< July 21, 2019 >

Comentario del San Lucas 10:38-42

 

Marta y María son las hermanas de Lázaro; los tres son amigos íntimos de Jesús.

Ellos viven en Betania, una aldea cercana a Jerusalén. Los evangelios no dan mucha información sobre esta familia. No sabemos si Jesús anunció su llegada o llegó de imprevisto; tampoco nos dice el pasaje si llegó solo o con sus discípulos; algunos sugieren que además de los discípulos, le acompañaba un grupo de mujeres. De haber llegado acompañado, Marta y María tendrían una gran cantidad de personas para atender. Si Jesús anunció su llegada, la comida debía estar preparada o ya casi lista.

La hospitalidad oriental enseñaba que un invitado especial debía ser recibido con un beso y que luego había que quitarle las sandalias, lavarle los pies y ungir su cabello (Lucas 7:44-46). El alojamiento y la comida debían ser impecables. La descortesía de no atender debidamente a un invitado se interpretaba como una irreverencia. Marta quería agradar a su amigo y por eso se esforzó en preparar un gran banquete; es probable que María le ayudara antes de la llegada del maestro. Jesús buscaba el sosiego de encontrarse en un lugar amigo, pues había tensión dentro de él; la cruz estaba por delante y necesitaba tranquilidad.

Durante los preparativos de una cena, fiesta, evento o celebración, el objetivo primordial es agradar a los y las asistentes. Tal suele ser nuestra preocupación que intentamos no descuidar ningún detalle; nuestra idea es que todos/as disfruten y salgan satisfechos/as. Eso nos hace grandes anfitriones y trae prestigio. Marta conocía la importancia de ser una buena anfitriona y aunque Jesús era su amigo, no era una excusa para no proporcionarle todo lo que demandaba el protocolo. Ella estaba al pendiente de cada detalle y se molesta porque en un momento dado, María descuida sus labores domésticas y se sienta a los pies de Jesús.

El problema no es que Marta se preocupe por cada detalle, sino que esa preocupación la lleva a afanarse y por lo tanto a estresarse; al estar estresada toma una actitud negativa ante Jesús y  María. Llegó a tal grado su molestia que se atrevió a culpar indirectamente a Jesús cuando le preguntó: “¿no te parece injusto que mi hermana esté aquí sentada mientras yo hago todo el trabajo?” (v. 40 según la Nueva Traducción Viviente NTV). En otras palabras, lo que le pregunta es: ¿podrías dejarla un tiempo libre para que vuelva a las tareas domésticas? Marta finaliza la increpación a Jesús con un “Dile que venga a ayudarme” (v. 40 según la NTV), es decir, reconoce que Jesús tiene la autoridad ante María y que esta, quizás por vergüenza, no había querido dejarlo solo.

Jesús responde amorosamente a Marta haciéndole saber que tanto preparativo no es necesario para demostrarle su afecto. El afanarse ha provocado que Marta se distraiga, es decir, que pierda de vista lo que es importante. Esa distracción lleva a la preocupación. Jesús le manifiesta que con preparar un solo plato bastaba. Además, haciendo referencia a la comunión que María estaba teniendo con él, Jesús agrega que María ha escogido la mejor parte.

Cuando buscamos agradar a alguien debemos pensar primero en sus necesidades; no en lo que nosotros/as suponemos que son sus necesidades. He aquí la importancia de diferenciar lo prioritario de lo urgente. Para Marta era urgente preparar la comida; para María era prioritario atender debidamente a Jesús. Una actividad se convierte en urgente cuando la hemos aplazado por diversas razones o cuando suceden imprevistos, tal como sucedió en la visita de Jesús. Llevar a cabo estas actividades provoca estrés porque el tiempo límite para realizarlas está sobre la persona y ello conduce al desasosiego, lo cual queda demostrado en el caso de Marta. Una tarea es prioritaria o importante si las consecuencias de no realizarlas afectan nuestro diario vivir, es decir, si tienen una consecuencia trascendental, y esto es lo que nos deja ver la actitud de María en este pasaje. Marta se concentra en lo urgente, mientras que María lo hace en lo prioritario.

En esta sociedad acelerada, absorbente, en donde todo es presentado como prioritario, el Señor nos dice: “[debemos reemplazar el nombre de Marta por nuestros propios nombres], afanado/a y turbado/a estás con muchas cosas” (v. 40). Observemos que el afán conduce a la turbación, es decir, se pierde la perspectiva de lo que nos rodea y nos centramos en una sola actividad, como si de ello dependiera nuestra vida. Jesús nos llama en cambio en el texto de hoy a entrar en sosiego e interesarnos por lo que vale la pena, como también lo hace en el Sermón del Monte (Mateo 6:25-34).

Marta es nuestro paradigma para identificar algunas causas que producen afán y turbación. Entre ellas podemos mencionar:

  1. La situación económica que no permite cubrir las necesidades básicas de la persona y de aquellos/as que dependen de él/ella, generalmente provocada por la escasez o falta de trabajo.
  2. La formación de una familia y la crianza de los hijos, que producen ansiedad por los valores y principios morales que se esgrimen en la actualidad, a lo que se le suma la sensación de un futuro incierto.
  3. Los diversos problemas sociales que afectan la paz, seguridad y oportunidades de alcanzar otro estatus, provocando el aumento de enfermedades, entre ellas la llamada enfermedad del siglo, el estrés.
  4. La religiosidad imperante en algunos grupos, en donde se exige el cumplimiento de cargas pesadas a los/as fieles con el objetivo de agradar a Dios y a sus líderes, olvidando el precioso regalo de la gracia.
  5. Los pecados ocultos que afectan no solo espiritualmente sino también en lo físico, manifestándose en algunas ocasiones a través de úlceras, dolores, ansiedad, depresión y todo tipo de enfermedades psicosomáticas.
  6. El mantener un estilo de vida no acorde a los ingresos, por la demanda social que exige aparentar y ganar el favor y admiración de la sociedad, etc.

El afán y la turbación no traen nada positivo a la persona, así que sugerimos mantener un enfoque correcto sobre las diversas situaciones que presenta la vida. De lo contrario, se sufrirán graves consecuencias, como las de llegar ser adictos/as al trabajo o al activismo, confundiendo lo urgente con lo prioritario. Cuando se olvida que el afán y la turbación son contrarios a los principios del reino, se vive sin disfrutar la vida, bajo el dominio del temor y sufriendo de enfermedades reales o imaginarias.

A manera de conclusión, cerramos con la frase de Corrie Ten Boom: “La preocupación no elimina el dolor del mañana sino que elimina la fuerza del hoy.”