< August 09, 2020 >

Comentario del San Mateo 14:22-33

 

La porción anterior a la que nos corresponde muestra que Jesús, al enterarse de la muerte de Juan el Bautista, tiene la necesidad de estar a solas (vv. 12-13).

Existe el riesgo de predicar un concepto docetista o monofisista de Jesús, anulando la auténtica realidad de su humanidad. El texto muestra que Jesús también tiene la necesidad humana de dolerse, de guardar un duelo y de apartarse para reflexionar a solas con Dios. A Jesús le afecta la muerte de Juan el Bautista.

Sin embargo, su búsqueda de soledad en un lugar desierto se ve alterada cuando una muchedumbre le sigue demandando su atención. Necesitaba para sí mismo un tiempo que irremediablemente dona a los demás.

A solas con Dios

Siguiendo el relato, el texto que nos corresponde hoy inicia con Jesús despidiendo primero a sus discípulos, que se marchan en la barca al otro lado del Mar de Galilea, y, en segundo lugar, a las multitudes que ya fueron atendidas (vv. 22-23). ¡Por fin dice el texto que Jesús se queda solo en el monte para orar! Así hará hasta estar muy avanzada la noche (puede consultarse cualquier diccionario bíblico para tomar datos de cómo las montañas o montes son espacios de encuentro con Dios en la narrativa bíblica).

Oscuridad y caos

En el v. 24 encontramos que la barca de los discípulos ya está en la mitad del lago, lejos de tierra, y allí sufre un violento oleaje. En el pensamiento hebreo, las aguas profundas, el mar (aunque en este caso es un lago), suele representar el caos. Por ejemplo, Apocalipsis 21:1 nos presenta la esperanza de un cielo nuevo y una tierra nueva sin “mar” (en orden, sin caos). El primer relato de la creación en Génesis que declara que la tierra estaba “desordenada,” nos dice que las tinieblas estaban sobre la faz del abismo (en hebreo theom, que es una variación de Tiamat, concepto asociado a la diosa del mar ¡y del caos! en Enûma Elish, poema mesopotámico de la Creación; cf. Gn 1:2).1 Con esto en mente, podemos ver mejor lo que sucede a continuación:

Cerca del amanecer, en las últimas horas de la noche (lo que corresponde a la cuarta vigilia que va desde las tres de la madrugada hasta las seis) Jesús fue a ellos andando sobre las aguas. Tanto en este momento como durante la multiplicación de los panes y los peces del texto anterior (vv. 15-21), Jesús no se ve tan humanamente vulnerable (como cuando necesita asimilar y encajar el duelo por Juan el Bautista). Lo que ahora encontramos es a Jesús más repuesto y lleno de autoridad, evocando al episodio de Mt 8:23-27 donde muestra su dominio sobre las fuerzas del caos (un mar agitado).

El texto bíblico no esconde la humanidad de Jesús, su fragilidad semejante a la de cualquiera de nosotros/as, pero igualmente hace ver que también es Emanuel, Dios con nosotros/as (Mt 1:23). Primero refleja su humanidad dolida; después su divinidad, caminando por las aguas, sometiendo al caos.

Esta escena irrumpe con cierta dosis de humor (especialmente si tenemos en cuenta que en la antigüedad los textos se redactaban para ser leídos en voz alta y no mentalmente o de forma individual como hacemos hoy en día). La sorpresa de ver a Jesús caminando sobre el agua despierta en los discípulos una sensación de miedo y lo confunden con un fantasma. En el paralelo de Mc 6:48 es aún más divertido, porque Jesús “quería adelantárseles,” como si bromease para darles un susto. Acto seguido Jesús responde con uno de sus famosos “no temáis.” En las Escrituras, son muchas las experiencias de teofanías o apariciones angelicales que pretenden desvanecer nuestro temor. 

En este caso Jesús les dice: “¡Tened ánimo! Soy yo, no temáis” (esa declaración podría emplearse como título para el sermón, porque su irrupción es para dar fuerza y seguridad). Aislados en mitad del lago, en la etapa más oscura de la noche y con la amenaza de un oleaje perturbador, Jesús se presenta para dar ánimo y, ante el temor, él se les hace reconocible. ¿Podemos reconocer la presencia de Dios en medio de nuestras amenazas, temores y oscuridades?

El impulsivo Pedro pide a Jesús poder hacer lo mismo, caminar sobre las aguas tempestuosas. ¿Quién no querría caminar holgadamente por encima de las amenazas, los problemas, los desórdenes y los temores? Y Jesús le invita con un “ven” (v. 29). No le dice que lo haga de manera independiente, sino que vaya a él. Es en Jesús en quien hacemos “camino” (Jn 14:6).

Pedro escenifica la actitud que muchas veces tenemos en nuestro caminar de discipulado. Impulsivamente quiere andar sobre las aguas para ir a Jesús, pero la fortaleza del viento le devuelve el temor. El temor nos nubla y nos hace hundirnos como Pedro. ¡No temáis!

Jesús responde a los gritos de Pedro, estirando su brazo y tirando de su amigo que decía: “¡Señor, Sálvame!” (v. 30), mientras estaba siendo tragado por las oscuras aguas tempestuosas.

Mientras lo saca, Jesús plantea una pregunta que también está hecha para todos/as nosotros/as: “¿Por qué dudaste?”.

Afortunadamente, Jesús será siempre la respuesta a nuestras dudas, a nuestro miedo, a nuestro caos. Pues una vez de vuelta en la barca, el mar se calmó (v. 32) y todos ellos reconocieron y adoraron a Jesús como Hijo de Dios (v. 33). Necesitamos a Jesús en nuestra barca.

Orientaciones

Jesús tiene autoridad sobre nuestro “caos” y puede ordenar nuestra vida.

Jesús aparece en los oleajes de nuestra vida, en la oscuridad más profunda, en nuestras dudas, y cuando nos vemos aislados y desprotegidos. Los afronta con nosotros/as. ¿Podemos reconocerle en tales circunstancias o la situación nos hace verle como un fantasma ajeno a nosotros/as?

Nuestros miedos son el mayor obstáculo para reconocer, amar y seguir a Jesús.2

Jesús es respuesta a nuestro temor, a nuestro navegar a tientas, y también a nuestra duda.

Jesús (verdadero hombre) conoce nuestras oscuridades internas (cf. el luto). Por ello, cuando luego actúa en las nuestras, lo hace con legitimidad (no como alguien ajeno e impasible).


Notas:

1. Del mismo modo la figura de Leviatán suele aparecer en muchos textos como un signo monstruoso del caos y del peligro que nos aguardan en las aguas profundas.

2. J. A. Pagola, El Camino abierto por Jesús 1. Mateo (Madrid: PPC, 2011), 162.