< October 15, 2017 >

Comentario del San Mateo 22:1-14

 

Llega una invitación, una oportunidad para reunirse y celebrar la alegría de una familia por un miembro que logra algo, que cambia su estatus social, que madura.

La familia celebra estas ocasiones—el bautismo, la graduación, la quinceañera, la boda—porque marcan un momento de transición para que las personas tomen su lugar, su identidad en la sociedad. Una invitación a una boda es aún más especial porque prefigura la fundación de una nueva familia, una nueva generación.

Una invitación aceptada es un “sí” con el que se quiere decir “yo comparto tu alegría.” En cambio, una invitación rechazada o sencillamente ignorada le dice a quien invita “no me importan los logros de tu familia.” Jesús usa el intercambio social de la invitación a una boda para ilustrar la falta de interés o la indiferencia de sus oyentes hacia Dios y sus proyectos.

La Comunidad de Mateo: ¿Quién Escucha este Evangelio?

Esta es la última de las tres parábolas que Jesús dirige a los sacerdotes y fariseos en Jerusalén.  Mateo nos dice que al escucharlo “se fueron los fariseos y consultaron cómo sorprenderlo en alguna palabra” (22:15). La enseñanza de Jesús agudiza la resistencia de los oficiales a su ministerio y conduce directamente a su detención y crucifixión.

¿Cómo atacarían a Jesús? En sociedades como la del primer siglo en Judea, el estatus de una persona dependía de su honra, recibida por su posición social o por haber sobresalido en sus actividades sociales y tener renombre por ello. El honor o la vergüenza aumentaban o reducían la posición social de la persona. En el caso de Jesús, sus opositores comienzan un proceso de degradación de estatus con la idea de crear un ambiente propicio para avergonzarlo de manera pública. El ritual público de degradación de estatus incluía humillarlo, exhibir su repulsión moral, atraparlo en una mentira o vencerlo en una lucha intelectual. La meta de todo esto era cambiar su perfil social como persona, destruirlo a los ojos de quienes lo apoyaban y aclamaban.1

Atento a esta situación, Jesús situó su última parábola en un banquete de bodas. Las diferencias sociales se marcaban con mucha atención en los banquetes públicos. El evangelio de Lucas nos da un indicio de esta costumbre: “Cuando seas convidado por alguien a unas bodas no te sientes en el primer lugar, no sea que otro más distinguido que tú esté convidado por él” (Lc 14:8). El nivel o estatus social de cada invitado determinaba cuál sería su posición física alrededor de la mesa. La invitación al banquete se enviaba a los invitados y estos respondían positivamente si la asociación con los otros invitados reforzaba o aumentaba su honra.2

La imagen del banquete también tiene raíces en el Antiguo Testamento. En este ejemplo del libro del profeta Isaías hay una referencia a la celebración de la salvación de los pueblos:

Como el calor en lugar seco; así humillarás el orgullo de los extranjeros; y como calor debajo de una nube, harás marchitar el renuevo de los poderosos. Y Jehová de los ejércitos hará en este monte a todos los pueblos banquete de manjares suculentos, banquete de vinos refinados, de sustanciosos tuétanos y vinos generosos (Is 25:5-6).

Cuando Dios salva, invita a sus pueblos a compartir un gran banquete, el banquete de un rey.

Reflexión

La invitación despreciada de esta parábola tenía mucho significado para los oyentes de Jesús. Los invitados del rey, miembros del círculo habitual de amigos, seguramente una elite, desprecian la invitación y la honra que les brinda. Prefieren sus actividades cotidianas—labranza, negocios… Y otros sencillamente apedrean y matan a los servidores del rey, insultando y disminuyendo su estatus social. Este es un atentado contra la autoridad y renombre del rey.

Pero la autoridad del rey no disminuye con estos insultos. Busca a personas de menor nivel social, que se encuentran en las calles, en las plazas buscando trabajo, los pobres. Los poderosos quedan humillados y excluidos, víctimas del rechazo con que ellos mismos recibieron la invitación del rey. Como el calor debajo una nube, se marchita el renuevo de los poderosos (Is 25:5). La fiesta comienza…pero de repente se detiene. Hay una persona que no viene vestida con la vestimenta adecuada. En esta sociedad, la invitación a un banquete también incluía una vestimenta enviada por el anfitrión. Este gesto de no cambiar su vestimenta representaba una vergüenza social para el rey y esta es la razón por la que el invitado es expulsado hacia “el lloro y crujir de dientes” (v. 13). Esta expulsión es aún más mordaz que la de los poderosos de la elite; el invitado es aventado más allá de la civilización. Es un verdadero exilio.

¿Por qué no cambió su vestimenta el invitado? No lo sabemos. Pero el gesto en sí dice mucho: “Vengo a la boda de tu hijo, pero no voy a unirme al círculo de tus nuevos amigos.” O si la persona es de la elite de la ciudad, con el gesto le dice al rey: “Quiero llegar al banquete, pero no quiero que me identifiquen los amigos que te rechazaron.” Sea cual sea su motivación, este invitado no se identifica del todo con el rey y parece tener un pie en ambos grupos sociales, los que rechazan y los que aceptan la invitación a la boda del hijo.

Nuestra Comunidad: ¿Cómo Recibimos esta Lectura?

Dios nos invita noche y día a celebrar la boda de su hijo. ¿Somos atentos/as a su invitación? ¿Nos acercamos con desgano o con alegría? Dios nos invita noche y día a gozar los frutos de la salvación: “De esta esperanza ya habéis oído por la palabra verdadera del evangelio, que ha llegado hasta vosotros, así como a todo el mundo, y lleva fruto y crece también en vosotros, desde el día que oísteis y conocisteis la gracia de Dios en verdad” (Col 1:6). ¿Aceptamos su invitación?


Notas:

1. Bruce J. Malina y Richard L. Rohrbaugh, Social-Science Commentary on the Synoptic Gospels, Segunda edición (Minneapolis, Fortress Press: 2003), 413.

2. Ibid, 111.