Comentario del San Mateo 4:1-11
¿Quién no ha experimentado una tentación? Está en el centro de la experiencia del ser humano desear algo que no debe tener o querer hacer algo que no debe hacer. Aún más, es natural caer en tentación—obedecer el deseo a pesar de toda intención de resistirlo. Todos nosotros/as, en un momento u otro, hemos confesado con Pablo: “Lo que hago, no lo entiendo, pues no hago lo que quiero, sino lo que detesto, eso hago” (Romanos 7:15).
Descubrimos en esta lectura que Jesús, por su naturaleza humana, experimentó la tentación. Pero, por su naturaleza divina, no cayó en tentación, sino que logró resistirla. Cuando hemos experimentado los resultados interiores y exteriores de caer en tentación, anhelamos saber cómo Jesús se defendió contra la tentación y si hay algo que podemos aprender de esta historia.
Primero, notamos que experimentar la tentación fue la voluntad de Dios. El Espíritu Santo le llevó al desierto para este propósito. No debemos sentir vergüenza porque experimentamos tentación. Al contrario, puede resultarnos beneficioso.
Segundo, escuchamos en las tres tentaciones ecos de la tentación de Adán y Eva y de la tentación del pueblo de Dios en el desierto después de haber huido de Egipto. Notamos en las tres historias que lo deseado no fue nada que fuera esencialmente malo. La primera tentación de Jesús fue la de comer cuando tuvo hambre. Claro que todos/as nosotros/as necesitamos comer. Es pura bendición cuando se puede satisfacer el hambre. El pueblo de Israel en el desierto tuvo hambre igual que Jesús. ¿Quién no puede empatizar con ellos?
La segunda tentación de Jesús fue pedir protección de Dios, de una manera en que pudiera mostrarnos la intimidad de su relación con Dios. ¿Quién no quiere protección del peligro? Si uno es parte de un grupo colonizado y al que se le atribuyen cualidades e intenciones malas, si uno ha experimentado la falta de respeto, ¿qué tiene de malo que quiera mostrar su valor de una manera en que todo el mundo pueda reconocerlo?
La tercera tentación de Jesús fue la de recibir poder y dominio sobre todas las cosas. Adán y Eva quisieron un tipo de poder por medio de la sabiduría. ¿Quién no quiere la sabiduría? La capacidad de discernir entre el mal y el bien ciertamente es un tipo de sabiduría que se necesita para cumplir con la vocación de dominar y cuidar la naturaleza. Y el poder, en el diccionario Western, es la capacidad de actuar o influenciar a otros a actuar. ¿Quién no quiere eso?
El diablo ofreció a Jesús protección, una confirmación delante del pueblo de su identidad y el poder sobre todas cosas. La verdad es que el destino de Jesús fue tener todo eso: “Esta fuerza operó en Cristo, resucitándolo de los muertos y sentándolo a su derecha en los lugares celestiales, sobre todo principado y autoridad, poder y señorío, y sobre todo nombre que se nombra, no sólo en este siglo, sino también en el venidero” (Efesios 1:21). El diablo sabía que todos estos beneficios habían sido prometidos y serían otorgados en la Palabra de Dios. El problema con las tentaciones no fue que Jesús no debía tener acceso a todos estos beneficios; al contrario, debía tener acceso a ellos cuando y como Dios quisiera.
Cuando mi hija era pequeña, la encontré un día tratando de abrir manualmente los pétalos de una rosa y queriendo forzarla a florecer. Empezó a llorar y me preguntó: “Mami, ¿por qué no pude abrir la rosa? ¿Por qué se murió cuando traté?” Yo le respondí: “Porque no había llegado todavía la hora en que tenía que abrirse. Al tratar de abrir la rosa antes del tiempo indicado, la mataste.” En Caná de Galilea, cuando la mamá de Jesús quiso que produjera vino para la boda, al principio le dijo: “Aún no ha llegado mi hora” (Juan 2:4).
Hay un tipo de danza folclórica en los Estados Unidos en que la gente hace una variedad de pasos rápidos y complicados. La única razón por la que los/as bailarines/as pueden hacer todo eso sin chocarse es que hay alguien enfrente que anuncia los pasos siguientes, así todos/as escuchan y pueden saber cuándo es su momento para entrar y qué movimientos tienen que hacer. Si no fuera por la persona que hace esos anuncios, la danza sería un caos.
Dios es el gran locutor; ordena todas las cosas para crear armonía. Hemos sido creados/as para vivir en comunión y comunidad, atentos a su voz. Jesús aprendió en el desierto a escuchar y prestar atención a la voz de Dios a pesar de sus propios deseos, confiando en que Dios quiere lo mejor para sus hijos/as y sabe lo que necesitamos para alcanzar la vida abundante. No por nada, en La Libertad del cristiano Martín Lutero define el pecado como la falta de confianza en Dios.[1]
Podemos resistir la tentación cuando confiamos en que vale la pena porque Dios nos brindará lo que necesitemos en el tiempo apropiado. Suena fácil, pero no es nada fácil. No tenemos la suficiente fe. Pero cuando fijamos nuestra mirada en Jesús, podemos seguirle, como nuestro hermano mayor, por el camino bendecido. Y cuando no podemos ni caminar, como nuestro Señor y Salvador, él nos lleva en sus brazos hacia nuestro destino.
[1] Lutero, Martin. 1520. La Libertad del Cristiano. Escritos Reformistas de 1520. México: Secretaría de Educación Pública, 1988. La teología del Martin Lutero sobre el pecado permea el documento; está reflejada en cada página.



February 22, 2026