Tercer domingo después de Pentecostés

La fragilidad como lógica de la misión

Domenico Ghirlandaio's
Image: Domenico Ghirlandaio, Detail from "Calling of the First Apostles," 1481. via Wikimedia Commons.

June 14, 2026

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Comentario del San Mateo 9:35—10:8 [9-23]



La imagen de las ovejas nos resulta siempre conocida y actual. Forma parte de la memoria espiritual de Israel y evoca a un pueblo tantas veces abandonado por quienes debían cuidarlo. Los profetas la habían utilizado para denunciar a dirigentes incapaces de proteger, orientar y sostener a la comunidad (Números 27:17; Jeremías 23:1–4; Ezequiel 34:1–10). Por eso, cuando Mateo evoca las palabras de Jesús, recurre a esta imagen para describir a las multitudes sumidas en una profunda crisis de cuidado, liderazgo y acompañamiento.

Mateo habla de gente lastimada, cansada y vulnerable ante quienes Jesús responde con entrañable misericordia. Su mirada se detiene en el sufrimiento humano y percibe una necesidad urgente de cuidado (9:36). La compasión aparece aquí como una manera de situarse ante la realidad. Jesús ve rostros concretos, historias concretas y heridas concretas. Y desde esa mirada comienza a gestarse una respuesta.

Una comunidad para sanar la vida

Sin embargo, la compasión de Jesús no permanece en el terreno de los sentimientos. No se limita a lamentar el sufrimiento de las multitudes. Jesús transforma esa compasión en una respuesta concreta. Por eso habla de una cosecha o mies abundante y de la necesidad de obreros (9:37–38). Lo que contempla no es solamente el dolor de la gente. También percibe la urgencia de acompañarla, cuidarla y devolverle esperanza.

La respuesta de Jesús resulta sorprendente. No organiza una estructura poderosa ni concentra toda la tarea en sí mismo. Convoca a una comunidad para compartir la misión (10:1). La compasión se convierte en acción organizada. El sufrimiento humano deja de ser observado desde la distancia y comienza a asumirse como una responsabilidad compartida.

Mateo conserva la lista de los doce apóstoles (10:2–4), todos ellos varones. Sin embargo, los evangelios permiten reconocer la presencia activa de mujeres discípulas que acompañaron el ministerio de Jesús, sostuvieron la misión y permanecieron fieles incluso cuando muchos de los discípulos varones habían desaparecido de la escena. Como ocurre tantas veces en los textos antiguos, algunas presencias fueron invisibilizadas o quedaron en segundo plano. Reconocer esta realidad permite percibir dimensiones de la comunidad de Jesús que no siempre quedan reflejadas explícitamente en los relatos.

El énfasis principal del pasaje no recae en establecer una lista exhaustiva de quienes participaron en la misión, sino en la forma en que Jesús responde a la necesidad que tiene delante. Lo importante aquí es que convoca a una comunidad de seguidores y seguidoras para participar en la tarea de sanar la vida.

Quienes son llamados/as no aparecen como personajes extraordinarios. Son personas comunes, con historias diversas, fortalezas y limitaciones. Ninguno parece reunir las credenciales que normalmente esperaríamos para una tarea tan importante. Jesús no espera que tengan todas las respuestas ni que hayan resuelto todas sus contradicciones antes de enviarlos. Les llama en medio de la vida real, con búsquedas todavía abiertas y aprendizajes aún pendientes. La misión comienza mucho antes de que alguien se sienta plenamente preparado/a para ella.

Sanadores heridos

Las instrucciones que Jesús da a quienes envía resultan tan desafiantes hoy como entonces. No deben llevar dinero, provisiones ni seguridades adicionales para el camino (10:9–10). Deben salir dependiendo de Dios y de la hospitalidad de quienes encuentren a su paso. Jesús envía a sus discípulos y discípulas con aquello que ya son y pueden ofrecer, y les invita a descubrir que la misión se sostiene tanto en los dones que llevamos como en la hospitalidad que recibimos en el camino.

Estas palabras cuestionan una cultura que busca garantizar resultados mediante el control, la autosuficiencia y la acumulación de seguridades antes de emprender cualquier tarea. Jesús parece enseñar que la misión no encuentra su fuerza principal en los recursos disponibles sino en la confianza. Los discípulos y las discípulas son enviados/as ligeros de equipaje para aprender a depender de Dios y recibir de los demás.

Las instrucciones de Jesús recuerdan la imagen del “sanador herido,” desarrollada por Henri Nouwen a partir de una intuición ya presente en Carl Jung. Quienes son enviados/as por Jesús no poseen todas las respuestas ni han resuelto todas sus contradicciones. Son discípulos y discípulas que aprenden a confiar en Dios en medio de sus propias fragilidades. Quizá por eso pueden acompañar a otras personas con humildad, cercanía y compasión.

Y esa fragilidad no es un obstáculo para la misión, sino parte de su propia lógica. Jesús no envía a sus discípulos y discípulas desde una posición de fuerza, seguridad o autosuficiencia. Los envía necesitando de otras personas. Necesitarán alojamiento, alimento y acogida. Tendrán que confiar en Dios y dejarse sostener por la hospitalidad de quienes encuentren en el camino.

La misión no aparece aquí como una actividad realizada desde arriba ni como el despliegue del poder de unos sobre otros. Se construye desde la reciprocidad, la confianza y el cuidado mutuo. Quienes anuncian el Reino también necesitan abrirse a la experiencia de ser sostenidos/as, acogidos/as y transformados/as por quienes encuentren en el camino. Quienes son enviados/as a sanar la vida descubren que ellos/as mismos/as reciben cuidado, hospitalidad y aprendizaje de las personas a quienes han sido enviados/as. Aprenden a confiar en Dios y en las personas con quienes comparten el camino.

Así Jesús responde a un mundo herido: convocando personas que también conocen la fragilidad humana. Son seguidores y seguidoras que caminan junto a otras personas vulnerables y construyen comunidades que sostienen, acompañan y devuelven esperanza.

Quizá por eso este evangelio conserva una vigencia tan sorprendente. Las multitudes que conmovieron a Jesús siguen estando entre nosotros y nosotras. Muchas personas experimentan abandono, soledad, exclusión o pérdida de sentido. Y Jesús continúa llamando personas para participar en la tarea de sanar la vida (10:7–8).

La respuesta de Jesús sigue siendo la misma: la fuerza de la misión nace de la compasión, se sostiene en la confianza y se realiza a través de personas vulnerables que caminan junto a otras.

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Ceiling, Salzburg Cathedral. Image by Marco Sacchi via Flickr; licensed under CC BY-SA 2.0.

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