< March 19, 2017 >

Comentario del San Juan 4:5-42

 

Nuestro tercer domingo de Cuaresma nos trae los temas del agua, la vida más allá de las enemistades políticas y el verdadero culto a Dios.

Éxodo 17:1-7 muestra a Israel recién salido de Egipto (la liberación es cantada por Miriam y Moisés en el cap. 15) y continúa una larga tradición de murmuraciones, a las que Dios responderá, en este caso, mostrándole a Moisés de dónde sacar agua para todo el pueblo. El milagro sirve para calmar la sed, pero sobre todo para mostrar qué clase de Dios es ese Dios que acompaña al pueblo por el desierto. El encuentro de Jesús con quien será una evangelista entusiasta y extraordinaria en Samaria ocurre junto al pozo de Jacob. Como Nicodemo en el capítulo anterior, esta mujer incurre en algunos errores antes de comprender la oferta de Jesús. Sin embargo, Jesús tiene más paciencia con ella que con aquel maestro; le explica qué tipo de agua ofrece, la lleva con cortesía a reconocer su propia situación de vida y acepta su hospitalidad y su papel de evangelista en su pueblo.

Habiendo ido al pozo al mediodía, a la peor hora de calor, es comprensible que la mujer anhelara información sobre algún pozo más cercano o quizás menos concurrido por sus vecinas (v. 15). Se ha supuesto que su presencia en ese horario tan inoportuno se debería a su vergüenza por vivir en concubinato; es una posibilidad, pero hay otras también, como el hostigamiento de otra gente, tanto de varones que podrían considerarla un objeto sexual accesible (mujer de muchos, mujer de cualquiera), como de mujeres que no estarían felices con su mal ejemplo. Pero la realidad es que no lo sabemos. El mensaje del evangelio tampoco depende de la respuesta a esta pregunta.

En tanto recurso para la liberación de las mujeres, la historia de la samaritana y Jesús ha producido numerosas capas de interpretaciones feministas. Las/os estudiosas/os del tercer mundo enfatizan su múltiple opresión para tratar asuntos de identidad y contexto además del de género. En consecuencia, la historia ha sido considerada más allá de la interpretación tradicional y típica del carácter de la mujer como una mujer amoral, pecaminosa…; una amenaza para las mujeres de su comunidad; una fémina maliciosa… En las lecturas feministas más bien se ha enfatizado su conocimiento de la tradición y su participación lógica y competente con Jesús en su extenso diálogo teológico. También es reconocida por su rol como vocera, misionera y mediadora entre Jesús y su comunidad.1

El encuentro junto a un pozo de un varón soltero con una mujer que terminará siendo su esposa es un motivo o tipo literario común en el Antiguo Testamento y numerosos/as autores/as han desarrollado este tema (el compromiso matrimonial) con relación a Juan 4. Sin embargo, recientemente Arterbury propone otro motivo. Se trata de la hospitalidad al huésped, evidente sobre todo en Génesis 18 y Génesis 19 (aunque en este caso no se origina en el pozo sino ya en la ciudad). Me gusta la propuesta de Arterbury porque señala aspectos de Jesús que se pierden en la escena del compromiso matrimonial. En primer lugar, en un intercambio entre huésped/es y anfitrión/es no se pregunta directamente sobre la identidad del huésped hasta ofrecida la hospitalidad básica. Segundo,

… en la antigüedad el extraño que viajaba era asociado corrientemente con los dioses. En el AT, ya hemos visto que Yhwh y sus ángeles visitan a Abraham y a Lot… Pero la tradición de dioses pidiendo hospitalidad de incógnito… es aún más pronunciada en los textos greco-romanos. Segundo,… en varias expresiones… del cristianismo primitivo se desarrolla una asociación entre la costumbre de la hospitalidad y misioneros/as viajando.2

Y en tercer lugar, además de este aspecto de un Dios escondido, está también el manifestado por la mujer misma, de que Jesús es un profeta (v.  19). Varios de los profetas (en particular Elías y Eliseo) a menudo viajaban y recibían hospitalidad (1 Re 17:8-24; 2 Re 4:8-36). Ante la evidencia de que Jesús es tan efectivo en su conocimiento como uno de los profetas de antaño y más (el esperado Mesías), la samaritana vuelve al pueblo y comienza a contar lo que le ha pasado, invitando a su audiencia a juzgar por sí misma, e invitando a Jesús a quedarse con ellos. 

Así, la samaritana es la mediadora de la hospitalidad de su pueblo a un Dios escondido (o en todo caso, a un profeta que “me ha dicho todo cuanto he hecho”) y es también quien posibilita que sus coterráneos lleguen a creer en Jesús. En una sola escena, Juan ha ofrecido una cristología muy sutil y un elemento eclesiológico importante: la hospitalidad cristiana tiene un modelo en una mujer anónima, de dudosa vida moral a los ojos de sus contemporáneos/as (y de los/as nuestros/as, como los comentarios muestran), que es agente de la llegada a la fe de su pueblo. 

Al no ser una escena de compromiso matrimonial, no importa su papel como mujer sino como discípula y evangelista. O dicho de otro modo, importa su papel como mujer porque en Cristo hay lugar para las mujeres como mujeres, no disfrazadas de varones. Y ese papel está ligado al ministerio particular que ejerce; no a su genitalidad y su rol tradicional de esposa. 

La hospitalidad al extranjero se dio, en esta historia, desde un lugar de enemistad, no neutro: “Le era necesario [para llegar de Judea a Galilea] pasar por Samaría” (v. 4), pero al cabo de los dos días pasados juntos, ese pueblo (o al menos una porcioncita significativa del pueblo, que formará una comunidad, que mantendrá viva esta historia) ya no será enemigo del Galileo. 

Hoy, cuando las migraciones forzadas se han convertido, nuevamente, en un tema político y ético extremadamente urgente, reflexionar sobre la hospitalidad a partir de la cual recibimos la salvación puede ser una manera de acercarnos al Jesús juánico de este tercer domingo de Cuaresma. La pregunta del texto no solamente es “¿quién es este hombre?” sino también “¿quiénes son sus verdaderos/as discípulas y discípulos?”


1. Surekha Nelavala, “Jesus Asks the Samaritan Woman for a Drink: A Dalit Feminist Reading of John 4,” lectio difficilior 1/2007, 1-2.

2. Andrew E. Arterbury, “Breaking the Betrothal Bonds: Hospitality in John 4”, CBQ 72 (2010): 63-83 (68).