< December 31, 2017 >

Comentario del San Lucas 2:22-40

 

A la Expectativa de un Nuevo Éxodo

El texto de Lucas tiene como trasfondo un conglomerado de imágenes que resaltan la relación entre Dios y su pueblo Israel, en particular imágenes que asociamos con el Éxodo. En el Antiguo Testamento, Dios renueva su promesa a Abraham y sus descendientes por medio de la señal de la circuncisión, de tal forma que todo varón tenía que ser circuncidado ocho días después de haber nacido (Gn 17:1-14). Dios elige por pura gracia al pueblo de Israel—descendientes de Abraham, Isaac y Jacob—como su hijo primogénito (Dt 1:30-31; Ex 4:22-23a), y por medio de su siervo Moisés le revela su salvación en el gran Éxodo del yugo de Egipto (Dt 7:6-9; Ex 3:6-10). Como antesala al Éxodo, Dios consagra a todos los primogénitos de Israel, preservándolos de la muerte por medio de la sangre del cordero pascual (Ex 12:1-28; 13:2, 12), y este evento de la Pascua del Señor se conmemoraba en parte consagrando a todo primogénito de Israel (Nm 3:13; 8:17). El profeta Isaías proclama que al fin de los tiempos el único Dios que libró a Israel en el Éxodo revelará su salvación no sólo a Israel sino a todas las naciones en un nuevo éxodo escatológico y universal (Is 40–55; p. ej. Is 45:21-23; 49:6; 52:4-7, 10). Se trata de un éxodo del poder del pecado y la muerte. Dios revelará su luz salvadora a todos los pueblos por medio de su Siervo, figura que se refiere al pueblo de Israel pero finalmente a Jesucristo (Is 42:1-9; 52:13–53:12; 61:1-4). Se nos pone a la expectativa de un nuevo éxodo.

Con Jesús Llegó el Nuevo Éxodo

Las expectativas de las promesas de Dios a su pueblo se cumplen con la llegada de Jesús, quien en su propia persona pasa a representar a Israel. Jesús de hecho toma el lugar de Israel y lleva a su fin el plan de Dios para su pueblo. En primer lugar, al igual que todo varón de Israel, cumplidos los ocho días de su nacimiento, sus padres llevan al niño a ser circuncidado (Lc 2:21). En segundo lugar, como en el caso de todo primogénito de Israel, sus padres lo presentan al Señor en el templo para ser consagrado (vv. 22-24, 27). Al referirse a la circuncisión y consagración del niño, Lucas nos va señalando el rol salvífico de Jesús en la renovación del pacto de Dios con su pueblo. Así pues, con el bebé Jesús en sus brazos, Simeón proclama al Señor: “han visto mis ojos tu salvación” (v. 30). De manera similar, Ana proclama que la “redención” ha llegado a Jerusalén por medio del “niño” (v. 38). El instrumento del Señor para “la consolación de Israel” o “la redención en Jerusalén” ha llegado (vv. 25, 38). En tercer y último lugar, como lo había anunciado el profeta Isaías, la salvación y redención del Señor que libró a su pueblo en el Éxodo habría de extenderse a todas las naciones en un nuevo éxodo. Simeón proclama, con la voz de Isaías como trasfondo, que con la salvación de Jesús el nuevo éxodo definitivamente ha llegado a todos los pueblos: “Porque han visto mis ojos tu salvación, la cual has preparado en presencia de todos los pueblos; luz para revelación a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel” (vv. 30-32).

No Hay Nuevo Éxodo sin Sacrificio

Jesús es el Siervo por medio del cual el Señor revela su salvación del poder del pecado y la muerte a Israel y a todos los gentiles. Más adelante en su evangelio, Lucas introduce la identidad de Jesús como el Siervo del Señor de forma más explícita (p. ej. Lc 3:22; 4:18-19). Sin embargo, el texto del día ya nos anticipa la misión y el sacrificio pascual de Jesús. El derramamiento de sangre en su circuncisión y la santidad a la que apunta su consagración ante la presencia de Dios nos dan señales indirectas del propósito de su unción con el Espíritu Santo en el bautismo para una misión que lo llevará a dar su vida al Padre por nosotros y nosotras en la cruz. Pero más certera y directa es la palabra del Espíritu Santo por boca de Simeón, quien le dice a María, la madre del niño: “Este está puesto para caída y para levantamiento de muchos en Israel, y para señal que será contradicha (y una espada traspasará tu misma alma), para que sean revelados los pensamientos de muchos corazones” (vv. 34-35). Con estas palabras, Simeón prepara a María para lo que vendrá: la oposición a la misión de su hijo Jesús, el rechazo del Siervo del Señor que lo llevará a Jerusalén y finalmente su muerte en la cruz. Más adelante, al celebrar su última cena de la Pascua con sus discípulos, Lucas nos presenta al Siervo Jesús como el cordero pascual por cuya sangre Dios renueva su pacto con Israel (Lc 22:20; cf. Ex 24:8; Is 53:7). No hay nuevo éxodo sin sacrificio y cruz. Es por el sacrificio de su Siervo que Dios nos libera del yugo del pecado y la muerte.

El Pueblo de Dios Proclama su Salvación por el Espíritu

Dada la salvación o nuevo éxodo de Dios por medio de Jesús, es propicio proclamar sus obras como lo hizo Simeón. En alguno cultos cristianos se usa el cántico Nunc Dimittis, expresión en latín que significa “Ahora Despides,” y que se inspira en las palabras de Simeón: “Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz, conforme a tu palabra, porque han visto mis ojos tu salvación” (vv. 29-30). Sin embargo, cantar tal proclamación es imposible sin la acción del Espíritu en la vida de Simeón. Indiscutiblemente, el Espíritu Santo ocupa un lugar prominente en el recuento de los sucesos de la infancia de Jesús. En el caso de Simeón, quien por la fe “esperaba la consolación de Israel,” se nos dice que “el Espíritu Santo estaba sobre él” (v. 25). No solamente estaba el Espíritu sobre él, sino que también le revela al Cristo que por su salvación traerá consolación a Israel y a todos los pueblos (vv. 26, 31). Además, Simeón es “movido por el Espíritu” para ir a ver al niño Jesús al templo, donde lo toma en sus brazos y lo bendice (vv. 27-28). Es precisamente “en el Espíritu” (en to pneumati, según el v. 27 en el original griego, que la versión Reina Valera 1995 traduce como “por el Espíritu”) que Simeón vive por la fe en la promesa de Dios y proclama la salvación que ha visto en su encuentro con Cristo. Simeón es un ejemplo, un tipo, un vocero de toda la iglesia que anuncia la llegada de Cristo a Israel, y por medio de Israel, a todos los pueblos.

Predicando el Sermón

El/la predicador/a tiene la oportunidad de incorporar a los/as oyentes a la historia del Éxodo. Puede recalcar, por ejemplo, que así como Dios libró a Israel de la muerte por medio del sacrificio pascual, Dios nos libra de la muerte mediante el sacrificio de su Siervo sufriente. El texto da la oportunidad de mostrar cómo Dios extiende su brazo salvador no sólo a Israel sino también a los gentiles mediante su pueblo Israel, quien pasa a ser representado en la figura de Jesús, el Hijo de Dios, el Siervo ungido del Señor. Dicho de otra manera, la salvación de Dios ha llegado a los gentiles por medio de Israel, es decir, por medio de Jesús, quien es Israel en su persona. La proclamación de este nuevo éxodo universal del poder del pecado y la muerte tiene una función misiológica que permite al/la predicador/a resaltar que tan profunda y extensa es la misericordia de Dios—una gracia generosa que alcanza a todos los pueblos. Pero tiene que haber alguna Ana o algún Simeón que proclame esta buena nueva. Por eso, el texto nos invita finalmente a anunciar la llegada de Jesús al mundo, siguiendo el ejemplo de estos santos que vieron la salvación prometida. ¿Dónde vemos la salvación prometida hoy? Cada vez que escuchamos y recibimos sus promesas de perdón y resurrección. Se presta el texto para pedirle al Espíritu Santo en oración que mueva a su pueblo a ver la salvación de Jesús a diario y a proclamarla una y otra vez a otras personas.