< May 10, 2018 >

Comentario del San Lucas 24:44-53

 

Jesús comienza su discurso de la Ascensión recordándoles a los discípulos (por tercera vez en el evangelio de Lucas) que es el cumplimiento de sus profecías acerca de sí mismo y de las profecías mesiánicas de las Escrituras Hebreas.

La idea es que la “comprensión” de la identidad de Jesús y de su misión sólo estaría disponible cuando él mismo les abriera “el entendimiento para que comprendieran las Escrituras,” es decir, cuando sucediera un evento (la Ascensión…) que cambiaría la situación. Para los/as predicadores/as, la pregunta teológica por excelencia es: ¿cómo logra la Ascensión (o, más exactamente, la Resurrección y la Ascensión) que el conjunto de las Escrituras adquiera “sentido”? Y en la misma línea, ¿nuestras mentes están completamente “abiertas” a la comprensión de las Escrituras? Probablemente, la respuesta a la primera pregunta sea incierta, mientras que la respuesta a la segunda pregunta (más fácil) sea “no.” Nunca comprenderemos por completo las Escrituras, pues hacerlo significaría que podemos clausurar la actividad reveladora de Dios en su palabra que es “viva” y “eficaz” (Heb 4:12). En resumen, estamos en un tiempo “intermedio” (antes del escatón), de la misma manera en que los discípulos estaban en un tiempo “intermedio” después de la Resurrección, pero antes de la Ascensión. Se trata de un espacio liminar que es confuso, algo inquietante y poco claro. Para llevar esto un paso más allá, no solo hay liminalidad entre la Resurrección sucedida en la mañana y la Ascensión sucedida en la tarde, sino que el tiempo “intermedio” continúa después de la Ascensión hasta el día de Pentecostés.

Aun así, incluso en estos espacios liminares puede haber crecimiento en la fe, y esta puede ser una forma de explorar la “apertura de las escrituras;” el hecho de que con el tiempo, a través de la fe, el estudio y la oración más profunda, se nos revele una comprensión mayor (pero no completa).  Pero si es el caso que nunca llegaremos a un “entendimiento final” de las escrituras, ¿no podría ser que otros espacios liminares (el Día de la Ascensión, por ejemplo, o las partes de nuestras vidas que parecen andar a la deriva y sin control…) no son en realidad tan confusos o atemorizantes como en principio parecen? ¿Podría ser esta la clave para desbloquear y abrir las Escrituras de la que Jesús está hablando hoy?

Tal vez porque este es un confuso tiempo “intermedio” para los/as fieles, los primeros teólogos de la iglesia vieron este espacio liminar como un tiempo de oración más intensa. Por ejemplo, Filastrio de Brescia (fallecido en 397) en su catálogo de herejías De Hæresibus enfatiza (varias veces, de hecho) que los días entre la Ascensión y el Pentecostés son un tiempo de mayor oración y ayuno (De Hæresibus, 121). El libro de Hechos, asimismo, en su relato de la Ascensión y Pentecostés, dice que este era un tiempo en que todos/as “perseveraban unánimes en oración y ruego” (Hch 1:14); tal vez un recordatorio de que la oración proporciona orientación en un mundo confundido.

Hay inconsistencia entre Lucas y Hechos con respecto al momento en que sucede la Ascensión, y esto también contribuye a una teología de los espacios “intermedios.” Mientras que en Hechos Jesús asciende a los cielos cuarenta días después de la Resurrección, según el relato de Lucas la Ascensión ocurre en el mismo día de la Resurrección (un día ajetreado, aparentemente). Esto podría llevar a los/as predicadores/as a reconocer con claridad que hay una divergencia respecto del tiempo, y a preguntar a los oyentes qué es lo que esto podría significar. Por un lado, el relato de Hechos—cuarenta días después de la Pascua—nos da tiempo para regocijarnos, tiempo para sumergirnos profundamente en la teología del Cristo resucitado, y tiempo para que podamos “asimilar” el misterio pascual. Sin embargo, en el relato de Lucas la Resurrección y sus beneficios (la Ascensión y Pentecostés) ocurren inmediatamente, apuntando al hecho de que la gracia sucede ahora y la derrota de la muerte es tan urgente que no hay tiempo que perder, ni siquiera un día (y mucho menos cuarenta). Ambos relatos ofrecen ricas oportunidades para el/la predicador/a, y no debemos empobrecer la historia sometiéndola a restricciones cronológicas. Al contrario, si nos atrevemos a movernos entre estos diferentes marcos temporales sin decidirnos por uno, le agregaremos plenitud a la historia del evento de la Ascensión.

De todos los temas en el relato de Lucas de la Ascensión, la “bendición” de Jesús a los discípulos (v. 50) es a veces omitida como un detalle menor. Pero no lo es. El Día de la Ascensión no tiene que ver con que Jesús “salga volando,” ni con que haga un truco de magia; ni siquiera tiene que ver, en última instancia, con el milagro de Jesús siendo “llevado arriba al cielo” (v. 51). Los/as predicadores/as deben poner el acento en la teología de la bendición que él deja atrás y en cómo esta bendición es simplemente otro aspecto de la misma Resurrección. Después de todo, si la Resurrección y la Ascensión de Jesús no incluyeran bendiciones concretas y ontológicas para el pueblo de Dios, ¿para qué nos servirían?

Es imposible “bendecir” sin el don del Espíritu Santo; es decir, Jesús no puede bendecir a sus discípulos sin el Espíritu Santo, y los mismos discípulos no pueden bendecir a Dios (v. 53) ni ser una bendición para el mundo sin el Espíritu. El acto de Jesús impartiendo la bendición antes de la Ascensión nos recuerda varias bendiciones de las que da cuenta el Antiguo Testamento (Jacob y Moisés; Génesis 49 y Deuteronomio 33), pero la bendición de Jesús es dada de manera ligeramente diferente porque incluye el gesto de las manos alzadas, lo que la convierte en una bendición sacerdotal. Este es un gesto que muchos/as ministros/as repiten semanalmente los domingos, y se espera que las manos alzadas (y las cabezas inclinadas) comuniquen físicamente la bendición de una manera más potente que si sólo se dijeran las palabras.

Los gestos importan, y otra cuestión que los/as predicadores/as podrían explorar es justamente la que tiene que ver con la dirección: la bendición va de las manos de quien imparte la bendición a quienes son bendecidos/as; Jesús va de la tierra al cielo; el Espíritu llega del cielo a la tierra. Las formas en que se podría jugar con la “dirección” como bendición son casi infinitas. Egeria, en sus famosos relatos de la liturgia en Jerusalén entre 381 y 381 (Itinerarium ad Loca Sancta; Peregrinación a los Santos Lugares), describe cómo la “dirección” importaba para la celebración de esta fiesta, que comenzaba en Belén y retornaba a Jerusalén; la liturgia se celebraba en diferentes lugares, siempre con una dirección discernible. Hay muchas maneras en que la Ascensión tiene que ver con el impulso direccional de la gracia de Dios. Debe tenerse en cuenta, sin embargo, que el modo principal de la gracia es siempre de Dios a nosotros/as; nunca al revés.