Vigésimo domingo después de Pentecostés

Simul justus et peccator

Luke 18:14
"[A]ll who exalt themselves will be humbled, but all who humble themselves will be exalted." Photo by Dynamic Wang on Unsplash; licensed under CC0.

October 27, 2019

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Comentario del San Lucas 18:9-14



Simul justus et peccator

Lucas 18:9-14 contiene una parábola exclusiva de este evangelio y en el v. 14b un dicho apocalíptico flotante. Este dicho es apocalíptico porque habla de la reversión de la estructura del mundo al final de los tiempos. Y es un dicho flotante en la tradición sinóptica porque también aparece en otros lados y relacionado a otro temas (Mt 23:12; Lc 14:11). Con la reversión escatológica anunciada en este dicho, Lucas le da a la parábola un nuevo sentido: lo que era honorable en aquel tiempo no tendría valor delante de Dios; y lo que era motivo de vergüenza en aquel tiempo sería honrado por Dios en su juicio.

El pasaje es un texto que debemos mirar en tres niveles: Jesús de Nazaret y su contexto, Lucas y nosotros/as.

Una parábola es una breve historia que nos invita a cuestionar nuestro entendimiento de la vida. Una parábola es una historia de desafío cultural. En nuestro pasaje hay algunas preguntas que saltan a la vista: ¿cómo determinamos quién es una persona justa?; ¿cómo determinamos quién es una persona pecadora?; ¿cómo ve Dios a quienes parecen justos/as, pero son grandes pecadores/as? Estas preguntas son las que entrañan el desafío cultural. En el mundo judío, en el de los cristianos originarios, y posiblemente, en el nuestro, una persona honorable es la que cumple con sus obligaciones personales, sociales y religiosas. Una persona pecadora, por otra parte, viola el sistema de honor y muestra señales de conductas contrarias a la decencia y la justicia. En la parábola, dos personajes que representan la decencia y el pecado son contrastados con el propósito de que pensemos si nuestro juicio sobre la decencia y la justicia es correcto.

El marco narrativo que Lucas le ha añadido a la parábola se encuentra en los versículos 9 y 14. Dichos versículos constituyen la interpretación que dio Lucas a este material de las tradiciones de Jesús de Nazaret que solo él presenta. La parábola presenta dos historias: una de soberbia y otra de humillación delante de Dios. Lo que esperaría una persona del contexto es que el fariseo sea salvado por su santidad y el pecador no tenga parte en el mundo del futuro ni ante Dios, pero Lucas nos invita a pensar sobre nuestros valores tratando de mirar con los ojos de Dios. ¿Cómo ve Dios los méritos del fariseo? ¿Cómo Dios ve la humillación del publicano? ¿Dónde se para Dios ante esta comprensión del mundo en que Dios parece ser el garante del sistema de pureza? Este es el desafío que nos plantea la parábola.

La parábola es un díptico (dos imágenes que contrastan), como también hay contrastes entre dos partes en el relato del nacimiento de Jesús (Juan el Bautista en contraste con Jesús), en la parábola del buen samaritano, en la del hijo pródigo y en el relato acerca de los dos co-crucificados con Jesús. Lucas es el único evangelista que pone posturas opuestas en boca de los dos co-crucificados con Jesús (Lc 23:39-43) y por eso la tradición llama “buen ladrón” a uno de ellos. Marcos y Mateo, en cambio, ponen a ambos ladrones en oposición a Jesús (Mc 15:32 y Mt 27:44).

La primera parte del díptico es el fariseo, un laico perteneciente a una secta judía del periodo del segundo templo, que tomaba muy en serio que todo el pueblo debía ser un reino de sacerdotes (Ex 19:6), y por lo tanto, proponía que la pureza de los sacerdotes se extendiera a los laicos. El concepto fariseo proviene de la palabra aramea parushim que significa separado, santificado, en referencia a la pureza ritual, la observancia estricta de la Torah, especialmente en relación al sábado, el diezmo y el rechazo a la comensalía con pecadores dentro del pueblo. Flavio Josefo describe a los fariseos como una secta judía que añadió la ley oral a la ley escrita para darle un nuevo sentido a la ley en la vida diaria. Además, creían en la resurrección, el juicio divino y el libre albedrío. Los fariseos son quienes convierten a la sinagoga en el lugar central del culto judío luego de la destrucción del segundo templo en el año 70 DC.

Lucas, quien escribió su evangelio alrededor del año 90 DC, presenta otras imágenes de cómo su comunidad percibía a los fariseos que regían al judaísmo después de la destrucción del templo. Así, en 5:21 los fariseos cuestionan la autoridad de Jesús para perdonar pecados; en 5:30 los fariseos murmuran contra los discípulos por comer y beber con los pecadores; en 6:2 los fariseos cuestionan lo que a ellos les parece una violación del día sagrado; en 7:30 Lucas plantea que los fariseos no fueron bautizados por Juan el Bautista; en 7:36ss Jesús es invitado a comer en la casa de un fariseo que pone en duda que Jesús sea profeta; en 11:39 Jesús alega que la pureza de los fariseos es exterior, pero por dentro están llenos de rapacidad y maldad; en 11:42 Jesús alega que los fariseos diezman las cosas pequeñas, pero olvidan lo fundamental de la ley que es la justicia y el amor de Dios; en 12:2 Jesús advierte que los fariseos son hipócritas; en 16:14 Lucas acusa a los fariseos de ser amantes del dinero; en 19:39 los fariseos se oponen a que Jesús sea tratado con la dignidad mesiánica.

La trama corre de la siguiente manera.  El fariseo está puesto en pie ante Dios y se comprende a sí mismo como observante de la santidad requerida por la Ley. Por eso ora en acción de gracias, pero el lector puede escuchar que no ora a Dios, sino que habla solo. Su acción de gracias constantemente se refiere a sí mismo con la palabra “yo,” lo que da una señal a quien lee. El fariseo da gracias por su observancia de la Torah y su rechazo a los vicios y los pecadores. Además, el fariseo, se compara a sí mismo con el publicano, subrayando su superioridad religiosa y moral. Conforme a la tradición farisea, el personaje ayuna dos veces por semana; y su diezmo va más allá de lo que requiere la ley, porque diezma por todo (véase Lc 11:42) y trata además de cubrir con su diezmo a los que no diezmaban.1 De acuerdo con la Mishná, un tratado judío del segundo al tercer siglo de la era cristiana escrito por el judaísmo tanaítico, “Todo lo que se usa como alimento, y se vigila, y crece del suelo, está sujeto a los diezmos” (Ma’aserot, 1.1). Así es como el fariseo de nuestro relato parece entender la obligación de diezmar. El fariseo es mostrado como un modelo de observante fiel del sistema de pureza, en clave de rigurosidad y arrogancia religiosa. El lector/la lectora es desafiado/a a mirar esta rigurosidad como una falsa confianza.

La segunda parte del díptico es actuada por el recaudador de impuestos, considerado un pecador por antonomasia. Por un lado, era visto como un ladrón, porque era típico que los recaudadores cobraran en exceso. Y por el otro lado, era visto como un traidor, porque los recaudadores de impuestos colaboraban con las clases opresoras nativas y extranjeras en contra del pueblo judío. En la opinión de muchos, no era posible atribuir ningún tipo de honor a un recaudador de impuestos y era inconcebible que pudiera arrepentirse de algo. No obstante, Lucas presenta a otros recaudadores de impuestos como personajes positivos (3:12; 5:27-30; 7:29.34; 15:1; 19.1-10) y de esa manera le da ambigüedad y posibilidad al segundo personaje de la parábola que nos ocupa.

En la parábola, el publicano, a diferencia del fariseo, se mantiene lejos. Contrario a la acción de gracias del fariseo, el publicano no levanta los ojos al cielo, esto es, a la presencia de Dios (Salmo 40:12; 121:1). Además, el publicano se golpea el pecho, lo que en Lucas es una señal de lamento por la situación (23:48; véase también Is 32:12). Con esta actitud de pesar, el publicano reconoce que es un pecador y le ruega a Dios que sea propicio a él. La palabra del original griego hilastheti, que la versión Reina Valera 1995 traduce como “sé propicio,” significa un pedido a Dios para que muestre compasión, misericordia y bondad.

En términos de género literario, aquí termina la parábola. Es una historia que invita a la audiencia a pensar sobre el honor de los religiosos y la vergüenza de los pecadores. Pero, ¿cómo es el asunto realmente? ¿Es el fariseo un modelo positivo y el recaudador de impuestos un modelo negativo? ¿Qué pueden comprender los lectores de la actitud y conducta de estos dos personajes? Los actos de ambos personajes desafían a la audiencia a cuestionar los valores de la cultura sobre los santos y los pecadores. Además, el relato sirve como espejo e invita a quien lee a verse a sí mismo/a como el santo y como el pecador, delante de Dios. La parábola desafía a su audiencia a romper con los moldes del sistema de pureza, y a mirar con simpatía a un pecador que se humilla delante de Dios.

El dicho apocalíptico del final es utilizado para interpretar la parábola. Alude a una acción de Dios al final de los tiempos, en el juicio divino. Jesús plantea que allí las cosas serán todo lo contrario de lo que parecen en el presente. En la presencia de Dios no hay falsa seguridad religiosa ni de ningún tipo que valga. A los ojos de Dios todos/as estamos con las manos vacías. A través de la parábola y su marco narrativo, la audiencia de Jesús, la de Lucas y nosotros/as quienes leemos y escuchamos la historia hoy, somos desafiados/as a reflexionar sobre nuestra actitud y conducta a la luz de la actitud y conducta de estos dos personajes. ¿Cómo es la justicia y la piedad realmente? ¿Cómo percibe Dios al ser humano? ¿Habrá alguna persona justa delante de Dios que lo sea por sí misma? ¿Cómo nos vemos a nosotros/as mismos/as? ¿Somos como el fariseo? ¿O somos realmente como el publicano? ¿Tenemos alguna seguridad que presentar delante de Dios o tenemos las manos vacías? ¡Cuidado con nuestras falsas confianzas! En la Reforma, Lutero lo había explicado bien: Simul justus et peccator, esto es, simultáneamente justo y pecador, solo quien se conoce como pecador/a, con las manos vacías ante Dios, sin ninguna falsa confianza, es aceptado/a por Dios en su gracia. Como diría el teólogo Paul Tillich, solo las personas que admiten que son inaceptables son aceptadas por la gracia de Dios en Cristo Jesús.


Nota:

1. Los fariseos sabían que gran parte del pueblo no pagaba los diezmos requeridos y por eso pagaban sus propios diezmos y los diezmos que deberían haber pagado quienes les vendían algún producto a ellos. Esta práctica podría poner en tela de juicio el calificativo de “amantes del dinero” que se da a los fariseos. Hay dos explicaciones posibles para este calificativo: (1) que, aunque injusto, sea parte del arsenal retórico de Lucas contra los fariseos de su tiempo; o (2) que se refiera al hecho de que los fariseos, luego del año 90, eran quienes recogían el diezmo de todos los judíos observantes en la sinagoga y por lo tanto pueda entenderse como una percepción apropiada de los fariseos.