< June 02, 2019 >

Comentario del San Juan 17:20-26

 

Llegando al fin del tiempo de Pascua, el evangelio de hoy nos recuerda la última oración de Jesús según San Juan, justo antes de ofrecerse libremente para sufrir su pasión.

En esta oración, Jesús reza por sus discípulos de entonces y también por todos/as los/as discípulos/as que vendrían después, gracias a su testimonio evangelizador. En otras palabras, Jesús reza por nosotros/as, por las comunidades creyentes, por su iglesia.

Es muy interesante, instructivo y conmovedor leer esta oración de Jesús según San Juan. Pongámonos en su lugar y pensemos… ¿Qué hubiéramos pedido nosotros/as?

Recordemos la oración de Jesús en el jardín de Getsemaní según San Mateo (Mt 26:36-46), San Marcos (Mc 14:32-42) o San Lucas (Lc 22:39-46). La tristeza y la angustia ante lo que había de suceder le invaden. San Lucas nos dice inclusive que el maestro sudaba gotas de sangre que caían hasta la tierra. Se entiende perfectamente el terror ante la tortura y la muerte que habían de venir. Sin embargo, Jesús mantiene la voluntad de Dios por encima de la suya y se encomienda enteramente a su Padre. Jesús se vuelca con integridad humana en su oración, expresando su deseo de que Dios aparte de su camino el sufrimiento, pero también se entrega sin reservas a la voluntad de Dios y saca fuerzas de esa íntima relación, orando para afrontar dignamente lo que llegara a su encuentro. También despierta a sus discípulos y les recomienda velar y orar para fortalecerse y dar cara al mal con entereza.     

No es así en el relato según San Juan, donde no se menciona la oración en el huerto antes de su arresto. El Jesús que nos retrata San Juan vive su pasión con majestuosa serenidad, cual monarca que decide por sí mismo adónde va, orientando los eventos, a pesar de que los demás personajes crean controlar sus propias decisiones. Así pues, en Juan 18:1-14, los soldados romanos y los guardias que vienen a hacerlo prisionero retroceden y caen a tierra; ellos sólo pueden llevárselo después de que Jesús les ordena dejar libres a sus discípulos y se entrega él mismo a ellos. De igual manera, Jesús replica a Pilato, su juez, que no tendría ninguna autoridad sobre él si no se la hubiesen dado de lo alto; es decir, el Jesús de Juan pone al procurador romano en su lugar y mantiene el pleno control de su destino (Juan 19:11).

La oración final de Jesús en el evangelio de hoy es pues como la oración de un príncipe soberano que decide partir de regreso a su reino, confiando sus súbditos a su padre el rey. Está redactada en el registro poético de San Juan y presenta a Jesús como al Hijo que regresa donde su Padre y que ruega no por sí mismo, sino por los suyos.

¿Quiénes son los suyos? Son aquellos/as que el Padre le ha dado (v. 24), a quienes Jesús ha dado a conocer el nombre de Dios (v. 26) y ha hecho ver la gloria que le dio el Padre (v. 22). Ellos/as han creído que Dios envió su Hijo al mundo para salvarlo y han reconocido en Jesús de Nazaret al Hijo de Dios (v. 25). Ellos/as han aceptado transmitir el nombre de Jesús al mundo en su ausencia, de manera que otros/as crean también en Jesús Hijo y crezca así el círculo de discípulos/as de Cristo (17:20). Ellos/as somos pues nosotros/as, su iglesia desperdigada por el mundo.

Jesús reza por nosotros/as, pero ¿qué es lo que pide? ¿Qué es lo que prioriza en sus últimas palabras? ¿Que no caigamos en tentación o no perdamos la salvación que nos ofrece? – No. ¿Que sepamos organizarnos y determinar el funcionamiento de su iglesia según su voluntad? – No. ¿Que distingamos a herejes de fieles y que preservemos la integridad de su doctrina con dogmas, confesiones y ortodoxia teológica? – No. ¿Que no nos equivoquemos y que enseñemos el buen comportamiento con rigor y  disciplina? – No.

En el evangelio de hoy, Jesús ruega por que sepamos en nuestros corazones que Dios nos ha amado a nosotros/as tanto como lo ha amado a él (v. 23). Jesús suplica que el amor con el que su Padre le ha amado se quede con nosotros/as y en nosotros/as (v. 26) y que gracias a ese amor permanezcamos unidos entre nosotros/as, unidos como el Padre y el Hijo lo están y lo estarán por siempre (v. 21). Jesús reza para que entremos en la dinámica relacional del Hijo con el Padre y para que vivamos del amor que se tienen entre ellos. Cuando sus discípulos vivamos de ese amor, permaneceremos unidos, como el Padre y el Hijo están unidos. Y ese amor y esa unidad es la única “perfección” que Jesús desea para nosotros/as (v. 23). Dicha unión servirá de testimonio para que el mundo crea que Jesús es el Hijo de Dios enviado por el Padre para nuestra salvación (v. 21).

Cuando meditamos en esta oración final de Jesús según San Juan, vemos que nos queda aún mucho por vivir y por caminar, como comunidad de testigos del amor de Cristo. ¡Cuántas disputas, cuántos cismas, excomulgaciones y condenas mutuas! ¡Cuántas comunidades cristianas viviendo enajenadas unas de otras! ¡Cuántos prejuicios y cuánto recelo se cultivan aún hoy desde una confesión contra cristianos y cristianas que pertenecen a otra confesión! Que seamos muchas comunidades cristianas con nombres diferentes y tradiciones diferentes, ritos particulares o distintas sensibilidades teológicas, espirituales y pastorales no debería de ser un problema… El Padre y el Hijo son a la vez personas diferentes que permanecen perfectamente unidos en el amor.

Ahora que terminamos de festejar la victoria de Cristo sobre la muerte, unámonos a él en su oración por la iglesia, por su iglesia, a la que pertenecemos todos/as aquellos/as que confesamos que Jesús es el Hijo enviado por el Padre para nuestra salvación. Y dejemos que su amor corra por nuestras venas y entre nosotros/as, para que sanen las heridas pasadas y se apacigüe nuestro temor a las diferencias y particularidades. Así se cumplirá la Escritura según San Juan que dice:

En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor (1 Juan 4:18a).