Vigésimo tercer domingo después de Pentecostés

Con este pasaje, tenemos una parábola entre varias parábolas en esta sección del evangelio de Mateo.

Matthew 25:10

Comentario del San Mateo 25:1-13

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Con este pasaje, tenemos una parábola entre varias parábolas en esta sección del evangelio de Mateo.

Esta parábola a veces se llama “la parábola de las diez vírgenes,” y es muy cercana en su temática a la parábola que la precede, la que trata de tipos de siervos sobre una casa (Mt 24:45-51). Ambas tienen que ver con estar listos/as y bien dispuestos/as en medio de circunstancias inconclusas, es decir, en medio de no saber “el día ni la hora en que el Hijo del hombre ha de venir” (v. 13). El punto principal es que no sabemos cuándo pasará, pero sí sabemos cómo esperarlo.

El enfoque de esta parábola es el grupo de diez vírgenes. Aquí encontramos una parábola llena de imágenes de una boda, imágenes que frecuentemente son utilizadas en la Biblia para hablar de acontecimientos mesiánicos. Las bodas en este contexto son diferentes a las nuestras, pero las diez vírgenes representan una categoría semejante al de nuestras damas de honor. Por lo que parece ser la práctica de este contexto, estas vírgenes o damas de honor tienen el papel de recibir al novio antes de la boda. La narración hace una distinción entre estas damas: “cinco de ellas eran prudentes y cinco insensatas” (v. 2). ¿Respecto a qué? Respecto a tener suficiente aceite en sus lámparas para poder recibir al novio. En este caso, el novio tardó (algo que no estaba fuera de las posibilidades en la práctica de ese tiempo; la tardanza podía deberse a cuestiones financieras relacionadas con la boda), y las vírgenes se durmieron. Por las indicaciones del pasaje, no hay condenación por la tardanza del novio, ni tampoco por el hecho de que las vírgenes se durmieron.

Donde sí hay un problema es en lo que sigue. Cuando se oye el clamor de que el novio estaba llegando, las vírgenes debían ir a recibirlo. Cinco de ellas estaban listas, pero cinco no porque no tenían suficiente aceite. Estas damas insensatas piden aceite a las prudentes, pero no había aceite suficiente para todas. Las insensatas deciden ir a comprar aceite, como les recomiendan las prudentes, “pero mientras ellas iban a comprar, llegó el novio; y las que estaban preparadas entraron con él a la boda, y se cerró la puerta” (v. 10). Cuando llegan las insensatas y quieren entrar a la boda, el novio dice palabras fuertes, palabras que el lector de la Biblia conoce de otros pasajes (por ejemplo, Mateo 7:23 y Lucas 13:25): “De cierto os digo que no os conozco” (v. 12).

Esta parábola habla de una disposición muy básica de la humanidad: es difícil esperar y estar listos/as para un evento que uno no sabe cuándo sucederá. Otra manera de decirlo es que muchas veces estamos motivados/as por la urgencia obvia, y sin esto, es difícil estar preparados/as y a la orden. Se puede hablar de esta disposición como básica, pero al mismo tiempo es un impedimento para varias cosas. No sabemos cuándo una crisis puede afectarnos, pero debemos estar preparados/as de la mejor manera posible para el caso de que suceda una crisis. No sabemos cuándo moriremos, pero la muerte es algo que todos/as vamos a enfrentar—no hay que negarlo, y debemos actuar contando con que la muerte nos sucederá inexorablemente. Y lo mismo se aplica a la segunda venida de Cristo: no sabemos el día ni la hora, pero en fe creemos que regresará.

Si tomamos en cuenta todas estas cosas que no sabemos, ¿por qué entonces queremos saber algo para estar listos/as y preparados/as? Esta pregunta es difícil de considerar, pero revela un aspecto de nuestra situación como seres humanos. Si supiéramos el día de nuestra muerte, ¿cambiaría nuestra actitud hoy? O más dirigido a este pasaje, ¿cambiaría nuestra fe y nuestra espiritualidad si supiéramos con certeza que Jesús no va a regresar durante la duración de nuestras vidas? Es muy posible que la respuesta a ambas preguntas sea que sí. Y esto indica algo más preocupante: nuestra fe, nuestras vidas, y nuestro comportamiento no deben basarse en lo que pasará, sobre todo si tenemos en cuenta lo que ya nos ha sido dado y lo que sabemos sobre el pasado. Como discípulos/as de Jesús, somos llamados/as a ser “administradores de los misterios de Dios” (1 Co 4:1), es decir, debemos guardar, preservar y comunicar lo que Dios ya ha hecho en Cristo porque todavía es tiempo de cosecha.

Pero en todo esto, los enemigos del evangelio se aprovechan de esta necesidad que tenemos de saber para hacer especulaciones y formular teorías del futuro que tratan de cómo serán los últimos tiempos antes de la segunda venida de Cristo. Desafortunadamente, la historia de la interpretación del libro del Apocalipsis está llena de ejemplos de cómo la gente ha dicho que lo que estaba pasando en su tiempo había sido profetizado por Juan en esta revelación, y de esta forma la gente se distrae y trata de averiguar los secretos del futuro. En todo esto, nos olvidamos de las palabras bastante claras de Jesús: “Pero del día y la hora nadie sabe” (Mt 24:36). Y por supuesto, en estas distracciones somos como las vírgenes insensatas y no nos preparamos para la boda de nuestro Señor.

¿Qué significa estar preparado/a para la segunda venida de Cristo? Entre las muchas preguntas que la gente hace, es muy importante aclarar esta pregunta en particular. Una indicación de una respuesta está en las instrucciones que Jesús da a sus discípulos cuando se está despidiendo de ellos según el evangelio según San Juan (capítulos 14–17). Jesús les dice a los discípulos que deben amar a Jesús y guardar sus mandamientos (Juan 14:21, entre otros); las dos cosas van juntas. Esto significa que las enseñanzas de Jesús no son incidentales a su obra; al contrario, Jesús demuestra la verdad acerca de nosotros/as, de Dios y de nuestro mundo, y por eso, sus enseñanzas son esenciales a todo lo que significa ser cristiano/a. También Jesús indica que debemos permanecer en él (Juan 15:4). Es decir, debemos practicar las disciplinas espirituales (oración, alabanza, participación en los sacramentos) para que podamos crecer en su presencia por medio del Espíritu Santo en nuestras vidas. Haciendo esto, estaremos listos/as y tendremos la sabiduría suficiente como para enfrentar lo que nos depare el futuro.