Decimoquinto domingo después de Pentecostés

La comunidad cruciforme o las relaciones en forma de cruz

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September 6, 2026

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Comentario del San Mateo 18:15-20



Este pasaje, inserto en lo que se ha denominado el discurso comunitario (Mateo 18:1–35),  se conecta con la pregunta de los discípulos sobre quién es más importante en su Reino, que puso de manifiesto una ambición de poder característica de una sociedad jerárquica, justo en el momento en que iniciaban el camino a Jerusalén y cuando Jesús les había advertido que quien quisiera seguirle debería tomar su cruz y/o negarse a sí mismo (Mateo 16:24–26).

Este contexto nos ayuda a encontrar el valor y sentido del texto. Se nos llama a vivir lo que podríamos llamar “una vida cruciforme,” entendida como la ética de quienes toman la cruz y se sienten parte de una nueva comunidad. Es una comunidad en la que sus miembros reconocen su fragilidad o vulnerabilidad, que no está exenta de conflictos relacionales y es proactiva en la reconciliación, es decir, una comunidad que no espera el perdón, sino que más bien lo ofrece.

Esta dimensión de interrelaciones centradas y orientadas hacia el perdón toma una relevancia trascendente; se constituye en un lugar sagrado, una epifanía donde Dios se hace presente.

Una comunidad dividida

La comunidad de Mateo estaba dividida. La solución pragmática habría sido hacer dos iglesias homogéneas, cada una con su propia identidad cultural, étnica e ideológica. No obstante, lejos de esta tendencia tan moderna, en el evangelio para este domingo se norma el procedimiento contrario: cuidar la unidad en la diferencia, con el eje central en el perdón y la reconciliación como oferta saludable y permanente frente a las crisis interpersonales e interculturales.

Una comunidad que ofrece el perdón sabe que los conflictos no desaparecen, sino que se transforman. En una comunidad de este estilo, la fragilidad estará siempre presente, lo mismo que la tentación de abortar la negación de sí mismo y salir de este enclave de humildad.

Hacerse parte …

Las reglas de la corrección fraterna son claras y parecieran simples. ¿Dónde entonces radica la dificultad? Pues en entender y hacer propia la identidad cruciforme de la iglesia. Veamos los rasgos de esa identidad.

Primero: El perdón no se espera; se da. Significa ser proactivo para salir a buscar al ofensor, al revés de la tendencia común entre nosotros/as de que “me deben venir a pedir perdón a mí.” En esta tendencia se diluye la riqueza de una comunidad donde acontece la presencia de Dios. No queda claro, según los manuscritos más antiguos, si el v. 15 dice “si tu hermano peca contra ti,” o si simplemente dice “si tu hermano peca.” Lo que importa es que alguien ha cometido una ofensa. La comunidad del Reino no es perfecta, pero es perfectible sobre la base de la misericordia y no de la venganza o una estricta reparación del daño.

Segundo: No hay aquí un líder paternalista que media, dirige y resuelve. La horizontalidad de la interrelación reconciliadora deja en claro que la autoridad radicaba en el colectivo de la comunidad: todos/as son grandes, porque todos/as son humildes. Se han empequeñecido como indica el acto de poner en el centro a un niño (Mt 18:2).

Tercero: Se invierte el orden de las reglas comúnmente seguidas. Se hace saber a la comunidad lo sucedido y hay una mediación de parte de los testigos que actúan como autoridad. Luego acatan el ofendido y el ofensor. Esto nos habla con claridad de la intención de restaurar y no de condenar. Al proscribirse la venganza y dársele un lugar al amor restaurador, se nos muestra el carácter cruciforme de esta comunidad.

Cuarto: No hay lugar para la condena ni la difamación. No se acepta la reprensión ni se somete a una serie de disciplinas, ya sea según el tipo de ofensa o contra quien fue cometida.[1]

Quinto: El verbo que aplica es “escuchar” más que “oír.” Debe haber una conciencia y voluntad receptiva, una expresión de empatía con la víctima por parte del victimario. Si este no escucha, no manifiesta empatía y no acepta la ofensa ni a los testigos ni a la comunidad, debe ser considerado como una persona que no ha aceptado el evangelio y que debe ser evangelizada. Es también alguien por quien hay que tener compasión y a quien hay que tratar como Jesús trataba a los publicanos.

Un buen ejercicio sería buscar más implicancias de estas normas en nuestra propia vida en comunidad, frecuentemente caracterizada por la multiculturalidad.

Centralidad de lo sagrado

Generalmente pensamos lo sagrado como un espacio que evoca la presencia de Dios, como un templo o una capilla. Pero según las palabras de Jesús en este texto de Mateo, lo sagrado es más bien una relación establecida por un estar de acuerdo, con una interacción precedida por una reconciliación o un ambiente ausente de conflictos interpersonales.

Lo que acontece previamente, en todo el capítulo 18, da fuerza a este “lugar” de la presencia de Dios: una manifestación comunitaria de lo sagrado, precedida por el perdón.

Era común observar este tipo de reglas para resolver conflictos y reprender a los miembros de una comunidad. El líder o autoridad, según estas reglas, ostentaba el poder disciplinario (véase Mateo 18:12–14). Sin embargo, en nuestro texto no se requiere la mediación de una autoridad de este tipo. Hay una simpleza que no requiere que se detallen diferentes sanciones en el proceder disciplinario. Se invita a las partes a resolver la afrenta en privado. Solo en caso de que no se tenga éxito en lograr la reparación, se debe buscar ser escuchado en presencia de dos testigos. Y si no se puede resolver con testigos, se debe acudir a la comunidad. No a un líder o un grande; estos no aparecen en la escena como mediadores o jueces.

A la luz del contexto, el ofendido y la comunidad deben aplicar la enseñanza de Mateo 18:10–14 y actuar como el pastor que va por la oveja perdida. Toda la comunidad asume la identidad pastoral del cuidado y la restauración.

El ejemplo del pastor, el último en la escala social de la época, es un golpe a quienes preguntaban, ambiciosamente, por el más grande (Mateo 18:1). Se proscribe la venganza y se prescribe la misericordia.

Finalmente, podemos concluir con la invitación a considerar la fragilidad como lugar teológico y eclesial, con una lógica restauradora y no condenatoria. El realismo de la vulnerabilidad de los discípulos emerge como una oportunidad para ejercer la misión reconciliadora y tener la bendición de Dios manifestada en relaciones rehabilitadas desde el intento, si, como dice el texto “dos de vosotros se ponen de acuerdo” (v. 19).

Para ponerse de acuerdo, quienes están enemistados o divididos por sus diferencias culturales, étnicas u ideológicas deben asumir “una identidad cruciforme.”


Notas

  1. José Luis Sicre, El Evangelio de Mateo, un drama con final feliz. Navarra: Editorial Verbo Divino, 2019.
Ceiling, Salzburg Cathedral
Ceiling, Salzburg Cathedral. Image by Marco Sacchi via Flickr; licensed under CC BY-SA 2.0.

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