< May 05, 2019 >

Comentario del San Juan 21:1-19

 

Han pasado dos semanas en la vida de la iglesia desde el domingo de la pascua.

Llegamos a la última escena del evangelio de San Juan. Después de contar tantos milagros, señales y testimonios con muestras proféticas y palabras llenas de vida, el evangelio concluye con una escena cotidiana: un desayuno en la playa del Mar de Tiberias.  

Para los discípulos, han pasado tal vez menos de dos semanas desde que vieron a Jesús crucificado y resucitado, y desde que recibieron el Espíritu Santo y fueron enviados por Jesús (20:21-22). Pero el trabajo no espera ni para llorar ni para celebrar. Hay que comer. Pedro, líder en casi todo, declara que va a pescar. Vuelve a lo de siempre, lo conocido. No ha cambiado de labor por haber sido enviado por Jesús la semana pasada. Una vocación nueva empieza por pasos, como el entendimiento a través de la conversación en este evangelio. 

Acompañando a Pedro, los discípulos vuelven a su trabajo de siempre. Se levantan muy temprano, casi de noche, y bajan a la orilla donde estaba su barco. Preparan sus redes y se lanzan al mar. Pasan las horas sin mordisco. “No pescaron nada” (v. 3). Así es con la labor manual—mucho esfuerzo físico y después, esperar y esperar. Hacen otro intento. Y otro. Pasa la noche entera y continúan sin pescar nada hasta que llega Jesús al amanecer (v. 4). Jesús les hace tener éxito. Con la abundancia de la captura, Jesús demuestra otra vez más que desea con su Padre que sus ovejas florezcan (21:6).  

Como pasó en la carrera hacia el sepulcro el día de la resurrección, el discípulo a quien Jesús amaba reconoce a Jesús primero (v. 7a). Pero Pedro se tira al agua, y como deja a todos los demás en el barco terminando el trabajo de llevar los peces, es el primer discípulo en llegar a la orilla donde está el Señor (v. 7b). Ambos ejemplos de fe—el de quien reconoce a Jesús por sus milagros y el de quien se tira al agua por Jesús con toda su pasión—tienen su lugar en la comunidad que ha formado Jesús. 

En la playa, Jesús cocina para ellos. Les provee pescado y pan—no del trabajo de ellos, sino de la providencia suya. También se ocupa de que haya brasas calientes en la arena y les ofrece un descanso a los pescadores después del trabajo de la noche hasta el amanecer. ¿Será qué Jesús les ha preparado el camino y la captura de personas, como les ha preparado la captura de peces? Cocinar es un acto cotidiano, normal, regular. Es como si fuera un día como cualquier otro, sin haber pasado por la violencia, el terror, la pena y la pérdida, ni tampoco por la sorpresa, la esperanza, la celebración y la gloria. Unos pescadores y su señor en la orilla compartiendo el desayuno. 

Esta última aparición de Jesús a los discípulos demuestra, otra vez, la abundancia de los dones de Dios a sus amados. Jesús les provee “una gran cantidad,” una “red llena de peces” (vv. 6, 8), igual que con el primer milagro en Caná, y con la alimentación de los 5 mil. De la captura, los siete discípulos pescadores (21:2) traerán comida para compartir con los demás discípulos, o para vender en el mercado. Más tarde estos siete y muchos más traerán vida a todo el mundo por el amor compartido de Jesús.  

Tradicionalmente, el enfoque del capítulo 21 se centra en las tres preguntas de Jesús a Pedro. Las tres respuestas de Pedro, “Señor, sabes que te quiero,” pueden funcionar como la redención después de que Pedro negara a Jesús tres veces (18:25-27). Leído así, esta conversación es una oportunidad para Pedro de afirmar otra vez su amor a Jesús. Jesús le pregunta tres veces: “¿Me amas?” o “¿me quieres?” Y Pedro responde con sí, tres veces, igual que las veces que negó a Jesús. Pero hay otra manera de ver esta conversación sobre el amor y cómo amar a Jesús.  

Esta conversación enfocada en afirmar el amor de Pedro a Jesús demuestra cómo Pedro puede cumplir su vocación de ser enviado por Jesús en 20:21-22.  

Primero, Jesús llama a Pedro a ser un buen pastor como Jesús ha sido un buen pastor. Como ha demostrado Jesús, el buen pastor no pierde a ninguna de sus ovejas (10:11-15). En la playa, llama a Pedro tres veces con sus palabras: “Apacienta mis corderos,” “pastorea mis ovejas, y “apacienta mis ovejas” (vv. 15, 16, 19).  

Segundo, Jesús acaba de demostrar cómo ama un buen pastor. Jesús ha amado hasta el final, ofreciéndose por completo a sus discípulos. Es decir, ha amado hasta su muerte (13:1). Ahora Jesús le cuenta a Pedro que él, siguiendo a Jesús, también amará hasta el final, hasta su muerte. Alguien “te llevará a donde no quieras,” le dice (21:18). Es decir, Jesús manda a Pedro a seguir la manera en que Jesús ama: amar hasta el fin. 

Tercero, Jesús manda a Pedro con su “sígueme” (v. 19). Como en el contexto inmediato, están todos los discípulos alrededor de las brasas escuchando, allí en la playa, ese “sígueme” es una llamada a todos los discípulos sentados o parados “después de comer” (v. 15). En el contexto del evangelio, ese “sígueme” llama a los/as oyentes del evangelio de San Juan en los finales del primer siglo. Y en el contexto de la liturgia de hoy, el “sígueme” nos llama a nosotros/as a amar como Jesús, hasta el final.  

¿Por qué localizar la llamada a los pescadores al final del evangelio y no al principio?1 En los sinópticos, la llamada a los pescadores, “sígueme,” ocurre al principio del ministerio de Jesús. Aquí no. Kim escribe que poner la llamada de Pedro y los otros pescadores al final del evangelio demuestra que la llamada a ser discípulo de Cristo no es una cuestión de fe humana. Seguir a Jesús es una cuestión del amor de Jesús. Y Jesús demuestra su amor en su enseñanza, sus oraciones, sus señales, su testimonio, y su muerte y resurrección a través de su ministerio. Visto así, seguir a Jesús es la respuesta que da el discípulo después de conocer la totalidad del amor de Jesús, no antes. Y seguir a Jesús significa no solo ser discípulo/a, sino vivir el amor como él lo vivió, hasta el último respiro.2


Notas:

1. Sean Seongik Kim, “The Delayed Call for Peter in 21:19,” Neotestamentica 51.1 (2017), 41–63.

2. La exposición de este amor por Gail O’Day es linda e única. R. Alan Culpepper and Gail R. O’Day, The New Interpreter’s Bible, vol. 9: Luke to John (Nashville: Abingdon Press, 1996), 864.