< November 07, 2010 >

Comentario del San Lucas 6:20-31

 

"El Reino del Revés" es el nombre de una conocida canción infantil de la cantautora argentina María Elena Walsh, pero también puede aplicarse al sermón del llano en el que Jesús proclama como dichosos a los pobres, a los que tienen hambre, a los que lloran y a los que son objeto de odio, expulsión, insultos y desprecio.

El Reino del Revés
Si tuviéramos que hacer nuestra propia lista de dichosos, seguramente mencionaríamos a los ricos, a los que tienen las panzas llenas, a los que muestran sonrisas de oreja a oreja, a los famosos. Pero no puede ser casualidad que Jesús omita a los ricos, a los satisfechos, a los triunfadores. Jesús rechaza de manera frontal la ideología que confunde y justifica la riqueza como señal de bendición divina, y la pobreza como un castigo.

En contraposición a tantos profetas de la prosperidad y consoladores molestos, Jesús reivindica a aquellos que no tienen ganas de celebrar nada ni tienen ganas de reírse ni tienen abundancia. Las bienaventuranzas de Jesús siempre han resultado desconcertantes e inquietantes para quienes se creen fuertes y suponen que están al resguardo de todos los males, al menos si es que las escuchan.

Porque en los ayes que siguen a las bienaventuranzas, Jesús parece decir que el que se cree fuerte es en realidad un pobre desgraciado que sufre una carencia importante. Tiene una tendencia a desarrollar una peligrosa carencia visual que le impide ver que necesita a Dios y a los demás, una carencia auditiva que le impide escuchar la palabra de Dios y las demandas de los demás, un defecto del habla que le impide rezar y alabar a Dios y formular sus peticiones a los demás, un defecto en el momento de la acción que le impide hacer el trabajo que Dios manda. El que se cree fuerte es un pobre desgraciado que supone que se basta a sí mismo y que no necesita ni a Dios ni al prójimo.  

En cambio las bienaventuranzas siempre han infundido esperanza y energía en los oprimidos y perseguidos. Han causado una fuerte impresión en todos los tiempos y lugares en que de verdad han sido escuchadas. Hasta es maravilloso que podamos volver a escucharlas hoy. El hecho mismo de que podamos escucharlas puede ser interpretado como una señal de que no está todo perdido

El Día de Todos los Santos
En este día, el 1º de noviembre, en la iglesia católico-romana se celebra a todos los santos que no tienen su propio lugar en el santoral pero que no obstante vivieron una vida ejemplar como cristianos y están en condiciones de interceder ante Dios por nosotros, que por causa de nuestras fallas y pecados no tenemos el mismo acceso directo y privilegiado a nuestro Señor. A su vez el 2 de noviembre para la iglesia católico-romana es el Día de Todos los Fieles Difuntos, en que los cristianos podemos ayudar a los difuntos a reducir sus penas y acelerar su paso al cielo mediante la oración, los actos de caridad, las obras de misericordia y la participación en la misa.

Para los luteranos el Día de Todos los Santos está emparentado con las dos celebraciones católico-romanas mencionadas arriba. Porque es un día en que recuerdan a todos los muertos. Y no necesitan rezar para que salgan del purgatorio. Confían en que están en las manos de Dios y le dan gracias porque todos ellos siguen siendo parte de sus vidas y contribuyen a darles contenido y sentido. Y además todos ellos son santos, no porque hayan sido personas sobresalientes, sino porque los luteranos están convencidos de que Dios los ama a todos y a todas y se los manifestó a cada uno en el bautismo.

Propuesta para el sermón
Me parece oportuno que en el Día de Todos los Santos tengamos que preguntarnos qué es lo que nos hace dichosos. Cada uno tiene una historia y está en deuda con quienes nos precedieron. Nuestro amor no pudo evitar la muerte del ser querido, pero la muerte no puso fin al amor. El amor sobrevive a la muerte del ser querido a través del pesar y la añoranza. Y el dolor de algunas personas es a veces tan grande no debemos defender ni justificar a Dios, sino que sólo podemos reclamar junto a ellas diciendo "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" (Mt 27:46).

A su vez el dolor de la pérdida de un ser querido puede hacernos personas más verdaderas. El hecho de que la pérdida nos haga tocar fondo nos da mayor "profundidad". El hecho de que nos haga descubrir lo ligados y atados que estamos a otras personas y lo malo que sería llegar a la conclusión de que es mejor estar solos nos da mayor "anchura". Y el hecho de que en la pérdida indefectiblemente preguntemos por Dios nos da mayor "altura". Sin estas pérdidas, que son inevitables en la vida, correríamos el riesgo de ser nada más que torsos. Sin cabeza para pensar porque no habríamos aprendido a ponernos en el lugar de otros. Sin brazos para hacer el bien a los otros porque no sabríamos lo que se siente al sufrir una pérdida. Y sin piernas para echar a correr, porque no podríamos ver que otros necesitan que vayamos en su socorro.

La verdadera dicha se corresponde mucho más con el listado de las bienaventuranzas de Jesús de lo que imaginaríamos en un primer momento. No se trata de eludir sino de afrontar los pesares, los dolores y las pérdidas que se crucen por nuestro camino como el precio que a veces hay que pagar por vivir de verdad y por comprometernos en serio en relaciones de amor con otras personas.

Y si bien lo más importante es vivir esta vida como Dios manda, la muerte no tiene la última palabra. También nosotros un día estaremos en el cielo y alabaremos y daremos gracias a Dios por la eternidad en compañía de todos nuestros hermanos y hermanas ya fallecidos.