< March 22, 2020 >

Comentario del San Juan 9:1-41

 

Ese personaje que no está…

Me gustaría dividir el texto en tres partes relacionadas con la dinámica ver-no ver. Según esta división notamos que la primera y la última parte es donde se ve a Jesús. La parte intermedia, el nudo, es donde Jesús desaparece.

Creo interesante remarcar que esta estructura es muy similar al libro de Job. En esa narración también se da esta trilogía. Hay un Dios presente (Job 1:6-2:7), luego una gran ausencia donde los personajes (Job y sus amigos) hablan sobre el ausente (Job 2:8-37:24) y, finalmente, Dios vuelve a aparecer (38:1-42:9).

Creo que podemos ubicar nuestra existencia en este segundo momento, donde hablamos de Jesús, pero no lo tenemos concretamente entre nosotros/as. Veamos entonces…

Primera parte: ¡Yo soy la luz! (vv. 1 al 7)

Jesús acá se muestra con toda claridad, aparece en su relación con la enfermedad, en su relación con el pecado, y en su relación con el bienestar del ser humano. De hecho, es aquí donde Jesús pronuncia una de las frases que conocemos como los “Yo soy.” En este caso “Yo soy la luz del mundo.”

Esta forma literaria y artística de trabajar las palabras nos está volviendo al capítulo 1 de Juan donde se hablaba de la luz y las tinieblas. Juan seguirá modelando palabras, ideas, conceptos a lo largo de todo su evangelio.

Un credo, un milagro, una duda respondida son los elementos que conforman este primer momento. Uno de los personajes, el ciego, es curado.

Si tuviéramos que recordar y comparar con el relato de Job, este es el momento en que Dios y el Tentador dialogan y nosotros/as sabemos de ese diálogo por ser observadores/as omniscientes. Mientras que en el relato de Juan, el ciego es ahora vidente, en el caso de Job, el primer cuadro termina con un cambio inverso al ciego. Pero, en definitiva, se trata para ambos de un cambio social y físico. Tanto Job como el ciego se ven a sí mismos transformados. Uno para mal, otro para bien. Sin embargo, socialmente ambos cambios serán fuertemente resistidos.

Segunda parte: ¿Jesús? ¿Qué Jesús? (vv. 8 al 34)

El segundo cuadro tendrá la impresionante característica de que Jesús estará ausente. Todo lo que podrá ser conocido sobre Jesús será a través de las creencias de los personajes que entrarán en escena.

En un primer momento serán los vecinos y conocidos quienes indagarán (vv. 8-12). Las búsquedas estarán relacionadas con saber si ese personaje, ex ciego, era o no ese ciego. La ceguera era lo que le daba la personalidad, ahora trastocada. Este primer momento queda cerrado con la ausencia manifestada: “‘¿Dónde está él?’ Él dijo: ‘No sé’” (v. 12).

En un segundo momento se busca a los intelectuales (vv.13-34). Los fariseos serán quienes supuestamente más datos pueden aportar sobre este suceso sobrenatural y, a través de su creencia, dictarán lo que debe entenderse. Y lo que no.

Tal vez este sea el momento con más información narrativa. No hay otra posibilidad de acercarse al ausente. Quedan dos caminos, según lo que nos va a mostrar el texto en este segundo momento: el camino de lo que sabemos (fariseos) y el camino de lo que vivimos (el ciego). Estos dos caminos se van a poner en una oposición radical, de modo que aquello que sabemos no puede explicar lo que vivimos. Este es el gran momento de la narración, el gran momento en donde el que está ausente puede llegar a estar presente por el credo de los fariseos o por el testimonio del ex ciego. Pareciera que esta oposición es la central en todo el relato.

Si volvemos a Job, es aquí donde Job queda en medio de su desgracia, a merced de sus amigos y sus increíbles locuciones teológicas. Pero Job, una y otra vez, hará estallar esas disquisiciones teológicas con su experiencia existencial. Nada más parecido al ciego que no puede aceptar la explicación teológica farisea porque, simple y sencillamente, no explica su existencia concreta.

Tercera parte: Jesús y la ceguera (vv. 35 al 41)

Job es hallado por Dios. El ex ciego es encontrado por Jesús. El gran ausente ahora vuelve a hacerse presente.

El ex ciego ahora se encuentra viendo al que no había visto. Al que sólo pudo referir a través de la experiencia de su propia existencia. Ahora lo tiene frente a frente. Y en ese momento cree en Jesús, manifiesta que cree en Jesús como Hijo de Dios, y lo adora.

Este último acto tendrá dos salidas. Por un lado, el ex ciego puede seguir a Jesús por lo que él hizo en su vida. Por otro lado, los fariseos sólo pueden tener afirmaciones sobre Jesús desatadas de la vida cotidiana y concreta.

En realidad, el texto sigue. Nuestro corte tiene que ver con una cuestión de calendarios litúrgicos, pero no podemos dejar de señalar que hay un discurso de Jesús que se inicia en el el v. 41 y que termina en el v. 18 del capítulo siguiente, provocando la reacción de algunos: “¿Puede acaso el demonio abrir los ojos de los ciegos?” (Juan 10:21). De modo que el seguimiento por la voz, el reconocimiento de los buenos pastores, no puede desatarse de este relato del capítulo 9. Pero esto será para otro momento…

Reflexión

Hoy en día vivimos en la parte media de la narración: Jesús no está entre nosotros/as físicamente. Entonces lo declaramos, lo anunciamos, lo defendemos, según lo que hemos aprendido. Hoy en día no es difícil leer y escuchar a quienes anuncian a un Jesús excluyente, a un Jesús que condena. Las declaraciones sobre Jesús se han multiplicado muchísimo.  

Tal vez la pregunta hoy es reconocer qué significa Jesús en nuestra vida. ¿Cómo hemos sido transformados/as por él? ¿Cómo hoy innumerables situaciones sociales, humanas, concretas y cotidianas llaman a volver a pensar en un Jesús sencillo y humilde que lucha por los/as más pobres, los/as marginados/as?

Nuestras afirmaciones teológicas tienen que ser re-visadas constantemente a la luz de ese primer momento donde Jesús efectivamente estuvo. Pero también a la luz de nuestra realidad concreta actual. Nuestra afirmación teológica debe volver a leer el texto, experimentar a Jesús en la vida y actuar por los marginados. Una vez más.