< April 18, 2019 >

Comentario del San Juan 13:1-17, 31b-35

 

La celebración de esta noche marca el inicio de la Pascua.

El tiempo cuaresmal ha llegado a su fin y hemos llegado al núcleo del cristianismo: la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús. Como según el concepto judío del tiempo, el día comienza con la puesta del sol, en la noche del jueves, ya estamos en el viernes, y justamente los días viernes (que comienza, pues, en la noche de lo que en Occidente todavía es jueves), sábado y domingo condensan lo que la antigua tradición cristiana denominó “Triduo Pascual.”1 No hay celebración más solemne. No hay expresión más plena del misterio de Dios que su “paso” (pesah) en medio de nosotros/as mediante la persona de Jesús.

El texto que hemos leído es el centro del evangelio según Juan. Lo que desde el capítulo uno se venía preparando, se hace presente acá en el capítulo trece. La venida del Hijo a este mundo llega al punto culminante aquí: Jesús sabía “que su hora había llegado” para pasar “de este mundo al Padre” (v. 1). La “hora” ha llegado, la Pascua se celebrará en breve, la cruz ya está aquí. Pero es en este momento de abandonar el mundo que Jesús establece una relación especial con sus discípulos: los “había amado” desde antes y los “amó” hasta el extremo, es decir, “hasta el fin,” su propio final (v. 1).

Antes de que esto pase, Jesús quiere bajarse lo máximo posible, quiere dar el ejemplo de lo que un/a seguidor/a suyo debe ser capaz de hacer si realmente ama “hasta el fin.” Lavar los pies de alguien, tanto en el mundo judío como en el greco-romano, es una actividad reservada a alguien inferior en la escala social: esclavos, mujeres, niños. Todos/as aquellos/as que eran considerados/as no-personas en el mundo mediterráneo demostraban su sumisión con este gesto hospitalario para huéspedes o visitantes. Lavar los pies simboliza servidumbre y esclavitud. De esta forma, aquél que viene de Dios, de lo más alto, se reduce a lo más mínimo, toca fondo, y lo hace por pura voluntad. Es aquí donde empieza su ascenso a Dios. Con este acto, Jesús subvierte valores, le da vuelta a lo que todo el mundo podría esperar de quien preside la mesa. Precisamente por eso Pedro no comprende. Su malentendido se expresa en tanto y en cuanto Pedro no puede aceptar que aquél a quien confiesa como Señor (kyrie) realice el oficio de un criado. Su visión de autoridad está centrada en el poder, pero allí no radica la autoridad para Jesús. Jesús invita a Pedro a comprender el gesto “después,” más tarde (v. 7). Dicho de otro modo, bajarse a lavar los pies es un símbolo de la cruz. Jesús se bajará hasta el punto de dar la vida por los suyos. Pero Pedro sigue sin entender; quiere bañarse hasta la cabeza (v. 9) porque comprende las cosas en códigos de pureza ritual y no en sentido relacional. Sólo quien acepta la muerte en la cruz puede ser discípulo/a y estar íntimamente relacionado/a con el Maestro. Una relación que implica imitación.

Imitar a Jesús es “lavar los pies” a los/as hermanos/as (v. 14). Jesús aclara esto al volver a la mesa. Se trata de un “[…] argumento a maiore ad minus: si el que posee la más elevada autoridad la ejercita lavando los pies de los discípulos, cuánto más aquellos que lo invocan deben imitar esta práctica.”2 La vida del cristiano es una imitación de Jesús y, si la vida de Jesús es una vida en donación, la existencia de sus seguidores solamente toma sentido en cuanto nos entregamos y amamos hasta el final. Valga esto para la labor de la iglesia. El gesto cristológico de lavar los pies ha devenido gesto eclesiológico al comprometer a los/as discípulos/as. La iglesia debe ser una casa de acogida, un lugar de encuentro y de puertas abiertas. Cuando en las comunidades de fe vemos relaciones de dominación y desigualdad, estamos frente a la antítesis del Jueves Santo. La iglesia debe ser la primera servidora y, así, lavarle los pies a la humanidad.

Los últimos versículos de nuestro texto (vv. 31b-35) se ubican un poco más adelante, en los “discursos de despedida” de Jesús que anuncian su glorificación por el Padre y la del Padre por él. Estos versos están estrechamente conectados con los vv. 12-17, ya que Jesús se dirige nuevamente sus discípulos con tono especialmente cercano: “Hijitos,” (v. 33) les dice, previendo su pronta partida. Pero antes de irse les deja “un mandamiento nuevo,” el único que conoce la comunidad joánica: “que os améis unos a otros.” El amor es el signo por el cual van a distinguirse los/as cristianos/as, es su carné de identidad.3 Sólo quienes se aman los unos a los otros pueden imitar la relación de Jesús con sus discípulos. Precisamente por esto el amor no es entendido como un sentimiento sino como una actitud. Amor es acción, una acción que lleva a Jesús a dar la vida por los suyos.

Lavando los pies, Jesús imitó a Dios. Muriendo en la cruz, Jesús imitó a Dios. Dios es entrega absoluta y amor pleno. Ambas acciones son la más clara evidencia del estilo de amar de Dios: un amor desinteresado, libre, sin condiciones. La Pascua es ese “paso” de Dios en medio de nosotros/as, un paso que no nos puede dejar indiferentes, sino que nos debe comprometer a amar siempre, imitando al Maestro.


Notas:

1. “El primer día del Triduo, el de la Pasión, empieza el Jueves Santo [por la noche] e incluye todo el viernes hasta el momento de la sepultura del Señor. El segundo día, día de la Sepultura, empieza el viernes por la noche y se prolonga hasta la vigilia pascual, el sábado por la noche. Por último, el tercer día, día de la Resurrección, empieza la noche del sábado al domingo e incluye todo el domingo.” Véase más información aquí.

2. Jean Zumstein, El evangelio según Juan, tomo II (Salamanca: Sígueme, 2016), 38.

3. José A. Pagola, El camino abierto por Jesús. Juan (Madrid: PPC, 2012), 178.