Tercer Domingo de Adviento

El testigo que apunta hacia Jesús

woman testifying in worship

Comentario del San Juan 1:6-8, 19-28

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En esta tercera semana de Adviento, quiero empezar con una pregunta para nuestra lectura de Juan 1:6–8, 19–28. ¿Quién es la persona más famosa en esta temporada de Navidad? Es una pregunta sencilla, que no debería ser muy difícil de responder. Por supuesto, es Jesús. Pero ¿sabías que durante el ministerio de Jesús había alguien que era igual de popular y respetado? Sí, Juan el Bautista. Su popularidad se extendió más allá del río Jordán, hasta el punto de que el Rey Herodes pensó que Jesús era Juan el Bautista resucitado (Mateo 14:2). Juan el Bautista también se menciona fuera de la tradición de los evangelios. Josefo escribe que Juan tenía gran influencia sobre el pueblo judío. Y esto llevó a Herodes a encarcelarlo (Ant. 18.5.2). Según el libro de Hechos, la influencia del Bautista había llegado al maestro alejandrino llamado Apolo y a otros discípulos en Éfeso, el mismo lugar donde la tradición eclesiástica localiza a los lectores originales del evangelio de Juan. Se hizo evidente para Priscila y Aquila que Apolo sólo “conocía el bautismo de Juan” (Hechos 18:24–25). Pablo también se encontró con algunos discípulos que conocían al Bautista y no eran conscientes de la necesidad de ser bautizados en el nombre de Jesús (Hechos 19:1–5). Y un documento posterior del siglo II–IV llamado Seudo–Clementine Reconocimientos menciona que algunos creían que el Bautista era el Mesías (Ps.–Clem. Recog. LIV). El Bautista era una figura influyente con muchos discípulos.

Cuando miramos el evangelio de Juan, no se le llama el “Bautista” ni encontramos ninguna mención de su familia, estilo de vestir, o el bautismo de Jesús. Estos son aspectos clave que se encuentran en los evangelios sinópticos (Mateo 3:1–17; Marcos 1:4–11; Lucas 1:5–25, 57–80; 3:1–22). Esto no sugiere que los lectores no estuvieran familiarizados con la identidad del Bautista. Se afirma que es un bautizador (Juan 1:25; 3:23; 4:1; 10:40). Y cuando el evangelio menciona que estaba bautizando en Enón, cerca de Salim, agrega sutilmente que esto ocurrió antes de que fuera encarcelado (3:24). No hay razón para incluir esta nota a menos que los lectores ya estuvieran familiarizados con su encarcelamiento y muerte. En otras palabras, el Bautista era una figura muy conocida, y su popularidad se extendió a Éfeso y, como se mencionó anteriormente, a los lectores del evangelio de Juan.

Entender cómo se percibía la identidad del Bautista a finales del primer siglo nos ayuda a reconocer por qué el prólogo enfatiza que Juan sólo era un testigo. Dice: “Éste vino como testigo, para dar testimonio de la luz, a fin de que todos creyeran por medio de él. Él no era la luz, sino un testigo de la luz” (vv. 7-8). En otras palabras, es necesario aclarar la identidad del Bautista. A través de declaraciones negativas, el lector se da cuenta de que Juan no es la luz (v. 8), ni el Mesías (v. 20), ni Elías (v. 21), ni el Profeta (v. 21). Más adelante en el evangelio también se afirma que no es el novio (3:29), ni un hacedor de milagros (10:41). Y antes menciona que, aunque él llegó primero, está subordinado a Jesús (1:15). Estas no son sólo declaraciones negativas. El evangelio tiene como objetivo corregir cualquier malentendido sobre la identidad del Bautista. El evangelio no quiso dejar este tema abierto. ¿Por qué? Porque el Bautista era una persona muy popular.

Tal como sucede hoy, ser popular significa que atraerás a mucha gente. Y podemos observar que el Bautista atrajo a muchos, incluyendo a los líderes religiosos de Jerusalén. Cuando nos dirigimos a Juan 1:19–28 el ministerio de Juan el Bautista comienza con la afirmación: “Este es el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron de Jerusalén sacerdotes y levitas a preguntarle” (v. 19). Los líderes religiosos judíos cuestionan la identidad del Bautista y el propósito del bautismo. La primera pregunta que le hacen a Juan el Bautista es: “¿Quién eres tú?” (v. 19). Esta pregunta puede parecer como si los líderes religiosos judíos tuvieran curiosidad sobre la identidad del Bautista. En cada ocasión, dejan poca oportunidad para que el Bautista responda. Cuando lo presionan para obtener una respuesta definitiva, apela a Isaías 40:3 y se define a sí mismo como la “voz” en el desierto (v. 23). Cuando le preguntan sobre su actividad bautismal, el Bautista no responde esta última pregunta. En cambio, cambia el enfoque a Jesús que está en medio de ellos (vv. 26–27). Pero lo más importante es que el escritor introduce este primer día de preguntas describiéndolo como “el testimonio de Juan” (v. 19). El término “testimonio” no se refiere únicamente a hacer una declaración sobre hechos o verdades, sino que también se utiliza en un contexto legal. Al describirse el primer día del Bautista como “el testimonio” se acentúa el tono de juicio. El testimonio del Bautista y la multitud de preguntas del liderazgo judío es una confrontación. El escritor presenta esta experiencia como si el Bautista fuera interrogado en un juicio o en un tribunal.

Como hemos notado en estos pasajes, el evangelio de Juan tiene la necesidad de enfatizar que el Bautista no era el Mesías, especialmente porque tenía seguidores fuera de Judea. Juan tenía muchos discípulos que eran fervientes partidarios. Incluso se molestaron cuando se enteraron de que los discípulos de Jesús estaban bautizando a mucha gente, y quizás causando una competencia (Juan 3:25-26). Por el otro lado, algunos de estos discípulos, incluyendo a Andrés, dejaron al Bautista y siguieron a Jesús (1:37-40). Aunque el Bautista se menciona menos a medida que el evangelio progresa, mantiene el rol de testigo, que se le atribuye por primera vez en el prólogo (Juan 1:7, 8, 15; 5:33-36; 10:40-42).

Hoy en día, los desafíos que tenemos son ciertamente diferentes a los de Juan el Bautista. Pero esta es una temporada que nos recuerda que siempre debemos conducir a la gente hacia Jesús a través de nuestro testimonio. Puede que no controlemos lo que otras personas piensan de nosotros/as, o cómo nos perciben. Pero podemos, como el Bautista, apuntar hacia la verdadera luz y persona que debe ser el centro de la atención de todos/as. El Bautista fue confrontado y desafiado, pero siempre apuntaba hacia Jesús. Es un discípulo modelo que también nos enseña lo que significa ser un testigo. Como nosotros/as también somos constantemente desafiados a ser el centro de atención en nuestras comunidades, medios sociales o iglesia, tomemos un tiempo para reflexionar y recordar que también debemos ser testigos y dirigir a la gente hacia Jesús. La popularidad siempre pertenece a Jesús, nunca a nosotros/as.