillar y vivir y para que las hagamos brillar y vivir.