< May 25, 2017 >

Comentario del San Lucas 24:44-53

 

Entre Jerusalén y Betania

Todos los seres humanos sabemos que lo que da calidad al tiempo que pasamos por la tierra son las situaciones, personas y lugares que nos hacen sentir cómodos siendo humanos. Que nos permiten ser quienes somos. Los espacios de esta naturaleza son inundados por la alegría, por la proactividad y el ingenio. Son lugares, situaciones o personas con quienes se puede reír o llorar sin reparos, donde no faltan los abrazos ni se sustituye una amena conversación por un aparato móvil. Donde la creatividad de un “hagamos algo juntos” puede generar transformaciones inesperadas.

Por otro lado, existen situaciones, personas y lugares que restan calidad a la vida, que en lugar de amplificarla, la disminuyen. De allí se prefiere escapar; buscar excusas para no estar o simplemente desertar.

Esto es lo que parece que pasaba cuando el grupo que había seguido a Jesús estaba reunido con una media sonrisa, porque a pesar de que varios habían visto a Jesús resucitado… por alguna razón, no terminaban de sentirse bien.

Por eso, aunque hay muchos aspectos para revisar, reflexionar y meditar en este pasaje del evangelio de Lucas, vamos a buscar “abrir nuestro entendimiento” (v. 45) para encontrar en el mismo el impulso para continuar nuestro personal y comunitario camino pascual, especialmente en tiempos nada extra-ordinarios.

Para esto observamos que en el texto hay una mirada del “antes” y del “después.”

Para comprenderlo, vamos a recordar qué sucedió un poco antes de la ascensión. Lucas narra que Jesús resucitado aparece cuando todas las personas estaban reunidas con la expectativa de la resurrección (24:36) ¿Cuántos eran? ¿Quiénes eran? ¿Quiénes fueron testigos? Tratar de responder a estas preguntas es parte de la tarea para “abrir nuestro entendimiento.”

Lc 24:8-10 narra que había unas mujeres (“María Magdalena, Juana y María, madre de Jacobo, y las demás con ellas”) que luego de encontrar el sepulcro vacío, escucharon lo que dos hombres “con vestiduras resplandecientes” (Lc 24:4) les dijeron y “ellas se acordaron de sus palabras, y volviendo del sepulcro dieron nuevas de todas estas cosas a los once y a todos los demás.” Hay tres partes que integran el grupo: las mujeres, los once (los apóstoles) y todos los demás. El relato prosigue y entran en escena los dos discípulos de Emaús, que volvieron a Jerusalén y, como las mujeres, les contaron “a los once reunidos y a los que estaban con ellos” (Lc 24:33) que habían visto a Jesús resucitado y que además “lo habían reconocido al partir el pan” (Lc 24:35b).

Este es el grupo de personas y al parecer no eran pocos.

Veamos seguidamente el territorio donde se refugiaba el grupo: Jerusalén. Era el lugar donde había sucedido algo terrible, donde habían visto padecer y morir a este “varón profeta, poderoso en obra y en palabra delante de Dios y de todo el pueblo” (Lc 24:19b), como dijeron los discípulos de Emaús. Era Jerusalén, la ciudad santa. El centro político y religioso de los judíos.

Ese era, pues, el “antes” de todas las personas que estaban reunidas.

Ahora estaban en el tránsito entre el antes y el después. Los discípulos y las discípulas estaban entre el temor y la expectativa, entre la increencia y la puerta abierta a la fe. Estaban a punto de levantar la mirada y de abrir los ojos, es decir, estaban en la frontera de empezar a entender.

Pero la frontera entre el no comprender y tener el entendimiento abierto no pasa sólo por una comprensión mental, como la afirmación de Descartes: “pienso, luego (por eso) existo.” La lógica aquí parece ser el hecho trascendental de la experiencia significativa. Y vamos a ver que acá la experiencia fundante no es estar en la “ciudad santa,” o ser parte de quienes adoran en el templo, sino la capacidad de experimentar esa sencilla, pero necesaria hospitalidad, el hacer que quien esté a mi lado se sienta sinceramente acogido.

Vamos a tratar de explicar esto. Los discípulos que iban hacia Emaús, ¿cuándo abrieron los ojos? Cuando dijeron al desconocido que les acompañaba: “quédate con nosotros, porque se hace tarde y el día ya ha declinado…” (Lc 24:29), y compartieron con él su pan. Las mujeres que fueron al sepulcro, ¿cuándo se acordaron de las palabras de Jesús? Después de que se habían movilizado con “las especies aromáticas que habían preparado” (Lc 24:1) para hacer el último rito de acogida a Jesús, no sólo para hacer que el frío cuerpo y el sepulcro gozaran de agradables fragancias, sino sobre todo para acompañar por última vez al que había muerto (Lc 24:6-7). Finalmente, ¿cuándo fue que todos y todas, discípulas y discípulos, empezaron a sentir alegría en su corazón? Cuando Jesús resucitado se presentó y les pidió algo de comer, y de forma espontánea, le dieron lo que tenían a la mano: “un trozo de pescado asado y un panal de miel” (Lc 24:42). Y entre el asombro y el gozo, Jesús les abrió el entendimiento.

Estos tres episodios nos muestran que la hospitalidad, la cercanía y el compartir son el tránsito y la frontera donde se inicia la interpretación, según el corazón de Jesús, de todos los hechos y situaciones de la vida.

Y hay un paso más que es muy importante. Para salir de la frontera de la no comprensión a la comprensión es necesario ponerse en camino. El texto indica que Jesús los lleva cerca de Betania. La mención de esta población no es casual. Caminaron aproximadamente tres kilómetros, que era la distancia entre Jerusalén y Betania. Unos 45 minutos más o menos. Tiempo suficiente para empolvarse los pies, mirar alrededor, dejar atrás la ciudad judía por excelencia, donde estaban su templo, sus costumbres y sus tradiciones…

Hicieron un camino que no les era desconocido porque Jesús en muchas ocasiones se había dirigido a esa población. En Betania el maestro se sentía a gusto porque en ese lugar vivía una familia particular, la compuesta por Marta, María y Lázaro, quienes solían recibirlo en su casa (Lc 10:38-42), y lo acogían celebrando su llegada (Juan 12:1-8). Era el lugar donde Jesús había resucitado a su amigo Lázaro (Juan 11). Era el lugar donde había un hogar acogedor y amistad sincera; era un espacio espontáneo donde estaban las personas a las que Jesús amaba (Jn 11:5).

Podemos interpretar que Jesús llevó a sus amigos y a sus amigas cerca de Betania para que recordaran cómo se sentía estar juntos, lo importante que era compartir una caminata, dialogar, bromear, sentir el sol del día o el frío de la noche y compartir lo poco o mucho que cada persona llevaba. Era importante para Jesús que las personas que le seguían recordaran la necesidad de salir de las estructuras que podían ser opresoras y de descartar cualquier Jerusalén que condicionara su libertad, porque vale más la franqueza de la hospitalidad que cualquier forma de organización fría y hostil.

Que este sea el mensaje para este día. El camino de la ascensión supondrá buscar las muchas Betanias que nos ofrece la vida, vivir en el “después,” para que el cristianismo no pierda la calidez ni tema las sorpresas. Para que sea capaz de generar expectativas, y no dude ante la capacidad de dar y de aceptar. Genuinos y cotidianos reflejos de la imperecedera bendición del humilde hombre de Nazaret.