Decimosexto domingo después de Pentecostés

La comunidad de ofensores: La parábola sobre el perdón

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Photo by Piret Ilver on Unsplash; licensed under CC0.

September 13, 2026

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Comentario del San Mateo 18:21-35



En el ejercicio de leer esta parábola, si entramos en detalles fuera de lo central, podemos observar incongruencias entre el Dios perdonador que nos presenta el evangelio en su totalidad y lo que dice este capítulo. La centralidad interpretativa la encontramos en la pregunta de Pedro y en los últimos versículos del pasaje donde se plantea la falta de misericordia por parte del siervo que no perdona la deuda menor.

La desmesura del perdón

¿Cuántas veces debo aplicar la regla reconciliadora del ejercicio del perdón? ¿Habrá un minuto para condenarlo? Cuatro veces era la indicación rabínica y tres más era una extensión generosa.

Cuando el acto de perdonar pasa de esas cifras simbólicas que establecen límites a las veces en que se debe perdonar y se sigue repitiendo, se transforma en una actitud. Cuando una actitud se repite más de siete veces—o todas las veces necesarias—se transforma en un hábito y manifiesta una relación marcada por la influencia y presencia de Dios (setenta veces siete). Si este hábito se fija sistemáticamente, se transforma en carácter y este da lugar a un destino, a la identidad o característica moral más relevante de una comunidad—una comunidad donde habita y reina el perdón.

Perdonados antes que perdonadores

Para responder a la pregunta de Pedro es necesario reconocer quiénes somos o desde dónde nos paramos para entender y aplicar el perdón. Algo debe pasar sinceramente en nuestro interior, en nuestro espíritu.

Pedro primero fue perdonado. No somos una comunidad de víctimas; también hemos ofendido. Para ser comunidad de perdón tenemos que examinarnos cada uno/a a sí mismo/a y reconocer que para ser auténticamente una comunidad de perdón debemos asumir que somos también una comunidad de ofensores. Con esta parábola, Jesús baja del pedestal a Pedro y lo ubica en la humildad y el reconocimiento de todo el perdón que él mismo ha recibido. Él es y ha sido “siervo,” esclavo de deudas, como en la parábola.

Antes de pensar en cuántas veces perdonaremos, es necesario que tomemos conciencia de cuántas veces hemos ofendido, de cuánto debemos a los/as demás y cuánto hemos sido perdonados/as por el Señor, que es el único que no ha ofendido a nadie.

Y no se trata sólo de cuántas veces. Se trata de la conciencia profunda del perdón que hemos recibido, que no puede compararse con todo lo que nos han ofendido y nos ofenderán. Es un profundo sentimiento atesorado que nos mueve a ser perdonadores. No es una obligación, sino que nace de un hábito de perdonar convertido en nuestro carácter personal y comunitario.

La memoria de la ofensa y el perdón

El relato comienza con la pregunta de Pedro, nuevamente vocero de una comunidad a la cual se le ha indicado que un pequeño es el más grande en su comunidad (Mateo 18:1–5) y se le han explicado las reglas restauradoras frente a una ofensa o pecado contra un/a hermano/a (Mateo 18:15–20). Advirtamos que, a diferencia de la pregunta inicial del capítulo 18 hecha a Jesús por los discípulos que se le acercaron, aquí Pedro hace una pregunta que seguramente lo toca de manera directa. Y podemos preguntarnos si Pedro se ubica en el lugar de víctima o de victimario.

Mateo escribe su evangelio treinta o cuarenta años después de la vida de Jesús, de modo que el autor y su comunidad conocían tanto las experiencias que se habían transmitido oralmente como el evangelio de Marcos, el primer evangelio escrito. Por lo tanto, los/as lectores/as de esa época tenían también en claro el antecedente de la negación de Pedro. En este sentido, su consulta podría envolver un soberbio engrandecimiento (“¿Cuántas veces perdonaré?”), el sentimiento de culpa por un perdón no incorporado en la plenitud de su conciencia, o una comprensión demasiado débil de la gracia restauradora del perdón de Jesús. ¿Dónde nos ubicaríamos nosotros/as si nos surgiera la misma pregunta?

El perdón que libera

Una actitud perdonadora genera una liberación de la culpa y abre un horizonte esperanzador de relaciones saludables y armoniosas. La comunidad de fe, la iglesia, puede transformarse en esperanza de fraternidad humana, sobre todo hoy, cuando vivimos en un tiempo de polarización marcada por un odio intenso, incluso al interior de nuestras comunidades, como era el caso de la iglesia de Mateo.

Hannah Arendt, destacada filósofa del siglo XX, dijo: “El descubrimiento del papel del perdón en el campo de las relaciones humanas fue obra de Jesucristo.”1 No estaba equivocada. Mientras el perdón libera, su opuesto, la venganza, ata a las personas a la falta cometida en el pasado y al proceso de reacción negativa que nutre el odio o, lo que es peor, pasa de la violencia verbal a la física, como una espiral de respuesta que solo incrementa el odio que se aloja en la persona ofendida.

En la propuesta cristiana, el perdón se recibe para darlo y rompe el círculo de la vendetta que no tiene lugar en las relaciones interpersonales de la iglesia. El Señor no sólo nos perdonó, sino que inició el don perdonador que reconcilia nuestras relaciones.

Dios comienza el perdón: Un llamado a volver al corazón

La experiencia profunda del perdón recibido se dimensiona en la capacidad de transformarse en perdonador—dos caras del perdón que están en permanente tensión: ofender y ser ofendido. La parábola nos enseña cómo debe ser una relación sana.

Es un punto de partida que genera un efecto dominó con los receptores de este acto de misericordia. ¿Qué le pasó al siervo que fue perdonado primero? ¿No quiso iniciar la cadena compasiva? La parábola lo responde. No atesoró el perdón en el corazón y, por lo tanto, su reacción ante el deudor fue descorazonada. Sólo atesoraba sus bienes.

Lo que sucede en el corazón tiene relación directa con la manera de vivir. ¿Por qué la analogía del pecado con una deuda? Porque hay una conexión entre lo adeudado y la falta. Según Deuteronomio 15, liberar después de siete años era un acto de justicia para que nadie viviese eternamente con deudas. El acto de perdonar es análogo a la cancelación de una deuda y esto nos indica que el perdón tiene consecuencias concretas, restablece una condición y genera equidad. No es un mero asunto personal. Quien lo recibe de verdad, actúa después con los demás con conciencia del perdón recibido. Una cosa es recibir el perdón y otra es asumirlo en la plenitud de la conciencia. Aquello que está en nuestro corazón, según la antropología de la época de Mateo, es lo que definitivamente nos mueve a ser y actuar. El perdón debe alojarse por ello en el corazón.

Puesto que las relaciones humanas son muy complejas, el perdón es una valiosa herramienta para desenredar la madeja de nuestras relaciones y establecer una comunidad de ofensores/as que saben perdonarse y que, por lo tanto, se liberan de culpas.

Perdón y culpa

Si bien la palabra “culpa” no aparece en el pasaje, podríamos decir que está implícita. Una comunidad perdonadora se ha liberado de la culpa. Quien no actúa como un ser perdonador podría estar siendo carcomido por este sentimiento. La culpa puede transformarse en un remordimiento inmovilizador que no asume el perdón en su profundidad restauradora. ¿Estaría Pedro en esa condición? ¿Le costó superar su traición?

Finalmente, desentenderse del perdón de Dios tiene repercusiones escatológicas. No se está hablando de algo trivial. Tenemos en nuestras manos una poderosa herramienta para dar esperanza en las relaciones humanas. No se resolverán todas las faltas o deudas, pero al menos será una tarea permanente, una esperanza activa que culminará en el juicio final que clausurará todo conflicto.

El hábito del perdón, que crea un carácter perdonador y forja un destino restaurador en nuestra vida, nos invita a entender el devenir personal e histórico en la presencia de la falta u ofensa con la posibilidad de encararlas como una misión o vocación reconciliadora. El perdón llegó para transformar nuestros conflictos y quedarse hasta el día del juicio final.


Notas

  1. Hannah Arendt, La condición humana, Paidós: Buenos Aires, 2003, 238.
Ceiling, Salzburg Cathedral
Ceiling, Salzburg Cathedral. Image by Marco Sacchi via Flickr; licensed under CC BY-SA 2.0.

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