< July 07, 2019 >

Comentario del San Lucas 10:1-11, 16-20

 

Lucas es el único evangelista que aborda este episodio, el cual se ubica en los últimos meses del ministerio de Jesús.

Jesús sabe que su tiempo de ofrecerse en sacrificio por la humanidad se acerca, así que envía a un nuevo grupo a prepararle el camino. En relación a si fueron setenta o setenta y dos personas las enviadas, debemos tener en cuenta que los judíos tienen la costumbre de redondear algunas cifras. De todas maneras, yo elijo seguir la versión del manuscrito llamado Vaticano, según el cual los enviados fueron setenta. Este manuscrito reviste una gran importancia para la crítica bíblica, especialmente para los estudios del Nuevo Testamento. Siguiendo este manuscrito, pues, se puede afirmar que los enviados de Jesús llegaron a treinta y cinco comunidades.

No debe extrañarnos que fueran enviados de dos en dos, ya que generalmente los heraldos eran enviados en parejas. Los setenta son personas anónimas, ya que no se menciona sus nombres, pero ejercen la función de embajadores, pues preparan el camino para la llegada de su Maestro. Estos embajadores no ofrecieron excusas para cumplir su misión. Salieron y regresaron gozosos.

Como buen líder, Jesús prepara a este nuevo grupo, dándoles algunas pautas para que cumplan su ministerio y puedan retornar felices. Al ser enviados como corderos en medio de lobos a rescatar otros corderos, se les prepara de la siguiente manera:

  1. Tienen que viajar llevando pocas cosas, sin preocuparse por las posesiones terrenales.
  2. No deben distraerse en el camino ni retrasarse a causa de quienes les saludan. Las salutaciones judías eran ceremonias muy largas en donde se invertía demasiado tiempo.
  3. Deben hospedarse en una sola casa y comer lo que les sirvan, es decir, no deben ser exigentes, aunque se resalta que el obrero es digno de su salario. Un antiguo manuscrito llamado “La Didajé” señala que si un profeta se queda más de tres días en una casa sin trabajar es un falso profeta; lo mismo sucede si utiliza su posición para pedir dinero u otros beneficios.
  4. Si no son bien recibidos, deben sacudir el polvo de sus pies, como señal pública de desagrado divino.
  5. Reciben la orden de sanar enfermos, pero también los demonios se les sujetan (v. 17). Hay una tendencia natural y humana a emocionarnos cuando en el nombre de Jesús realizamos sanidades, expulsión de demonios u otro hecho portentoso. Sin embargo, el centro de este gozo debe ser la seguridad de poseer la vida eterna.

La elección de los setenta se hace con un objetivo muy claro: La mies es mucha y hay pocos obreros. Cuando hay mucho trabajo y pocos obreros, los obreros deben redoblar esfuerzos y enfocarse en su tarea. Esta tarea tiene dos probables resultados: (1) serán bien recibidos o (2) su mensaje será rechazado. Así que se les advierte cómo deben reaccionar en cada caso.

Si bien reconocemos la necesidad de obreros, a veces nos escudamos en la frase: “Rogad al Señor de la mies que envíe obreros...” (v. 2). Nos centramos en el acto de la oración sin pasar a la acción. Lo que nos propone Jesús es que nos presentemos nosotros/as mismos/as como los/as obreros/as que se necesitan, ya no para recoger la cosecha, sino para realizar la siembra. Este trabajo de siembra lo conocemos como evangelización.

Cuando evangelizamos, debemos tener en cuenta que estamos realizando un acto liberador, pues rompemos esquemas y estructuras que mantienen prisioneros a los seres humanos. La orden de Jesús a los setenta fue doble: sanen a los enfermos y anuncien la cercanía del Reino de Dios.

Sanen a los enfermos (v. 9)

En la época de Jesús, tener una enfermedad o defecto físico alejaba a una persona de la familia y de la comunidad y le impedía participar de las ceremonias en el templo. Esto se interpretaba implícitamente como que la persona estaba alejada de Dios, es decir, se consideraba que estaba bajo maldición. Por eso encontramos en la Biblia un Jesús que se compadece de las personas enfermas, sanándoles de diferentes dolencias y abriéndoles nuevamente la oportunidad de ser admitidas en la comunidad y el templo.

Aunque la sanidad física es un gran regalo para cualquier persona que ha estado postrada o aislada a causa de una enfermedad, no debemos olvidar que existen otros tipos de enfermedades que también afectan a las personas.

Han pasado más de dos siglos desde este mandato y Jesús nos dice hoy que sanemos a todas las personas enfermas: a los enfermos físicos que son rechazados por la sociedad o aun en la iglesia (VIH/SIDA, tuberculosis, enfermedades de la piel, etc.); a las personas con baja autoestima; a las personas con relaciones dañadas, con raíces de amargura; a las personas que son oprimidas y abusadas, etc

¿Cómo llevarles sanidad?

  1. Presentándoles a un Jesús interesado en rescatar la persona integral (su alma y su cuerpo).
  2. Brindándoles herramientas para que puedan buscar ayuda médica, psicológica, legal, económica, etc.
  3. Acompañándoles en el proceso de restauración.
  4. Insertándoles en labores de la comunidad en donde puedan ayudar a otros.

El Reino de Dios se ha acercado (v. 11)

Hablar de Reino es hablar de autoridad y principios. Jesús hace presente el reino de Dios en la tierra. ¿Cuáles son los principios que rigen el Reino de Dios? En los capítulos 5, 6 y 7 del evangelio según Mateo se nos presentan algunos principios que debemos practicar los habitantes del Reino. Estos principios están relacionados con la paz, justicia, amor, misericordia, empatía, cordialidad, respeto y dignidad, entre otros.

La mejor forma de demostrar nuestra ciudadanía en el Reino es practicando estos y otros valores en cada accionar de nuestra vida. No basta con rechazar los actos de injusticia y orar; debemos buscar mecanismos para que la justicia se instaure en el lugar donde Dios nos ha colocado como siervos/as encargados/as de sembrar la buena semilla.

Evangelizar es más que recitar pasajes bíblicos para lograr que las personas se acerquen a Jesús. Es satisfacer las necesidades de aquellos/as a quienes pretendemos alcanzar. Estas necesidades pueden ser satisfechas a través de una promesa bíblica, una palabra de ánimo, un abrazo, un silencio compartido, una oración liberadora, una ayuda económica, emocional o psicológica y cualquier acto de amor manifiesto hacia nuestro prójimo.