< April 02, 2017 >

Comentario del San Juan 11:1-45

 

Nos encontramos con un pasaje sumamente rico en la descripción de los personajes que, a su vez, son numerosos: Jesús, Lázaro, los discípulos, María, Marta, los judíos, la multitud.

Consideraciones generales

Sería imposible apuntar, incluso brevemente, cómo los distintos momentos del drama se van desarrollando, cómo contribuyen al desenlace y qué elementos contribuyen a dar vida y a enriquecer el retrato de los personajes. El texto no escatima detalles gráficos que incitan a la imaginación: se presenta a María, hermana de Lázaro, como la mujer que enjugó los pies de Jesús con el perfume; Jesús ama a Lázaro; los judíos quieren apedrear a Jesús; la situación de Lázaro es ambigua (duerme o está muerto, una ambiguedad típica del evangelio joanico). Así mismo, la fe se presenta de forma dramática: Jesús llora; Lázaro aparece retratado con todo el dramatismo propio de la muerte (había sido atado de manos, y tenía los pies vendados); María le reprocha a Jesús su ausencia, etc.

Se trata en definitiva de una de las perícopas con más fuerza dramática en los evangelios, no sólo porque está en juego la frontera entre la vida y la muerte (a nivel biológico y teológico), sino porque el dramatismo recae sobre el suspenso acerca de quién tiene poder para mantener o violar los términos de tal frontera. Así, por ejemplo, se presenta a un grupo de judíos cuestionando en todo momento la autoridad de Jesús (v. 37) que, por lo tanto, de forma simbólica, son situados del lado de la muerte. Igualmente los discípulos, no entendiendo el lenguaje simbólico de Jesús (vv. 11-12), se sitúan en el lado de la muerte, y sólo cuando entienden el “código del evangelio” acompañan voluntariamente a Jesús a cruzar tal frontera.

Curiosamente, esta frontera no solo es teológica sino literaria. Los especialistas han dividido tradicionalmente el evangelio de Juan en dos partes: por un lado Juan 1-11, conocido como el libro de los signos, y por el otro, Juan 12-21, que es llamado el libro de la gloria. Esta perícopa pertenece a la primera parte, donde Juan presenta a Jesús como protagonista de milagros: la boda de Caná (2:1-11), la curación del hijo del oficial (4:46-54), la curación del paralítico de Betesda (5:1-15), la alimentación de los cinco mil (6:1-15), la caminata de Jesús sobre el mar (6:16-21), la curación del ciego de nacimiento (9:1-12)  y el milagro que nos ocupa aquí, que sirve como colofón del llamado libro de los signos, y que es exclusivo del evangelio joánico. Juan, en definitiva, sitúa la curación de Lázaro como una bisagra dentro del evangelio y la culminación de un conjunto de milagros que ilustran cómo Juan entiende el comienzo de la vida eterna en este mundo.

Obviamente los paralelismos textuales, literarios y teológicos entre la muerte y resurrección de Lázaro y la de Jesús son evidentes (véase, por ejemplo, 17:4-5, donde Jesús ratifica que ha traído a este mundo la gloria del Padre por medio del cumplimiento de su trabajo que incluye la resurrección de los muertos). En el momento crucial del milagro, Jesús invoca la autoridad del Padre (v. 41).   

Consideraciones artísticas

Caravaggio es un pintor del siglo XVII conocido por su técnica artística del claroscuro en la que los personajes aparecen retratados en contraste con fondos oscuros y a través de una luz cuyo foco no se identifica. En sus obras de tema religioso o bíblico1 es notablemente difícil, por no decir imposible, identificar algún elemento transcendente o que apunte a la divinidad (ya sea la divinidad de Jesús o del Padre), lo que provoca una sensación de cotidianeidad sumamente interesante desde el punto de vista teológico: por un lado, es fácil para el espectador o la espectadora identificarse con la normalidad que transmiten sus cuadros, pero, por el otro, la persona creyente se puede sentir frustrada al no encontrar ningún indicio que confirme su fe.

Una de las primeras características que llaman la atención es la desproporción de la composición: casi la mitad del cuadro está sumergida en la oscuridad (mitad superior), mientras que la mitad inferior está plagada de personajes. De las muchas características teológicas y artísticas—por ejemplo las diversas emociones que se registran en las expresiones faciales de cada uno de los personajes, la riqueza en la variedad de actitudes corporales, la presentación calmada de Jesús, la identificación del espectador o la espectadora con el personaje que está intentando ver lo que pasa en el extremo izquierdo del cuadro—quiero centrarme en la ambigüedad con la que el pintor, Caravaggio, interpreta el texto bíblico desde el punto de vista de la resurrección.

Los lectores y las lectoras del evangelio interpretan la resurrección de Lázaro como un signo del poder que Jesús recibe del Padre, pero también como un anticipo de la resurrección de Jesús. El cuadro representa de manera ejemplar esta dualidad pues en realidad, si se omite la parte izquierda, casi podría decirse que nos encontramos ante la muerte de Jesús, quizás ante el descendimiento de la cruz. Numerosos elementos así lo ponen de manifiesto. Por ejemplo, el reino de la muerte se simboliza con la calavera situada en el suelo; Lázaro aparece con los brazos en cruz aludiendo claramente a la muerte y resurrección de Jesús; igualmente los ropajes y la disposición de Lázaro apuntan a la similitud con el crucificado.

El cuadro visualiza, plasma en imágenes, muchas de las reacciones que presenta el texto bíblico, permitiendo al lector o a la lectora buscar en el cuadro, en tanto que espectador/a, con qué reacciones se identifica.  ¿Con la de María, que acoge la cabeza de Lázaro? ¿Con la de Marta, que aparece en calma sorprendida detrás? El resto de los personajes, la mayoría de los cuales no podemos identificar, muestran expresiones que denuncian su actitud. ¿Nos identificamos con el personaje que sostiene a Lázaro en el centro de la composición y que con sumo cuidado parece abrazar el cuerpo frágil de Lázaro mientras dirige su mirada compasiva a Marta? ¿Nos identificamos con los dos personajes que miran a Jesús siguiendo instrucciones sobre lo que debemos hacer, pero con cierta incredulidad sobre lo que se nos pide? ¿Quizás con la actitud distanciada del personaje que aparece sobre el codo de Jesús y que contempla la escena impasible, casi ajeno al dolor experimentado por quienes pueblan la escena? ¿O con el personaje a su lado que mira hacia atrás, en realidad no sabemos hacia dónde, y que parece ignorar la acción que Jesús está llevando a cabo? Aquí reside la fuerza dramática del relato evangélico (y del cuadro): en que sitúa al lector/a-espectador/a ante una decisión.


Nota:

1. La obra de Caravaggio a la que se hace referencia puede encontrarse aquí.