< June 21, 2020 >

Comentario del San Mateo 10:24-39

 

En San Mateo Jesús se presenta como un “Moisés nuevo” y, por lo tanto, su evangelio cuenta con cinco discursos grandes en que Jesús instruye a los discípulos y los demás.

Son el “Sermón del monte” (5:1-7:29); el “Discurso misionero” (10:1-42); “Las parábolas del reino” (13:1-52); el “Discurso sobre la iglesia” (18:1-35) y el “Discurso escatológico” (23:1--25:46). Nuestra perícopa ocurre en medio del segundo, en que Jesús llama, envía e instruye a sus discípulos.

Después de una introducción narrativa (10:1-5a) en que San Mateo nos provee una lista de los doce por primera vez, Jesús se refiere a los detalles de la misión a la que él los envía. Quiere que entiendan bien todos los aspectos vinculados con la responsabilidad de ser discípulos y apóstoles de Cristo. Ellos actuarían con la autoridad de Jesús (10:5b-15); serían perseguidos como él (10:16-23); participarían del conflicto que acompaña a su ministerio (10:24-39) y harían visible su presencia (10:40-42).

Nuestro pasaje corresponde al conflicto que surge por causa del ministerio de Jesús y se divide en tres partes en que distinguiremos distintos temas.

“El discípulo no es más que su maestro…” (vv. 24-25)

Hay aquí una advertencia y una promesa. Por un lado, estos versículos resumen las descripciones de persecución de la parte anterior (10:16-23). San Mateo y su comunidad narran la vida de Jesús después de la Pascua y la resurrección. Saben lo que le ocurrió a Jesús y aquí Jesús advierte que a ellos les puede pasar lo mismo. Tienen el poder de “ser como su maestro,” y como él aguantó, ellos también pueden aguantar.

“Así que, no los temáis…” (vv. 26-33)

En estos ocho versículos, tres veces Jesús les dice a sus discípulos: “no temáis” (vv. 26, 28, 31). En el primer caso, se refiere a las situaciones de persecución ya mencionadas. No deben tener miedo porque en medio de persecución la verdad se revela. Debe ser una ocasión de coraje y audacia en su testimonio de Cristo. El segundo caso se refiere al riesgo de abuso físico y la posibilidad del martirio. El tercer caso ofrece la promesa de que la ternura y el cuidado de Dios permanecen en cualquier situación.

Es interesante que después del segundo mandamiento prohibitivo hay otro positivo: “temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno” (v. 28b). ¿Quién es capaz de “destruir… en el infierno”? En el texto original griego, no hay una palabra que corresponda al “aquel” o “uno,” aunque unos traductores usan una letra mayúscula y sugieren que se refiere a Dios (esto es más común en versiones en inglés). De hecho, solo hay un participio; el mismo que ocurre en la primera parte del versículo (“los que matan al cuerpo”). Los y las intérpretes que van a proclamar esta Palabra tienen que decidir el sujeto del participio. ¿El Dios de la Biblia y el Dios de Jesucristo destruye cuerpos y almas “en el infierno”? Es más probable que Jesús hable de Satanás, o sea, de los sistemas satánicos del mundo que deshumanizan, destruyen vidas y seducen las almas del pueblo de Dios. La persecución y los retos del mundo producen “momentos de verdad” en la vida de los discípulos. Así que Dios es fiel en cada circunstancia, pues Jesús exige fidelidad de parte de quienes son llamados y enviados por él. “A cualquiera, pues, que me confiese… a cualquiera que me niegue…” (vv. 32-33). El discipulado es costoso.

“No he venido a traer paz, sino espada” (vv. 34-39)

La idea de que Jesús no trae paz sino disensión es un poco inquietante. Es probable que esta enseñanza refleje la situación de la comunidad de San Mateo en el momento de ser escrito el evangelio. Los nuevos creyentes a veces tenían que escoger entre sus familias naturales y su fe. No hay aquí una glorificación del conflicto y la división, sino una admisión seria de una realidad cada vez más común. No obstante, hay una promesa maravillosa en estos versículos. En medio del conflicto, Jesús se hace presente y confiere la vida, aunque se la pierda (v. 39; véase también 18:20 sobre su presencia en el conflicto).

Sugerencias homiléticas 

No es difícil conectar los temas de este texto a la realidad actual de los fieles en los Estados Unidos. Por varias semanas, la pandemia ha probado nuestra fe. No se ve claramente el fin de la situación y, por eso, la comunidad cristiana sigue necesitando una palabra de esperanza y perseverancia. Esta lectura nos recuerda que “bástale al discípulo ser como su maestro” (v. 25).

Asimismo, no debemos temer porque “nada hay encubierto, que no haya de ser manifestado; ni oculto, que no haya de saberse” (v. 26). Es decir, las circunstancias de persecución, como las dificultades presentes, pueden ser “apocalípticas,” o sea, reveladoras. La pandemia ha puesto en evidencia desigualdades profundas en los ámbitos económico, político, educativo y de salud pública. Y estas revelaciones exigen una respuesta por parte de la gente de fe.

Como si COVID-19 no trajera suficiente sufrimiento y privación, ahora en los Estados Unidos enfrentamos otro mal. Incapaces de soportar los horrores del racismo por más tiempo, muchas personas han tomado las calles y exigen un cambio que es muy necesario y nada menos que revolucionario. Nuestro país fue fundado sobre los males deshumanizadores del racismo y el genocidio. Jesús dice: “temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo” (v. 28). La violencia destruye cuerpos y también tiene el poder satánico de destruir almas a través de un proceso de deshumanización. Pienso en los “cristianos” estadounidenses que tuvieron esclavos en los siglos XVIII y XIX. Pienso en los alemanes que siguieron a Hitler en las décadas de 1930 y 1940. Pienso en el oficial de policía que mantuvo su rodilla sobre el cuello de George Floyd hasta que murió. Pienso en los otros policías que permanecieron en silencio y no hicieron nada. También pienso en nosotros/as que podemos caer en la misma tentación y permitir fácilmente que el odio destruya nuestras almas. Permanecer en silencio es lo peor que podemos hacer. Jesús nos dice: “lo que oís al oído, proclamadlo desde las azoteas” (v. 27). Proclamar el evangelio en este momento histórico es promover la vida. Claro, habrá conflicto para quienes confían en Cristo y actúan con la audacia que él exige. Puede ser que perdamos amigos o nos aislemos de familiares por testificar el amor liberador y humanizador de Jesucristo. Pero así hallaremos la vida, la vida verdadera en Cristo (v. 39).

Conscientes de que muchos/as enfrentan estos riesgos, nuestras iglesias deben ser comunidades de hospitalidad radical, santuarios de atención y faros de la protección que Dios promete y que solo Dios puede proporcionar. “Ni uno de ellos cae a tierra sin el permiso de vuestro Padre” (v. 29).