< April 19, 2019 >

Comentario del San Juan 18:1-19:42

 

Las lecturas para el Viernes Santo no son fáciles.

El contexto cambia radicalmente en 18:1. Jesús ha terminado su discurso interpretando los eventos que vienen (14-16). Ha ofrecido una larga oración por sus discípulos (17). “Su hora” ha llegado (13:1) y Jesús sale a la calle con sus discípulos a cumplirla. A partir de este momento, la historia camina rápido e inevitablemente llegará a su culminación y consumación en la cruz (19:30).

Los eventos de “la hora” anticipada, según Juan, no son “una pasión” centrada en el sufrimiento de Jesús, como se la entiende tradicionalmente en la iglesia. Jesús no es víctima. Al contrario, Jesús tiene todo bajo su control. Todo el poder está en manos de su Padre, incluso el poder político de Pilato (19:11). Visto así, la interrogación, el abuso por los soldados, y la crucifixión son la primera parte de la “hora” de Jesús. Es decir, las lecturas de Viernes Santo son el comienzo de “la hora;” no el final. Sabemos que viene la resurrección seguida por la ascensión. Reconocemos que todo junto—crucifixión, resurrección y ascensión—son la exaltación y glorificación de Jesús (12:23, 32; 17:1). Nosotros/as, como Jesús, tenemos que pasar por esos mismos eventos para ver por completo que esta “hora” es el plan de Dios para amar al mundo.

Juan sincroniza los eventos del evangelio con los ritos de la Pascua para demostrar la identidad, el poder y el propósito de Jesús. Los eventos empiezan el jueves por la noche en un huerto con el arresto de Jesús. Es el comienzo del día de la preparación de la Pascua de los judíos (19:14). Siguen la interrogación y la condena, y en el viernes al medio día, crucifican a Jesús “cerca de la ciudad” (19:20), mientras sacrifican a los corderos en el templo dentro de la ciudad. Jesús es el “Cordero de Dios” (1:29). Y como los corderos en los ritos de la Pascua, Jesús es perfecto, sin mancha ni hueso roto (19:33). Hasta su túnica se queda entera (19:23), cumpliéndose la Escritura (19:36).

Y no solo perfecto. Jesús demuestra su control y su poder hasta el fin. Incluso, carga su misma cruz (19:17) como una muestra del poder que tiene. No obstante, como oyentes que miramos y experimentamos el Viernes Santo, es posible que, a pesar de la afirmación de que Jesús tiene todo bajo control y de que su ejecución es sólo el primer paso a su exaltación, nos sintamos incapaces de continuar escuchando esta historia tan difícil del evangelio. ¿Cómo hacemos para transitar los pasos del final del camino que nos conducen inevitablemente a la crucifixión de Jesús? Sentimos la tensión entre la resurrección que sabemos que vendrá y este momento presente del sufrimiento y dolor. En nuestras comunidades hemos perdido a jóvenes por tiroteos, por la actuación de la policía, por las redadas de ICE, por la actuación criminal de las bandas, por la violencia de armas en nuestras escuelas. La violencia que sufrió Jesús se repite en nuestras comunidades hoy. El simple hecho de leer juntos los textos de Viernes Santo puede reavivar los traumas sufridos por nuestras comunidades. Tenemos que reconocerlo si queremos ayudar a nuestras congregaciones transitar el camino del Viernes Santo acompañando a Jesús y sintiéndonos acompañados/as por él.

Al momento de salir al huerto, empieza la violencia, y Jesús sabe “todas las cosas que le habían de sobrevenir” (18:4). Dejamos el interior íntimo y seguro con Jesús cenando y rezando un largo rato con los discípulos. En 18:1, pasamos con Jesús a un huerto exterior con policía, espadas, un traidor que lo ha entregado (18:2) y otro que lo va a negar tres veces (18:17, 25, 27). Aunque toda la acción sucede en el transcurso de 24 horas, viene con cambios de escenario y de lugar rápidos, e incluye conversaciones confusas (18:19-24, 29-38). Desde el momento de su arresto, no hay espacio exterior o interior que sea seguro o sin violencia. Termina todo en otro huerto por la noche, con José de Arimatea “que era discípulo de Jesús, pero secretamente por miedo de los judíos” (19:38) y Nicodemo, un discípulo que solo visitaba a Jesús de noche (19:39). Apresuradamente y sin mucho rito, ponen al cuerpo de Jesús en un sepulcro nuevo porque estaba “cerca” (19:41-42).

El texto de Juan cambia de manera significativa después del discurso (14-16) que sigue al lavado de pies entre amigos (13). Primero, cambia el tiempo. Pasamos de un tiempo largo y sostenido de la enseñanza y oración de Jesús (14-17) a un tiempo corto con constantes cambios de acción y escenario (18-19). Cambia la forma de la narración. Pasamos de un largo discurso a unas cortas conversaciones con frases breves. En los capítulos 18-19, tanto la acción que relata Juan como las conversaciones se caracterizan por la brevedad, cambian rápidamente, siembran confusión, y reflejan la confusión de quienes están alrededor de Jesús: los discípulos, los soldados y el propio Pilato. También cambia el tono de la narración. Dejamos el cuarto íntimo del lavado y la enseñanza. Ahora, afuera y en público, las emociones de las personas que aparecen son extremas. Tenemos la negación vehemente de Pedro tres veces (18:17, 25, 27), el rechazo a Jesús expresado repetidamente y con enojo por parte de “los judíos” (18:39; 19:6-7, 15), la violencia sádica de la guardia (19:1-3), el momento íntimo de pérdida cuando Jesús le encarga el cuidado de su madre “al discípulo a quien él amaba” (19:25-27), y el desgajamiento de la familia sagrada por la muerte de un hijo inocente (19:30).

Juan afirma que Jesús está completamente en control de lo que le pasa. Pero para la comunidad de cristianos/as a quienes Juan escribe, la violencia que sufre Jesús estaba muy presente. Ellos sufrían persecución, violencia, juicios, y separación de familias como Jesús. Y debemos tener muy presente también que nuestras comunidades y nuestros vecinos están sufriendo hoy una violencia muy parecida por parte de las actuales autoridades. Hay familias que están siendo separadas en la frontera de los EEUU. Hay padres sin documentos que están haciendo planes para entregar sus hijos a otros familiares, tal como lo hizo Jesús de la cruz, por si acaso son deportados.

En las comunidades de color, el arresto, las bofetadas, las golpizas, la crucifixión y la muerte que sufre Jesús en manos de los oficiales de la ley, suenan como el sufrimiento que experimentan hoy jóvenes, mujeres y hombres negros en manos de una policía que opera dentro de una cultura de racismo que no hemos podido solucionar como país. La violencia que relata el evangelio justamente puede despertar el trauma experimentado por ciertas comunidades debido al racismo y el miedo al inmigrante.

El Viernes Santo es un día sagrado en el que la comunidad cristiana puede reconocerse en una gama de experiencias que va desde ser víctima de las autoridades, como lo fue Cristo, hasta ser participante en la violencia ejercida contra hermanos y hermanas, como lo fueron los líderes judíos.

Por eso, el cambio rápido de escenarios en el texto del evangelio para Viernes Santo nos ofrece un espejo. Un espejo que nos pone delante “la verdad” que busca Pilato (18:38). Aunque proclamemos nuestra inocencia y echemos la culpa a otros, somos responsables de la violencia y la muerte, no solo de Cristo, sino también de los inocentes crucificados hoy en nuestra sociedad. El espejo también nos ofrece un día sagrado y bendecido, en el que las comunidades y las familias pueden expresar y sentir el trauma que les ha estado afectando, que es agravado y aumentado por las malas noticias con las que constantemente son bombardeadas. En medio del dolor y el sufrimiento de familias traicionadas, quebradas y violadas por leyes y oficiales injustos, Jesús proyecta una calma. Jesús está completamente en control, aunque todo lo que está pasando alrededor suyo (y alrededor nuestro) no tenga sentido ni lógica. Cristo no nos salva del sufrimiento, pero sí está en medio de él y no nos va a dejar solos.

Siempre nace una familia nueva alrededor de una muerte traumática—es una verdad que conocen bien las comunidades que sufren la muerte de un hijo negro, la separación de familias inmigrantes, el tiroteo en una escuela como Parkland. A lado de la cruz, desde el trauma de la crucifixión, una familia nueva se forja por las palabras de Jesús. Delante de los soldados que le han crucificado, y un discípulo sin nombre, Jesús dice “Mujer, he ahí to hijo… He ahí tu madre” (19:26-27). Esta familia no está unida por lazos de sangre en el sentido biológico, sino por la sangre y el sufrimiento compartidos en Cristo. La integran quienes viven en los márgenes y sólo tienen a Dios para defenderse, mientras sufren la muerte inocente y la destrucción ocasionados quienes quieren una sociedad fundada en la violencia.