Vigil of Easter

La celebración de la resurrección del Señor, misterio central de nuestra fe, llega este año en medio de extraordinarias circunstancias.

Romans 6:5

Comentario del San Mateo 28:1-10

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La celebración de la resurrección del Señor, misterio central de nuestra fe, llega este año en medio de extraordinarias circunstancias.

[¿Buscas un comentario sobre San Juan 20:1-18? Fíjate en este comentario para el Domingo de la Resurrección de Nuestro Señor del Prof. William A. Andrews.]

Innumerables hermanos y hermanas a través del mundo se encuentran en lo que podría considerarse como la “línea de fuego” de una pandemia de excepcionales proporciones, que desafía los mejores sistemas de salud del planeta. Para aquellos/as que no se enfrentan aún directamente a la enfermedad, la interrupción del ritmo normal de la vida no es menos excepcional: poblaciones enteras en los cinco continentes se encuentran bajo diferentes niveles de cuarentena, con todo lo que esto conlleva desde el punto de vista económico y existencial. Es en esta coyuntura histórica de cierre de fronteras, de estados de emergencia en numerosos territorios y de colaboración en la búsqueda de soluciones, que celebramos la Pascua del Señor. De manera quizás providencial, el texto evangélico que se nos propone este año es el de San Mateo, que es sin dudas el más apocalíptico y, por ende, el más explícito en cuanto al alcance supra-sensorial de la resurrección.

Al amanecer del primer día de la semana

Un primer aspecto que merece atención en el relato de Mateo es el momento en el cual tienen lugar los acontecimientos: al romper el alba del día siguiente al Sabbat (v. 1), o sea, al inicio del primer día de una nueva semana. Los cuatro evangelistas difieren en más de un detalle relacionado con la resurrección,1 pero todos reportan este dato, lo que indica su importancia.2 Después de haber realizado la obra del Padre, Cristo descansa en el sepulcro durante el Sabbat y es resucitado en el primer día de una semana que es nueva y diferente, pues él es “las primicias” de la nueva creación, como lo diría San Pablo (1 Co 15:20-24; cf. Col 1:15.18).

María Magdalena y la otra María, que habían estado presentes cuando Jesús murió (Mt 27:56) y luego, cuando José de Arimatea había puesto su cuerpo sin vida en una tumba nueva (Mt 27:61), salen al despuntar la aurora a “ver” el sepulcro (v. 1). ¿Cómo hubieran podido adivinar ellas lo que en realidad les esperaba? En lugar de la quietud del sepulcro, son testigos de un gran terremoto, y en lugar del silencio de la muerte, escuchan las palabras que les dirige el ángel del Señor: “No temáis vosotras, porque yo sé que buscáis a Jesús, el que fue crucificado” (v. 5).

El ángel confirma así el motivo del viaje de las mujeres, que buscan simplemente el cuerpo sin vida de Jesús. La escena que sigue está marcada por la ironía, pues los únicos cuerpos aparentemente sin vida que encuentran (“como muertos”) son los de los guardias que vigilaban el sepulcro (v. 4). De una cierta manera, estamos en presencia del mundo al revés. El crucificado no está en la tumba, sino que “ha resucitado, como dijo” (v. 6),3 lo cual pone irónicamente de manifiesto la ineptitud y el fracaso de que aquellos que creyeron poder asegurar el sepulcro (Mt 27:65). De hecho, también creyeron poder sellar la piedra “poniendo la guardia” (Mt 27:66), pero el ángel del Señor, con su aspecto de relámpago y su vestido blanco como la nieve, la rodó y se sentó sobre ella (vv. 2-3). Para el lector y la lectora del evangelista Mateo, familiarizados/as con el carácter del género apocalíptico, la presencia del ángel y, antes, el terremoto, se erigen en signos elocuentes del alcance supra-sensorial de la victoria de Cristo, que conlleva radicales repercusiones cósmicas.4 En medio de las excepcionales circunstancias que vive nuestro mundo, quizás necesitemos la fuerza de estas imágenes, que son una ardiente invitación a la esperanza.

Jesús les dijo: “No temáis”

Obedientes al mensaje del ángel, “saliendo del sepulcro con temor y gran gozo,” María Magdalena y la otra María “fueron corriendo a dar las nuevas a sus discípulos” (v. 8). No es difícil imaginar la prisa y el torbellino de emociones que llevaban al alejarse del lugar en donde había reposado el cuerpo de Jesús, en donde se había verificado su resurrección y en donde acababan de encontrar al ángel. La experiencia se intensifica cuando el Señor mismo les sale al paso. Luego de acercarse a él y de abrazar sus pies, comprobando su corporeidad, se postran y lo adoran (v. 9).

El mensaje de Jesús resucitado es semejante al del ángel, pero también distinto: “No temáis; id, dad las nuevas a mis hermanos, para que vayan a Galilea, y allí me verán” (v. 10). Dos elementos requieren mención aquí. Por un lado, el Señor las exhorta a abandonar el temor que traen, o sea, a quedarse solamente con el gozo (cf. v. 8). Ya el ángel las había exhortado con palabras similares (v. 5), pero el miedo es una sensación tenaz. El segundo elemento que merece atención en las palabras del Señor es el hecho de que, a diferencia del ángel, él llama a sus discípulos “hermanos” (cf. Mt 12:49). En el fondo, ellos deben saber que no les reprocha su traición, sino que los ha perdonado.5

La invitación doble al gozo y al perdón es inherente a la Pascua, pues sin perdón no puede haber gozo, como lo expresa un conocido himno de la liturgia ortodoxa:

Día de la Resurrección.
Resplandezcamos de gozo por esta fiesta;
Abracémonos, hermanos, mutuamente.
Llamemos hermanos nuestros incluso a los que nos odian
y perdonemos todo por la resurrección
y cantemos así nuestra alegría.6

Vayan a Galilea, y allí me verán

La celebración de la resurrección del Señor implica afianzar las raíces de nuestra fe en él. “Volver a Galilea” significa regresar a los orígenes y afirmar así la continuidad de nuestra experiencia. En el Evangelio de San Mateo, Galilea es tierra de comienzos, o sea, espacio de intimidad que no se cierra sobre sí mismo, sino que se abre al mundo. Allí se había iniciado el ministerio público (Mt 4:12-17) centrado en “las ovejas perdidas de la casa de Israel” (Mt 15:24; cf. 10:6) y desde allí el Señor lanzará la misión universal que confía a sus discípulos (Mt 28:16-20), prefigurada de alguna manera por el profeta Isaías desde el principio del evangelio:

¡Tierra de Zabulón, tierra de Neftalí,

camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles!

El pueblo que habitaba en tinieblas vio gran luz,

y a los que habitaban en región de sombra de muerte,

luz les resplandeció (Mt. 4:15-16; cf. Is. 9:1).

Millones de hermanos y hermanas celebran hoy la Pascua del Señor en circunstancias extraordinarias. Como lo hemos sugerido a lo largo de este comentario, quizás las imágenes fuertes, apocalípticas, que nos presenta San Mateo sean un llamado, un estímulo oportuno que nos permita abrir los ojos para “ver.” Como los discípulos, necesitamos “volver a Galilea,” tierra de encuentro, de perdón y de gozo, para desde allí retomar la misión de Jesús. Mucha solidaridad es necesaria hoy y será sin dudas necesaria en los próximos meses. Pero sabemos que el Señor resucitado va delante de nosotros/as, como “primicia” de la nueva creación. Es él quien nos insta a guardar ardiente la esperanza durante esta noche de vigilia, que cede ya su paso al amanecer del primer día de la semana nueva.


Notas:

1. Por solo mencionar algunos ejemplos, hay diferencias tanto en el número y la identidad de las mujeres (compárese Mt 28:1; Mc 16:1; Lc 24:10; Jn 20:1), como en los propósitos por los cuales visitan el sepulcro (en Marcos y en Lucas traen aromas, en Mateo buscan ver la tumba, y en Juan, no se menciona ningún fin específico). Mientras en unos casos la piedra sella aún la entrada del sepulcro a la llegada de las mujeres (Mt 28:1), en otros, ya ésta ha sido retirada (Mc 16:4; Lc 24:2; Jn 20:1). Los encuentros que se producen con diferentes personajes son también diferentes (compárense, por ejemplo, el joven vestido de blanco de Mc 16:5, el ángel del Señor de Mt 28:2-3, los dos hombres vestidos con ropas deslumbrantes de Lc 24:4 y los dos ángeles vestidos de blanco de Jn 20:12).

2. Nótese que Juan sitúa los acontecimientos un poco más temprano que los sinópticos, justo antes del amanecer (Jn 20:1).

3. Véase Mt 20:18-19; 17:22-23; 16:21-23; 27:63.

4. Las referencias apocalípticas están también presentes en el momento de la muerte de Jesús: el desgarramiento súbito de la cortina del templo de arriba abajo, el terremoto, la apertura de los sepulcros y la resurrección de muchos santos que habían muerto (Mt 27:51-52). Mateo menciona también el terremoto (seísmos en el original griego del v. 2) en el episodio de la tormenta calmada (8:24; nótese sin embargo que la versión RV95 traduce con la palabra “tempestad”), así como en el discurso escatológico (24:7). Véase Daniel J. Harrington, The Gospel of Matthew (Sacra Pagina Series, vol. 1) (Collegeville MN: Michael Glazier / Liturgical Press, 1991), 409.

5. Véase Benedict T. Viviano, “The Gospel According to Matthew,” en Raymond E. Brown – Joseph A. Fitzmyer – Roland E. Murphy (eds.), The New Jerome Biblical Commentary (New York: Geoffrey Chapman, 1999), 673.

6. Véase https://consolacionmostoles.blogspot.com/2012/04/estikiras-himno-ortodoxo-de-pascua.html, consultado el 20 de marzo del 2020.